Al retomar la lectura del emblemático diario de Ana Frank antes de realizar un viaje a la ciudad de Ámsterdam, resalta de forma especial su conexión con la música académica. Este vínculo se manifiesta con claridad en sus escritos de noviembre de 1942, cuando apenas habían transcurrido cuatro meses desde que los Frank y la familia Van Pels se refugiaran en el anexo oculto de la capital neerlandesa.
En aquel entonces, la llegada de un dentista de mediana edad al escondite motivó a Ana a redactar una especie de manual de convivencia para instruir al recién llegado sobre las dinámicas del lugar. En este texto lúdico, la joven detallaba aspectos prácticos con un toque de ironía:
“¿Precio? Gratis. ¿Dietético? Bajo en grasas”.
Sobre las opciones de recreación, Ana Frank aclaraba que estaba estrictamente prohibido salir a la calle. Aunque el refugio carecía de tina y solo disponían de una palangana de metal para el aseo, contaban con un receptor de radio. Este aparato era su enlace con el mundo exterior, permitiéndoles sintonizar emisoras de Nueva York, Londres y Tel Aviv, aunque el uso estaba restringido a partir de las 18:00. Una regla inamovible era la prohibición de escuchar noticias de origen alemán; no obstante, las frecuencias germanas tenían una excepción: “solo se pueden sintonizar para escuchar música clásica”.
La pasión de Ana por los grandes maestros
A través de las cartas dirigidas a Kitty, su amiga imaginaria, Ana plasmó su profundo interés por la cultura, devorando libros y siguiendo la actualidad cinematográfica. Sin embargo, la frecuencia con la que mencionaba la música erudita suele pasar desapercibida.
En junio de 1944, poco antes de cumplir 15 años y apenas dos meses antes de que la Gestapo irrumpiera en el anexo —donde Otto Frank sería el único sobreviviente del grupo tras el paso por los campos de concentración—, Ana registró sus impresiones sobre Rapsodia húngara. Se trataba de una biografía de Franz Liszt en tres tomos. Aunque opinaba que el autor se enfocaba demasiado en los amoríos del compositor, quedó maravillada con las secciones dedicadas al arte y la música, donde se mencionaba a figuras como Schumann, Chopin, Berlioz, Rossini, Mendelssohn, Victor Hugo, Anton Rubinstein y Clara Wieck.

Uno de los pasajes más emotivos ocurre en abril de 1944. En esa etapa, Ana comenzó a desarrollar sentimientos por Peter, el hijo de los Van Pels, y la música de Mozart fue el puente emocional entre ambos. Al principio, la joven no tenía una buena opinión del adolescente, quien es casi tres años mayor que ella. Lo describió inicialmente como un “chico tímido y torpe” e incluso lo calificó de perezoso e insignificante.
Sin embargo, tras un año y medio de convivencia forzada, la percepción de ambos cambió y el amor floreció, permitiéndoles compartir momentos privados en el ático con el permiso de sus padres. Fue allí donde ocurrió su primer beso. En una ocasión, mientras escuchaban un concierto de Mozart en un pequeño radio portátil al que Ana llamaba “radio infantil”, quedó impactada por la serenata “Eine Kleine Nachtmusik”.
“Apenas soporto escucharla en la cocina, ya que la música hermosa me conmueve hasta lo más profundo del alma”, escribió la joven.
El contexto de una Ámsterdam bajo ocupación
La inmersión de Ana Frank en la música clásica cobra un significado mayor al considerar las restricciones de la época. Desde 1941, cuando ella tenía 11 años, la población judía tenía prohibido el ingreso a museos, parques, bibliotecas y teatros. Al cumplir los 13 años, ya se encontraba en la clandestinidad. Pensar en su amor por la música evoca los conciertos de la Real Orquesta del Concertgebouw y la Filarmónica de los Países Bajos, instituciones que hoy siguen activas en la misma sala histórica de finales del siglo XIX.

