Durante el último año, la inestabilidad social sacudió los cimientos de Teherán debido a la estrepitosa devaluación del rial, la moneda nacional iraní. Para los primeros días de enero, la ola de protestas ya se había extendido a casi la totalidad de las 31 provincias del territorio. Ante este escenario, Ali Khamenei, quien fuera el líder supremo de la nación a sus 86 años, lanzó una dura advertencia señalando que “los alborotadores deben ser puestos en su lugar”. Cuando las amenazas iniciales no lograron disuadir a la población, el mandatario dio instrucciones directas a los organismos de seguridad para sofocar la rebelión empleando cualquier recurso necesario. Las consecuencias de dicha orden fueron devastadoras: en las jornadas posteriores, las fuerzas represivas acabaron con la vida de al menos 7.000 personas, aunque organizaciones de activistas opositores elevan la cifra de fallecidos a más de 36.500.
Un desenlace militar definitivo
El mandato del Sr. Khamenei ha llegado a su fin de manera abrupta. El pasado 28 de febrero, las fuerzas militares de Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva de bombardeos estratégicos sobre diversos puntos de Irán, enfocándose en desarticular a su cúpula política. Esa misma noche, el expresidente Donald Trump anunció el deceso de Khamenei, calificándolo como un individuo de una maldad excepcional. La noticia fue ratificada por las autoridades iraníes pocas horas después del ataque.
Ali Khamenei se mantuvo en la cúspide del poder durante 35 años, superando por más de dos décadas el tiempo de mando del ayatolá Ruhollah Jomeini, figura central de la revolución de 1979 que derrocó al sha. De orígenes humildes en el noreste del país, Khamenei recibió formación religiosa en Qom, siguiendo los pasos de su progenitor. No obstante, sus intereses intelectuales eran diversos; era conocido por su admiración hacia la literatura de Victor Hugo, específicamente “Los Miserables”, y por haber traducido al farsi textos de Sayyid Qutb, ideólogo revolucionario de Egipto. Quienes lo conocieron en su juventud recuerdan sus debates con sectores laicos en espacios públicos.
El ascenso al liderazgo supremo
Tras el triunfo revolucionario, el Sr. Khamenei asumió roles de alta relevancia en el Ministerio de Defensa y dentro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. En el año 1981, fue víctima de un atentado que le causó la pérdida de la movilidad en su brazo derecho. Pese a esto, ese mismo año obtuvo la presidencia de la república con el respaldo de Jomeini, cargo que renovó en 1985. Tras el fallecimiento de su mentor en 1989, logró ascender a líder supremo, a pesar de que muchos cuestionaban si poseía el nivel religioso o el carisma necesario para el puesto. Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, un influyente asesor, fue el arquitecto de su ascenso, posiblemente bajo la premisa de que un líder menos carismático permitiría una mayor modernización del sistema político iraní.
“Los líderes supremos sirven de por vida, una ventaja temporal que le permitió consolidar su autoridad de manera paciente frente a presidentes con mandatos limitados.”
El entramado de poder y control económico
Contrario a las expectativas, Khamenei demostró ser un estratega político implacable. Se encargó de enfrentar entre sí a las diversas instituciones del Estado, como el parlamento (Majlis) contra la presidencia o el ejército regular frente a la Guardia Revolucionaria, posicionándose siempre como el árbitro final de todas las disputas. Además, controlaba férreamente el Consejo de Guardianes, compuesto por 12 integrantes designados por él, cuya función era filtrar a los aspirantes presidenciales. Incluso cuando figuras moderadas como Mohamed Jatamí (presidente entre 1997 y 2005) llegaban al cargo, su autoridad era sistemáticamente restringida desde la oficina del líder supremo.
Para garantizar el orden ideológico, el Sr. Khamenei contaba con el Basich, un cuerpo paramilitar de aproximadamente un millón de miembros. Paralelamente, manejaba un imperio económico basado en las bonyads. Estas fundaciones de beneficencia, exentas de impuestos y protegidas de la competencia externa por las sanciones internacionales, se expandieron a sectores como la minería y la construcción, acumulando miles de millones de dólares en activos bajo su control directo.
Un legado de aislamiento
En sus últimos años, la salud de Ali Khamenei se reportaba como sumamente delicada tras varias intervenciones quirúrgicas. Su estilo de vida era reservado; casi nunca realizaba viajes internacionales y sus apariciones públicas eran escasas. No obstante, el control sobre la nación nunca flaqueó, incluso cuando su popularidad caía en picada. En el último mes de su vida, las calles de Irán se llenaron de ciudadanos que, desafiando a las fuerzas del orden, exigían el fin de su régimen.
Finalmente, el hombre que mantuvo a Irán en un aislamiento prolongado por más de treinta años ha desaparecido del escenario político. Deja tras de sí una economía devastada y el recuerdo de una gestión que no dudó en recurrir a la violencia masiva para acallar las voces de protesta de su propio pueblo.
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