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300 muñecas textiles: El legado de Ana Von Rebeur y su madre

Aunque la crisis sanitaria del coronavirus representó un desafío global sin precedentes, en ciertos hogares se convirtió en el motor de una creatividad desbordante impulsada por el afecto. Esa vivencia hoy se materializa en una colección que permanecía resguardada en la vivienda de la polifacética creadora Ana Von Rebeur. Este conjunto de figuras no son meros juguetes almacenados; son las protagonistas de una historia profunda que se presenta al público desde el pasado sábado 28 de febrero en el Concejo Deliberante de San Isidro, ubicado en 25 de mayo 459.

“Nunca pensé que esto serviría para una muestra; siempre creí que estaba haciendo productos de una feria artesanal”

indica la artista plástica al referirse a Emperifolladas. Esta exhibición agrupa 300 muñecas textiles confeccionadas íntegramente junto a su progenitora durante el periodo de aislamiento. Ana Von Rebeur posee una trayectoria reconocida en el humor gráfico y la literatura, con obras que exploran la maternidad y las relaciones interpersonales. Sin embargo, su perfil profesional es amplio: ha sido azafata internacional de Aerolíneas Argentinas, comunicadora social y, más recientemente, enfermera universitaria.

Ana Von Rebeur y su madre Nieves

El origen de estas piezas fue una respuesta instintiva ante la incertidumbre del confinamiento. Mientras Von Rebeur lidiaba con el diagnóstico de Alzheimer de su madre y complicaciones en la salud de su hijo, encontró en las labores manuales un espacio de paz.

“Yo tejía cuadraditos de crochet sin saber para qué; después los unía y hacía una manta. Pero como empecé a hacer tejidos chiquitos, salieron mini saquitos, polleritas, gorritos”

rememora la artista. Ante la presencia de esas diminutas prendas, surgió la necesidad de crear a quién vestirlas, dando vida a la primera muñeca como un acto de ternura frente a la vulnerabilidad.

Un proceso creativo compartido contra el olvido

Lo que inició como una actividad doméstica evolucionó en una experiencia terapéutica y creativa de gran escala. Al lado de su madre, una experimentada costurera que creció con la tradición de la máquina Singer en casa, Ana fue moldeando cada personaje utilizando elementos recuperados, telas con historia familiar y diversos objetos hallados o adquiridos en ferias. Este trabajo diario dio como resultado una multitud de figuras que funcionan como relatos sobre la identidad, la memoria y la capacidad de resistencia humana frente a la adversidad.

Las 300 muñecas, legado del amor de madre e hija

La génesis de la obra en el encierro

La producción de Emperifolladas se intensificó durante los momentos más críticos de la pandemia. Acostumbrada a la dinámica de trabajo en serie propia del humor gráfico —visto en medios como Cosmopolitan y Humor—, Ana utilizó el tejido para canalizar la angustia por la hospitalización de su hijo y el deterioro cognitivo de su madre. La ansiedad se transformó primero en piezas de crochet y luego en la confección sistemática de las muñecas.

Su madre Nieves concentrada en las puntadas sobre su mecedora

Su madre, una costurera autodidacta, se sumó al proyecto a pesar de sus dudas iniciales provocadas por su condición médica. “Me decía: ‘¡No sé qué estoy haciendo!’, pero después, cuando le ponía la peluca o el gorrito y exclamaba: ‘¡Ay, pero es una mujer!’”, relata Ana al recordar los momentos de asombro de su madre, quien falleció hace dos años. A través de la costura, ambas lograron reconstruir vínculos y narrativas familiares en un rito íntimo y cotidiano.

La selección de materiales fue un aspecto crucial de la obra. Cada figura fue elaborada con:

  • Lanas y retazos de tela familiar.
  • Hilos transformados en pelucas.
  • Pañolenci o papel maché para las manos.
  • Cierres reciclados de antiguas cartucheras.
  • Botones adquiridos en bolsas de ferias populares.

