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Therians: El trasfondo psicológico de los adolescentes animalistas

En semanas recientes, la aparición en diversas urbes del país de grupos de adolescentes que se identifican con seres animales, integrándose en comunidades denominadas Therians, ha despertado una mezcla de asombro, curiosidad y juicios apresurados.

Es habitual verlos en plazas o parques públicos movilizándose en cuatro patas y recreando sonidos propios de especies como lobos o gatos. Aunque la repercusión en medios de comunicación fluctúa entre la aceptación simpática y el escarnio, este fenómeno requiere de una interpretación psicológica profunda que vaya más allá de la reacción superficial.

Resulta fundamental comprender que la adolescencia es, esencialmente, un periodo de construcción de identidad. Durante esta fase, el individuo ensaya formas de pertenencia y explora sus propios límites. En este marco, el hecho de identificarse con un animal puede interpretarse como un dispositivo simbólico: una herramienta para procesar los conflictos inherentes al tránsito entre la niñez y la madurez.

Identidad, juego y señales de alerta

Es importante destacar que no cualquier juego de identidad representa una patología, pero tampoco es adecuado reducirlo a una excentricidad sin importancia. Desde un enfoque clínico, se debe establecer una diferencia clara entre el juego simbólico, necesario para el desarrollo, y una fijación persistente que afecte la integración del joven en su entorno escolar, familiar o social.

Cuando la identificación animal pasa a ser el centro único de la identidad, obstaculizando el vínculo con sus pares y adultos o frenando el aprendizaje de capacidades propias de su edad, la conducta deja de ser una actividad lúdica para transformarse en un síntoma que requiere seguimiento profesional.

Más allá de las particularidades de cada adolescente, esta tendencia interpela directamente a la sociedad adulta. ¿Qué mensaje transmite un joven al elegir la simbología animal? En el imaginario colectivo, los animales representan la pureza, el instinto y la lealtad a la manada, sin las dobleces de la comunicación humana. Frente a un entorno adulto que se percibe como hostil, incoherente o carente de objetivos, este refugio lúdico aparece como una alternativa de protección.

Un síntoma de la sociedad actual

En la actualidad, muchos jóvenes conviven con un clima público cargado de confrontación, crisis económica y falta de credibilidad en las instituciones. Ante un futuro laboral incierto y una esperanza de progreso cada vez más frágil, la fantasía de abandonar el mundo de las palabras —con sus exigencias y negociaciones constantes— para habitar un espacio instintivo funciona como una metáfora de la desorientación y, en ciertos casos, de la falta de esperanza.

El objetivo no debe ser ridiculizar este comportamiento ni caer en un dramatismo excesivo, como tampoco celebrar sin criterio toda forma de autoidentificación. La prioridad es la escucha. La etapa adolescente utiliza el juego para dramatizar tensiones que aún no puede articular de forma conceptual. Si una comunidad de jóvenes decide manifestarse en «cuatro patas», es posible que esté evidenciando la ausencia de referentes adultos confiables que brinden modelos coherentes de autoridad y proyectos de vida sólidos.

Por lo tanto, la cuestión central no es únicamente qué motiva a los Therians, sino qué está ocurriendo en nuestra estructura social. Es necesario reflexionar sobre la imagen del porvenir que estamos proyectando y qué oportunidades reales de autonomía ofrecemos a la juventud sin que deban renunciar a la formación académica y al lenguaje. Antes de escandalizarse por estos gestos simbólicos, sería pertinente examinar la calidad de los vínculos y diálogos que mantenemos como adultos.

El verdadero reto no reside en imponer que caminen erguidos mediante la coacción, sino en brindarles el acompañamiento necesario para que perciban que madurar es una transición segura, deseable y llena de propósito.

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