Pese a que los Frank no eran músicos practicantes, la familia valoraba enormemente este arte. Ante el cierre de los espacios públicos para los judíos, las familias de clase media organizaban recitales privados en sus hogares. Otto y Edith solían llevar a sus hijas, Margot y Ana, a estos eventos donde escuchaban tríos de piano o cuartetos de cuerda sentadas en el suelo mientras los adultos ocupaban las sillas.
La dedicación de Ana al conocimiento era inagotable. Fue una lectora asidua de Julio Verne, Jack London y Hans Christian Andersen. Con el tiempo, se interesó por la mitología griega y biografías de personajes históricos como Galileo, Rembrandt, Carlos V y María Antonieta. Según su biógrafa Melissa Müller, la adolescente mantenía un registro organizado de sus lecturas y copiaba las frases que más le impactaban en un cuaderno especial.
Resiliencia en tiempos de escasez
Para 1944, la situación alimentaria era precaria. Ana anotó que sus comidas se limitaban a “patatas y salsa de imitación”. Aun así, el grupo de protectores —empleados de la empresa de Otto Frank dedicada a las especias y pectina— se arriesgaba para llevarles libros usados o de biblioteca. Entre estos ayudantes destacaba Johannes Kleiman, quien asumió la dirección del negocio después de que Otto lograra “arianizar” la empresa para evitar su confiscación.
Ana, quien llegó a Ámsterdam desde Frankfurt antes de cumplir los cinco años, se integró plenamente a la cultura local. Antes del encierro, disfrutaba mucho del cine. En la clandestinidad, su protector Victor Kugler le llevaba cada semana la revista Cinema & Theater. Con las imágenes de estrellas como Frederic March y Greta Garbo, la joven decoró las paredes de su habitación y lograba memorizar las tramas de los filmes solo con leer las reseñas.

El acceso a la música era un desafío logístico y de seguridad. En el edificio de Prinsengracht, donde se ubicaba el anexo, había una radio de gran calidad en una de las oficinas. Sin embargo, para usarla debían atravesar la estantería giratoria que ocultaba la entrada al refugio, algo que Kugler consideraba demasiado peligroso.
En junio de 1943, las autoridades nazis ordenaron entregar todos los receptores de radio para evitar la escucha de noticias aliadas. Ante esto, Kleiman consiguió un aparato pequeño para el anexo. Ana reflexionó con lucidez sobre este riesgo:
“¿Qué es una radio clandestina cuando ya hay judíos clandestinos y dinero clandestino?”.
Contraste político y cultural
Mientras Ana escuchaba música clásica en la clandestinidad, la vida musical oficial de Ámsterdam estaba bajo la influencia de Willem Mengelberg, el director de la Orquesta del Concertgebouw. Mengelberg, de raíces alemanas, colaboró con los ocupantes y promovió la herencia musical germánica como herramienta ideológica. Resulta paradójico que, a poca distancia de la sala de conciertos, Ana y sus compañeros escucharan las mismas piezas musicales pero con un espíritu de resistencia y consuelo, ignorando la propaganda nazi.

El talento literario de la joven era notable y ella era consciente de ello. “¡Sé que puedo escribir!”, le confesó a su diario. Tenía la ambición de ser periodista o una autora reconocida tras la guerra, analizando el conflicto con una madurez asombrosa. En sus reflexiones, no solo culpaba a los líderes políticos por la violencia, sino que señalaba una responsabilidad colectiva:
“No creo que la guerra sea solo obra de políticos y capitalistas; ¡oh, no, el ciudadano común es igual de culpable!”.
Su proyecto era publicar un libro titulado El anexo secreto, por lo que dedicó tiempo a corregir sus entradas, cambiar nombres de los involucrados para proteger su privacidad y matizar algunas críticas hacia su madre, a quien consideraba emocionalmente demandante. No obstante, mantenía su espontaneidad al relatar, por ejemplo, cuando le preguntó a su hermana Margot si la consideraba fea. Margot respondió que era linda, lo que a Ana le pareció una respuesta demasiado vaga.

Un futuro que no pudo ser
Aunque Ana Frank era muy precisa al opinar sobre literatura, al hablar de música se limitaba a describir sus emociones, admitiendo que una comprensión más técnica llegaría con el tiempo. Su formación intelectual había sido sólida; antes del encierro, Otto Frank contrató a un periodista para que enseñara clásicos alemanes como Goethe y Schiller a sus hijas. En el refugio, Otto continuó estas lecciones leyendo Egmont y Don Carlos con Ana.
Es inevitable imaginar lo que ella habría sentido al escuchar la música de Beethoven para Egmont o la ópera de Verdi basada en Don Carlo en un escenario real. Tras el fin del conflicto, Willem Mengelberg fue sancionado por el Consejo de Honor de la Música y se le prohibió dirigir en los Países Bajos, una condena que luego se redujo y que terminó con su muerte en 1951.
Hoy, al presenciar interpretaciones de la sinfonía “Órgano” de Saint-Saëns o las obras de Richard Strauss bajo la dirección de maestros modernos como Klaus Mäkelä, es imposible no evocar la figura de Ana Frank y el consuelo que encontró en esas mismas armonías durante sus días más oscuros.
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