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Pilar Montes de Oca: El lenguaje como reflejo de poder y cultura

Pilar Montes de Oca ha consagrado gran parte de su trayectoria profesional a una labor tan vasta como fascinante: descifrar las complejidades del habla en México. Como fundadora y directora de la revista Algarabía, ha transformado el estudio del idioma en un sólido proyecto editorial. Además, es la mente detrás del Chingonario, un compendio lexicográfico sobre una de las palabras más versátiles del español mexicano, capaz de mutar según el contexto:

“A chingarse bonito”, “Chingón”, “No más por chingar”, “Tener un chingo”…

y todas sus variantes como insulto.

En un reciente diálogo entre las perspectivas argentina y mexicana, se exploró cómo una lengua que comparte la misma gramática logra bifurcarse en casi todo lo demás. La conversación transitó desde el “ahorita” como una herramienta de resistencia, hasta el trasfondo político de la RAE, pasando por la ironía colonial y las marcas de clase social que se filtran en el léxico diario. Se trata de un análisis sobre un idioma que, en esencia, no es uno solo.

Las raíces del habla mexicana

Al ser consultada sobre qué le sigue sorprendiendo del lenguaje en su país, Montes de Oca destaca la singular homogeneización del español frente a otras lenguas como el portugués, donde las variantes de Brasil y Portugal son casi ininteligibles entre sí. No obstante, subraya la importancia del sustrato indígena:

“En México tenemos un gran sustrato. Cuando los españoles llegaron aquí encontraron muchísimas lenguas indígenas. La más importante, y la que se sigue hablando en México más o menos por un millón de personas, es el náhuatl. Pero hay otras, como el maya, el otomí, el zapoteco, el mixteco”.

Este legado no solo se limita a vocablos universales como ejote, elote, tomate o chocolate, sino que estructura la forma en que los mexicanos se relacionan lingüísticamente. Un ejemplo claro es el albur, definido por la experta como “hacerte una broma sin que te estés dando cuenta”. Esta práctica surgió en el virreinato como un lenguaje críptico usado por los indígenas para comunicarse frente a los españoles sin ser comprendidos. Un ejemplo es el uso de la palabra “camote” (batata en Argentina), que por su forma fálica da pie al juego de doble sentido: “¿Quieres camote?”. Según la autora, la creatividad dialectal es un punto de orgullo nacional, diferenciando claramente el habla yucateca, chilanga o quintanarroense.

El «ahorita» y la dimensión política

La charla abordó el concepto del “ahorita”, comparándolo con el término africano “pole pole”. Para la experta, esta palabra representa “la revancha del que no tiene el poder”, una forma de arrebatarle el tiempo a quien ostenta la autoridad, ya sean jefes o madres. Además, resaltó una peculiaridad gramatical mexicana: el uso de diminutivos en adverbios y verbos, como “pasadito”, “llegandito” o “tantito”, construcciones sumamente difíciles de traducir.

Sobre la relación entre lengua y política, Montes de Oca fue tajante:

“La lengua es política todo el tiempo”.

Explicó que el idioma evoluciona en tres ejes: estrato sociocultural, geografía y tiempo. Citó ejemplos históricos como el Imperio Romano, donde el control se ejercía a través del latín, y casos contemporáneos como Bad Bunny en el Super Bowl, quien reivindicó el español frente a una audiencia anglohablante.

Clase, traducción y el «horror al renglón seguido»

La distinción social también se manifiesta en las traducciones. Se mencionó el caso de Virginia Woolf: mientras en México su obra se tituló Una habitación propia, en Argentina, bajo la influencia de la élite del Grupo Sur y Borges, se llamó Un cuarto propio. La experta señaló que en México existe un fenómeno preocupante: el “horror al renglón seguido”, una resistencia a la lectura cuando se percibe un bloque denso de texto.

El Chingonario, un diccionario que tomó una de las palabras más elásticas del español mexicano, que se reconfigura con cada frase y cada hablante

Metáforas e idiosincrasia

La oralidad define la visión del mundo de cada nación. Mientras en Argentina abundan las comparaciones rurales como “más pesado que vaca en brazos” o “incómodo que bailar con la suegra”, en México predomina el juego de palabras y la aliteración. Un ejemplo es la respuesta afirmativa “Bambi”, que deriva en frases largas y rítmicas como

“Bambi es un venado y tambor su valedor”.

También se discutió la influencia de figuras populares como Chespirito. Jaime López, en el prólogo del Chilangonario, sugiere que gran parte del éxito de este humor radica en el uso de la letra “ch”, presente en apodos como Conchi, Chava, Chole, Chela (cerveza) y en adjetivos como chafa (de mala calidad). En México, el equivalente al “Che” argentino es, sin duda, el “güey”.

¿La característica de Chespirito era su uso de la che? (Zurisaddai González/Infobae)

La RAE y el derecho a hablar

Finalmente, Montes de Oca cuestionó la autoridad de la Real Academia Española, recordando que el inglés, sin una academia reguladora, posee un vocabulario mucho más amplio (un millón de entradas en el Webster frente a las 180.000 de la RAE). Para ella, los idiomas evolucionan a partir de errores del latín vulgar.

“No hay error en el hablar, te lo puedo asegurar. Si yo digo ‘haiga’ es porque soy un campesino y me funciona en lugar del haya. Y está bien”.

No obstante, advirtió que el habla revela inevitablemente el código postal, el nivel educativo y la edad de las personas. En México, esto se entrelaza con prejuicios raciales y el miedo a ser identificado con la clase baja o el origen indígena, lo que lleva a eufemismos como “moreno claro”. Su filosofía pedagógica es clara: “habla como te dé la gana, pero escribe bien”. La escritura exige rigor (como el uso de la coma del vocativo) porque carece de la entonación y las pausas que otorgan sentido a la oralidad.

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