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Trastorno por consumo de alcohol: señales, riesgos y prevención

En la actualidad, el alcohol se posiciona como la sustancia de mayor uso y normalización social. De acuerdo con los resultados de la Encuesta sobre Alcohol y otras Drogas (EDADES) del año 2024, un contundente 92,9% de la población comprendida entre los 15 y 64 años ha consumido alcohol en alguna etapa de su vida. La frecuencia de esta conducta es elevada: el 76,5% de los participantes consumió en el último año, el 63,5% lo hizo en el último mes y un 10,5% admite beber de forma diaria.

Es fundamental comprender que ninguna cantidad de alcohol se considera segura para el organismo. No obstante, el patrón que genera mayor alarma sanitaria son los denominados atracones de alcohol o binge drinking. Este comportamiento representa el modelo de ingesta de riesgo más extendido, donde el 16% de la ciudadanía reconoce haber bebido bajo esta modalidad en el último año, una tendencia que se acentúa notablemente entre los jóvenes de 20 a 29 años.

La persistencia en estas conductas puede derivar en un trastorno por consumo de alcohol. Esta patología se manifiesta cuando el individuo pierde la capacidad de gestionar su ingesta, mostrando una preocupación constante por la bebida y continuando con el consumo a pesar de que este le acarree serias dificultades en su vida cotidiana.

Identificación y síntomas del trastorno

Una persona se despierta con malestar corporal al día siguiente de beber alcohol. (Canva)

De acuerdo con especialistas de la Clínica Mayo, quienes padecen esta condición se ven incapaces de establecer límites a la cantidad de licor que ingieren. Estas personas invierten gran parte de su jornada en beber, conseguir la sustancia o recuperarse de los efectos de la resaca. La necesidad imperiosa o antojos de beber se tornan incontrolables, llegando a interferir con las responsabilidades laborales, académicas y familiares.

A pesar de ser conscientes de los riesgos y daños provocados, el afectado persiste en la conducta, lo que suele derivar en el abandono de actividades sociales y profesionales. Es común que se realicen múltiples intentos fallidos por reducir la dosis o dejar de beber por completo.

Adicionalmente, el organismo de estos pacientes suele desarrollar una tolerancia elevada, lo que implica que requieren dosis cada vez mayores para alcanzar los efectos de la embriaguez. También es habitual la presencia de síntomas de abstinencia, tales como:

  • Náuseas
  • Temblores
  • Sudoración excesiva

Si bien no existe una causa única definida, se considera que factores genéticos, psicológicos, ambientales y sociales moldean la percepción del alcohol y su impacto en el cuerpo. El abuso de estas bebidas tiene efectos inmediatos como la alteración del juicio, la reducción de inhibiciones y la toma de decisiones imprudentes. A largo plazo, el consumo continuado modifica regiones cerebrales asociadas al autocontrol, el razonamiento y el placer, consolidando una dependencia donde se busca el alcohol para mitigar sensaciones negativas.

La ingesta desmedida actúa como un depresor del sistema nervioso central, produciendo inicialmente euforia para luego dar paso a la somnolencia y la pérdida de coordinación. En niveles excesivos, el alcohol compromete el habla y funciones cerebrales críticas, existiendo un peligro inminente de coma o muerte, especialmente si existe interacción con medicamentos de efecto depresor.

Cómo intervenir correctamente

La Clínica Mayo enfatiza que la intervención temprana es clave para evitar complicaciones crónicas, fundamentalmente durante la adolescencia. Se aconseja a los familiares y allegados permanecer vigilantes ante señales de alerta como:

  • Presencia recurrente de ojos rojos.
  • Dificultades repentinas en las relaciones con amistades.
  • Manifestación de una actitud defensiva.

Factores como proyectar un ejemplo responsable sobre el consumo, mantener canales de comunicación abiertos y solicitar el apoyo de especialistas de forma oportuna pueden marcar la diferencia en el pronóstico de este trastorno.

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