Mantener una relación de pareja, un vínculo amistoso o incluso permanecer en un puesto de trabajo determinado puede, en ocasiones, conducir a un individuo hacia sus límites emocionales. Son escenarios donde los valores personales se ven vulnerados, pero surge una tendencia a la habituación o a la minimización del daño percibido. Sobre este fenómeno reflexiona la psicóloga Ángela Fernández en una de sus recientes intervenciones digitales, donde lanza una pregunta reveladora:
“¿Alguna vez te ha pasado que has necesitado llegar al límite con algo o con alguien para poder soltarlo?”
De acuerdo con la especialista, existe una creencia errónea de que se requieren eventos de extrema gravedad para concluir una etapa o alejarse de alguien. Fernández sostiene que
“Parece que necesitamos que ocurran cosas realmente graves para poder soltar algo, como si el nivel de dolor que sentimos estuviera directamente proporcional con la justificación para dejar un vínculo o una situación”
. Sin embargo, ella es enfática al señalar que “no es ni tiene por qué ser así”, aludiendo a un sentimiento de insatisfacción que es compartido por muchos pacientes.
La psicóloga profundiza en la idea de que la falta de sintonía debería ser razón suficiente para actuar.
“Muchas veces pensamos que no basta con que algo no nos encaje, que no cuadre con nuestra forma de ser, nuestras expectativas o nuestros valores. Como si tuviera que ocurrir algo mucho más grande y doloroso para que tengamos permiso de alejarnos”
, puntualiza la experta en salud mental.
Este fenómeno de autojustificación constante genera un círculo vicioso: a pesar de reconocer que un contexto o vínculo afectivo es perjudicial, se posterga la ruptura a la espera de un evento “peor” que legitime la salida. En consecuencia, muchas personas quedan atrapadas en entornos que merman su bienestar emocional, aguardando una catástrofe que actúe como detonante de su decisión.

Respecto a las secuelas de postergar estas decisiones, Ángela Fernández advierte sobre el desgaste de la identidad propia:
“Eso a lo que nos lleva es a aguantar situaciones y vínculos con los que no estamos a gusto, con los que no somos nosotros mismos, y mientras tanto, nos vamos perdiendo por el camino”
.
Por esta razón, el hecho de tolerar dinámicas que colisionan con la ética personal termina por fracturar la autoestima y produce un cansancio psicológico severo. Ante esto, la profesional recuerda una premisa fundamental para el autocuidado:
“no tienes que esperar a que todo estalle por los aires para salir del edificio”
.
La adaptación biológica como obstáculo
La dificultad para abandonar situaciones nocivas tiene una base en el funcionamiento neurológico. Según indica Fernández,
“El cerebro, por pura supervivencia y adaptabilidad, se va a acostumbrar”
. Esta capacidad de ajuste, aunque vital para la evolución, conlleva un riesgo latente en el plano emocional.
La experta aclara que este proceso de habituación puede nublar el juicio crítico:
“Acostumbrarse hace que terminemos tolerando cosas que al principio eran enormes señales de alerta y luego dejan de serlo por pura costumbre”
. Así, lo que inicialmente se identificó como una red flag o un límite infranqueable, termina siendo normalizado, lo que incrementa la complejidad de abandonar situaciones que restan salud.

Como reflexión final, la psicóloga hace un llamado a la acción preventiva y al amor propio.
“no tenemos por qué llegar al límite para soltar un vínculo o una situación de nuestra vida. No esperes a estar roto, apagado, devastado. No necesitas algo extraordinario para justificar tus decisiones de irte de lugares que te hacen sentir mal. Elegirte a ti mismo también es una razón válida”
, concluye.
En síntesis, identificar cuándo un entorno ha dejado de ser saludable y tomar medidas antes de que el daño sea irreversible es un pilar del bienestar personal. No se requiere de una tragedia para validar la búsqueda de un entorno más sano; priorizarse a uno mismo es, por sí solo, un motivo legítimo para dar el paso hacia el cambio.
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