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El agotamiento de la generación sándwich: cuidar a padres e hijos

Marcela vigila con cautela la cámara de su móvil mientras atiende las instrucciones de su superior. Son apenas las nueve de la mañana y la inquietud la invade: su madre aún no se ha levantado. Aprovecha un breve instante para ocultarse tras la cafetera y marcar al teléfono fijo, pero nadie responde. La duda es constante: ¿A qué hora llega la cuidadora? Justo cuando intenta retomar el aliento, entra un mensaje. No es su madre, sino su hijo Francisco: “Vieja, tengo que hacer un laburo con mi socio así que nos quedamos en casa. ¿Hay comida?”.

La situación de Francisco es el reflejo de una época; aunque es arquitecto y bordea los treinta años, sus ingresos no le permiten costear un alquiler independiente. Por otro lado, la madre de Marcela tiene noventa años y una vitalidad que promete extenderse. Esta realidad, donde los adultos deben cuidar hacia arriba (padres ancianos y frágiles) y sostener hacia abajo (hijos que no logran la autonomía), se conoce técnicamente como la “generación sándwich”. Aunque el término parezca ligero, describe una duplicación de responsabilidades para una generación que trabaja y sostiene padres e hijos al mismo tiempo.

Un desafío demográfico y social

Lo que anteriormente se consideraba una etapa transitoria ahora tiende a prolongarse indefinidamente. América Latina enfrenta un envejecimiento acelerado que supera la capacidad de sus sistemas de protección. Como bien ha señalado la gerontóloga Mónica Roqué,

“el desafío ya no es solo vivir más, sino cómo organizamos socialmente el cuidado de esos años extra”

. La experta sostiene que, ante el aumento de la longevidad,

“en este contexto de incremento de longevidad, se generan nuevas demandas, el cuidado desborda las familias y empieza a haber implicación pública”

.

El agotamiento físico y mental afecta a quienes sostienen simultáneamente a padres mayores e hijos dependientes (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las cifras en Argentina respaldan este agotamiento. Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT 2021) del INDEC, existe una disparidad alarmante en las tareas de cuidado no remunerado: mientras los hombres dedican 3 horas y 40 minutos diarios, las mujeres invierten 6 horas y 31 minutos. Esta brecha de casi el doble de tiempo no es un simple debate, sino una resta directa a la calidad de vida femenina.

Para el año 2025, los informes del INDEC con motivo del 8M revelan que las mujeres en hogares con alta demanda de cuidado trabajan 4 horas más que los varones en labores domésticas. Esas cuatro horas representan el tiempo que podría destinarse al autocuidado, la salud personal o el descanso, convirtiéndose en una carga invisible que se cobra con la salud mental y física.

El impacto en la salud y la economía

El estrés de la generación sándwich no siempre es visible, pero sus efectos son profundos. Investigaciones en el Reino Unido sugieren que los cuidadores que dedican 20 horas o más a la semana al cuidado de adultos mayores experimentan un deterioro mental que puede prolongarse hasta por ocho años. No se trata solo de fatiga, sino de un estado de alerta constante que afecta matrimonios y trayectorias profesionales.

Desde la OCDE se analiza este fenómeno como un factor macroeconómico que provoca la reducción de jornadas laborales, jubilaciones anticipadas y una menor participación en el mercado de trabajo. Estas interrupciones en la carrera profesional suelen pasar desapercibidas hasta que se evidencia la falta de aportes jubilatorios o el estancamiento laboral.

La falta de infraestructura pública obliga a resolver el cuidado en el ámbito privado y familiar (Imagen Ilustrativa Infobae)

La economista Corina Rodríguez Enríquez advierte que la organización social del cuidado es

“la manera en que las sociedades resuelven… la reproducción cotidiana de la vida”

. Para ella, reconocer que este sistema

“es injusta y un vector de reproducción de desigualdad”

es fundamental para exigir cambios estructurales. En hogares de bajos ingresos, donde no existen redes de apoyo privadas, el cuerpo familiar asume el rol de institución, recayendo casi siempre en las mujeres.

La autonomía postergada

Por otro lado, la transición a la adultez independiente se ha vuelto más lenta. Datos de Tejido Urbano indican que en 2025, un 38,3% de las personas entre 25 y 35 años aún residen en el hogar de sus padres. Este fenómeno estira la etapa de crianza, eliminando el punto final donde los padres sienten que su labor ha concluido.

Un ejemplo conmovedor es el de Florencia, quien visita a su tía abuela de 104 años cargando a su propia bebé. A pesar del afecto, la presión es máxima: su padre de 70 años la espera para almorzar y el padre de su hija no puede colaborar este fin de semana. Al intentar salir, su auto no arranca. El llanto de Florencia en el estacionamiento no es por la batería descargada, sino por la superposición de demandas que ya no puede gestionar.

Jóvenes adultos retrasan la independencia y extienden la convivencia familiar, prolongando la crianza (Imagen Ilustrativa Infobae)

En la región, la CEPAL ha alertado sobre la “crisis de los cuidados”, donde las redes familiares extensas de antaño se han reducido a menos personas cuidando por más tiempo. Las estadísticas del INDEC son implacables: el 91,6% de las mujeres realiza labores de apoyo o cuidado, frente al 73,9% de los hombres.

El costo de olvidar el tiempo propio

La carga moral es otro pilar de este fenómeno. Decidir entre una cita médica de un padre o una reunión laboral crítica genera un agotamiento mental conocido como burnout del cuidador. La frase “me olvidé de mí” se vuelve común entre quienes transitan esta etapa. La geriatra Louise Aronson, en su obra Elderhood, plantea que

“Aging is not a problem to be solved but a human experience to be navigated”

.

La desigualdad en la distribución del cuidado perpetúa brechas de género y limita trayectorias laborales (Imagen Ilustrativa Infobae)

La rutina diaria de estas personas se divide en tres capas: la personal (salud y deseos), la de los hijos (economía y educación) y la de los padres (medicinas y miedos). Inevitablemente, la capa personal es la que siempre se sacrifica, derivando en problemas de insomnio, hipertensión y ansiedad.

Al final del día, la logística afectiva es el motor invisible. El teléfono vibra con un audio de la madre preguntando por su pastilla y, casi al mismo tiempo, un mensaje del hijo solicitando dinero para el transporte. En medio, el correo del trabajo exige una reunión urgente. No es una ficción, es la realidad de millones de personas que sostienen la vida mientras el tiempo propio se desvanece en el servicio a los demás.

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