El ritmo de trabajo fue casi industrial: una muñeca por día durante aproximadamente nueve meses. Esta constancia generó una colección tan vasta que actualmente ocupa una baulera completa en su hogar.

Más allá de ser una tarea técnica, cada muñeca adquirió una personalidad propia, desde estéticas rockeras hasta figuras que recuerdan a las drag queens. Ana bromea con la idea de que ese título podría haberle dado mayor éxito comercial, aunque confiesa que nunca se decidió a venderlas a través de plataformas digitales.

Ana Von Rebeur es autora de numerosos libros orientados a las mujeres, con ilustraciones propias y grandes dosis de humor

El arte como respuesta a la enfermedad

El Alzheimer de Nieves, la madre de Ana, fue el contexto persistente de toda la creación. La demencia se manifestaba a través de la pérdida de la capacidad de lectura debido a una maculopatía y la confusión generada por la televisión, cuyos personajes ella sentía que le hablaban directamente.

“Van pasando una foto detrás de otra y no las entiendo”

explicaba Nieves sobre su incapacidad para seguir una narrativa visual.

Durante 9 meses hicieron a diario una muñeca

El avance del trastorno traía consigo momentos de gran dolor emocional, como cuando olvidaba el fallecimiento de su esposo y pedía contactarlo. Ana Von Rebeur comprendió que no debía imponer la realidad, sino acompañar a su madre en su propio universo, utilizando la distracción y la suavidad para mitigar el sufrimiento. “¿Cómo nadie me avisó que murió?”, era una pregunta que se repetía, obligando a la familia a revivir el duelo constantemente.

Nieves era costurera

Ante los riesgos en el hogar y las dificultades para encontrar cuidadores externos, Ana decidió estudiar enfermería y reorganizar su vida para cuidar a Nieves personalmente. La fabricación de las muñecas se convirtió en el puente ideal. “Mientras hacíamos la muñeca, no se quejaba de que le dolía nada”, afirma la artista. Esta labor manual funcionó como un ikigai o propósito vital que suspendía la angustia y el dolor físico de su madre.

La conexión fue tal que Nieves llegó a humanizar a las figuras. En una ocasión, expresó temor de lastimar a una muñeca al coserle un brazo porque la percibía con vida. Las 300 figuras son hoy el testimonio de un vínculo que resistió al olvido a través de cada puntada.

Ana Von Rebeur, creadora de

Una exhibición con propósito simbólico

El título de la muestra, Emperifolladas, mezcla la ironía con el homenaje. Originalmente, la artista consideró vincular la cantidad de muñecas con la cifra anual de femicidios en Argentina como una forma de denuncia social. No obstante, optó por un enfoque más luminoso, centrado en la celebración de lo femenino y la resiliencia, permitiendo que el mensaje de memoria latiera de forma sutil entre los materiales textiles.

Hilos, telas, crochet y una boquita pintada, la invitación a la muestra

“En vez de hacer masa madre, hacíamos muñecas de tela”, señala Von Rebeur para ilustrar cómo vivieron el confinamiento. La instalación presenta a las trescientas muñecas suspendidas, formando una marea de cuerpos que invita al espectador a encontrar en ellas recuerdos de su propia infancia o historia familiar.

Martín, nieto de Nieves e hijo de Ana, define a su abuela como una mujer afectuosa cuya salud se vio muy afectada tras la muerte de su esposo, Hubert, debido a un paro cardiorrespiratorio tras más de 40 años de matrimonio. Para él, esta muestra es el legado poético de ambas, demostrando que “incluso en los peores momentos y en las situaciones más difíciles se pueden crear cosas bellas”.

Información para visitantes

La exposición Emperifolladas tiene lugar en el Espacio de Encuentro del Concejo Deliberante de San Isidro. Tras su apertura el 28 de febrero de 2026, la muestra puede visitarse de lunes a viernes, en el horario de 8:00 a 16:00 horas. La exhibición permanecerá abierta al público hasta el miércoles 11 de marzo inclusive, ofreciendo un recorrido por una historia donde el arte fue la herramienta para hacer perdurar el amor frente a la enfermedad.

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