El escenario internacional atraviesa un proceso de fraccionamiento continuo que va mucho más allá de la conocida rivalidad entre Estados Unidos y China. En la actualidad, el tablero global está compuesto por una multiplicidad de actores, incluyendo potencias de primer y segundo orden que operan bajo una lógica de competencia y cooperación simultánea, dictada estrictamente por sus intereses nacionales. Lo más sorprendente de esta era es la ruptura de Occidente como bloque monolítico, transformándose en una serie de núcleos con visiones divergentes y, en ocasiones, enfrentadas.
Este fenómeno ha permitido que emerjan corrientes ideológicas, culturales y geopolíticas que habían permanecido ocultas bajo el predominio del mercantilismo global. Este cambio acelerado tiene como uno de sus principales catalizadores a Donald Trump, quien no solo desafía el orden externo, sino que genera profundas tensiones con quienes solían ser sus aliados más cercanos. La tradicional unidad euroatlántica, cimentada en el liderazgo estadounidense y articulada a través de la OTAN y la ONU, se encuentra hoy bajo cuestionamiento. El consenso globalista de la última década se ha diluido, dando paso a bloques de poder que antes operaban en las sombras.
El giro soberanista de Estados Unidos
Bajo la influencia de Trump, la estrategia de Estados Unidos ha dado un giro radical frente al globalismo de las administraciones demócratas o la era de George Bush. Según la actual Estrategia de Seguridad Nacional, la visión soberanista rechaza las instituciones transnacionales y busca consolidar un espacio de control absoluto. Esta postura reclama una hegemonía total —en los ámbitos económico, político y militar— sobre el continente americano, intentando reducir la presencia de rivales como Rusia, China y las potencias de Europa.
Esta doctrina implica una intervención directa en los asuntos internos de las naciones latinoamericanas bajo el argumento de combatir la inmigración ilegal, el narcotráfico o por diferencias ideológicas. Además, se han hecho notar ambiciones territoriales inusuales, como las pretensiones sobre Canadá y Groenlandia, sumado a una postura hostil hacia el viejo continente. En definitiva, Washington busca rodearse de estados subordinados para garantizar su lema de «America First».
La Unión Europea y el Reino Unido
Por décadas, la Unión Europea (UE) operó bajo el esquema de seguridad proporcionado por Estados Unidos. Sin embargo, la irrupción de Trump ha dinamitado este modelo de «consenso atlántico». Sobre esta dependencia, el político belga Bart De Wever mencionó en Davos la figura de un
«vasallo feliz» y un «esclavo infeliz»
Esta nueva realidad ha forzado a la UE a buscar una autonomía relativa, manifestada en sus desacuerdos con Washington respecto a los conflictos en Rusia-Ucrania e Israel-Gaza. No obstante, las profundas divisiones internas entre Francia, Alemania e Italia impiden, por ahora, un consenso sólido en materia de alianzas globales.
Por su parte, Gran Bretaña, tras el Brexit, se mantiene al margen de la UE y tampoco se alinea con el soberanismo de Trump. Londres utiliza su soft power diplomático para equilibrar sus vínculos con Europa, EE.UU. y sus intereses financieros en Hong Kong. Aunque apoyan firmemente a Zelensky contra Rusia —recordando que Boris Johnson fue clave en frenar los acuerdos de Estambul en 2022—, el país enfrenta un declive económico que limita su peso en la Mancomunidad Británica de Naciones.
Las estructuras del poder globalista
El globalismo se mantiene como una red de poder ideológico, presente en espacios como el Foro Económico Mundial, que promueve la idea de un gobierno mundial por encima de los estados-nación y las identidades religiosas. Sus pilares están en el sistema financiero internacional, controlando sectores estratégicos como la guerra cognitiva, plataformas digitales y la industria armamentista. Esta estructura tiene influencia en el llamado «Deep State» estadounidense, el Partido Demócrata y la cúpula europea.
Personajes como Mark Carney (vinculado al Banco de Inglaterra y mencionado en el contexto canadiense) han instado a las potencias intermedias a unirse contra el trumpismo y diversificar lazos con Beijing, mientras figuras como Elon Musk mantienen inversiones activas en China.
El papel de las potencias regionales
- Israel: Bajo el mando de Benjamin Netanyahu y sectores de extrema derecha como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, el país se proyecta como una entidad independiente. Presiona a EE.UU. para intervenir contra Irán y busca consolidar el Gran Israel, proyecto que genera rechazo en la UE, Gran Bretaña y sectores ligados a George Soros.
- Rusia: Aunque ha perdido terreno en Asia Central y el Medio Oriente, mantiene su estatus de potencia mundial gracias a su arsenal nuclear y su alianza estratégica con China.
- India: Bajo el liderazgo de Narendra Modi, ha expandido su influencia regional, manteniendo acuerdos con EE.UU. para acceder a sus mercados, mientras compite con China por la supremacía en Asia.
- Turquía y Arabia Saudita: Ambos países expanden su influencia en África y el Medio Oriente, aprovechando su ubicación geográfica y el control de recursos energéticos, respectivamente.
Conflictos y tensiones periféricas
La inestabilidad se replica en múltiples focos regionales, tales como los enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán, las disputas territoriales entre Corea del Sur y Japón por las islas Takeshima/Dokdo, o la crisis en Sudán, Myanmar, Etiopía y Yemen. En Latinoamérica, la conflictividad se concentra principalmente en crisis sociales y políticas de carácter interno.
Esta compleja red de interacciones demuestra que las alianzas actuales son volátiles y se ajustan a la conveniencia del momento. En esta guerra híbrida global, dos frentes son prioritarios: el control de los recursos estratégicos (energía y minerales) y la guerra cognitiva diseñada para moldear la opinión pública a escala mundial.
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