La imponente exhibición itinerante titulada Ramses and the Pharaohs’ Gold (Ramsés y el oro de los faraones) ha abierto sus puertas en la capital británica. La sede elegida es el icónico espacio cultural de la antigua central eléctrica Battersea Power Station, reconocida mundialmente por ser la imagen de la portada del álbum Animals de la banda Pink Floyd. Esta muestra, que cuenta con invaluables piezas procedentes del Museo Egipcio de El Cairo, marca el retorno de Ramsés II al centro de la escena cultural internacional. Aunque la célebre momia del soberano no forma parte del recorrido, los asistentes pueden admirar el ataúd original en el que se hallaron sus restos, una pieza de atracción masiva que busca equiparar o incluso superar el fenómeno histórico generado por Tutankamón.
El despliegue de este inventario arqueológico de élite, centrado en la figura de Ramsés II y los objetos vinculados a su extenso mandato de 66 años, reaviva el debate sobre el rol de los grandes faraones en la industria cultural contemporánea. Mientras que Tutankamón ha ostentado la primacía en la fascinación popular desde el hallazgo de su tumba intacta en 1922, la exposición en Battersea activa una competencia simbólica dentro de la egiptomanía actual, devolviendo el protagonismo a Ramsés en los circuitos institucionales europeos.
Esta iniciativa se presenta como una coyuntura excepcional para establecer a Ramsés como el máximo exponente del esplendor faraónico. A pesar de la ausencia de la momia real, la exhibición del féretro recuperado en el siglo XIX y de diversos relicarios de inestimable valor permite al público general acceder a tesoros que, usualmente, están limitados a investigadores y académicos internacionales. Esta estrategia curatorial tiene como objetivo potenciar el flujo de visitantes y fomentar nuevas alianzas para futuras paradas de la muestra en Europa y América del Norte.

Ramsés II y el arte de la propaganda política
El punto neurálgico de la exposición y de los nuevos estudios académicos es el uso premeditado de la monumentalidad para construir la imagen del monarca. Ramsés II no solo ordenó la creación de estatuas de dimensiones colosales —como las figuras sedentes de 20 metros en el Gran Templo de Abu Simbel—, sino que instauró una política de autorretrato ritualizado sin precedentes. Estas obras, regidas por estrictos códigos estéticos, presentan una versión idealizada del faraón, alejándose de los rasgos físicos reales documentados en su momia, tales como su característica nariz aguileña y la expresión de tensión facial.
Dicha tendencia hacia la despersonalización en la escultura fue una respuesta política necesaria para recuperar la tradición tras el turbulento periodo de Akenatón. A través de la arquitectura y las artes visuales, Ramsés II ejecutó una táctica propagandística para fusionar su identidad con los valores del pasado, erigiéndose como un símbolo de estabilidad y continuidad dinástica. El ejemplo más claro se observa en Abu Simbel: el templo excavado en roca viva muestra cuatro colosos idénticos del rey, mientras que estatuas de menor escala representan a sus familiares, subrayando una estructura de poder rígidamente vertical.

La historia oficial de su reinado, plasmada en diversas pinturas y relieves, convirtió sucesos de la realidad —como la célebre Batalla de Kadesh— en auténticas gestas personales. En estas representaciones, el propio Ramsés es retratado liderando el ataque y sometiendo a sus oponentes, un método de glorificación militar que se adelantó a los mecanismos de arte estatal utilizados por imperios de épocas posteriores.
El legado de Ramsés como objeto de disputa
Más allá de las fronteras de Egipto, la figura de Ramsés II se convirtió en un eje de debate para la cultura de Occidente a partir de 1817, cuando el Museo Británico adquirió una estatua colosal del monarca. El traslado de dicho busto, rescatado por el arqueólogo Giovanni Battista Belzoni tras un intento de destrucción por parte de fuerzas francesas, impulsó una rivalidad intelectual en la literatura romántica de Inglaterra. El poema titulado “Ozymandias”, escrito por Percy Bysshe Shelley e inspirado en estos hechos y en crónicas de la tradición griega, transformó a Ramsés en un emblema de la decadencia y de la naturaleza transitoria del poder humano.

La determinación del faraón por garantizar su inmortalidad lo llevó a grabar su nombre con relieves profundos en monumentos y esculturas, anticipándose a la lógica de la comunicación política moderna. Estos rasgos, analizados por historiadores desde la época de Diodoro Sículo, han profundizado la discusión sobre la memoria histórica: por un lado, la exaltación activa diseñada por el gobernante y, por otro, la visión erosionada o reinterpretada por el arte y la museografía occidental contemporánea.
Finalmente, la estancia en la Battersea Power Station ratifica la vigencia de Ramsés II como un recurso estratégico dentro del intercambio internacional de patrimonio arqueológico. Al situarse en uno de los centros financieros y turísticos más vibrantes de Londres, la exposición no solo aprovecha el interés milenario por la civilización egipcia, sino que también busca equilibrar la centralidad económica y simbólica que, hasta la fecha, había sido dominada casi exclusivamente por la figura de Tutankamón.
Fuente: Fuente