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Más allá del ingreso, la pobreza multidimensional se estancó en Ecuador

Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) sobre pobreza multidimensional para el cierre de 2025 muestran un panorama que requiere atención. Con un 41,7% de la población en situación de pobreza multidimensional, el país registra niveles comparables con los de 2020, cuando la pandemia del COVID-19 impactó significativamente los indicadores sociales.

A diferencia de la pobreza monetaria tradicional, la medición multidimensional evalúa privaciones en educación, salud, trabajo, vivienda y condiciones de vida. Según el estudio “Análisis de la pobreza multidimensional en el Ecuador mediante la inclusión de variables subjetivas para los años 2014 y 2017” del economista Jean Salvador, este enfoque permite capturar “dimensiones de la pobreza que a pesar de ser relevantes para la gente que vive en esa condición, no se están midiendo” con métodos basados únicamente en ingresos.

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El presente análisis examina la evolución histórica de estos indicadores, las brechas territoriales y las diferencias entre mediciones monetarias y multidimensionales, proporcionando una lectura técnica de la situación actual.

Evolución temporal y tendencias de largo plazo
El análisis de los datos históricos del INEC permite identificar tres periodos claramente diferenciados. Entre 2010 y 2017, la pobreza multidimensional nacional descendió consistentemente de 46,1% a 34,6%, representando una reducción de 11,5 puntos porcentuales. Este periodo coincidió con importantes inversiones en infraestructura social y programas de inclusión.

Al respecto, Diego García en su tesis doctoral “Aportes a la Pobreza Multidimensional e Implicaciones de Política para Combatirla. El Caso de Ecuador, 2009-2017”, argumenta que “la aplicación de política fiscal expansiva por la vía del gasto público en educación, salud y bienestar social, motivada por el crecimiento económico, podría explicar los logros en la reducción de la pobreza multidimensional para Ecuador”.

El autor, además, destaca que las políticas laborales orientadas a la formalización del empleo, la expansión de la cobertura de seguridad social y el incremento de los salarios reales también contribuyeron significativamente a estos resultados.

El segundo periodo, de 2018 a 2019, mostró un estancamiento con leve tendencia al alza: de 37,9% en 2018 a 38,1% en 2019. El tercer periodo inició en 2020 con el impacto de la pandemia, cuando la tasa saltó a 40,9%. Desde entonces, el indicador ha fluctuado entre 38,1% y 41,7%, sin retornar a los niveles pre-pandémicos (Gráfico 1).

Para diciembre de 2025, la pobreza multidimensional se ubicó en 41,7%, mientras que la pobreza extrema multidimensional alcanzó 18,1%. Estos valores representan incrementos de 7,1 y 4,0 puntos porcentuales, respectivamente, en comparación con 2017, cuando se registraron los niveles más bajos de la década.

La pobreza extrema multidimensional siguió una trayectoria similar. Descendió de 24,7% en 2010 a 13,9% en 2016, su punto más bajo en la serie histórica. Sin embargo, a partir de 2018 comenzó una tendencia ascendente que se aceleró con la pandemia, alcanzando 18,4% en 2020. Aunque mostró variaciones en años posteriores, cerró 2025 en 18,1%, nivel que afecta aproximadamente a 3,2 millones de personas (Gráfico 2).

Diferencias urbano-rurales: una brecha persistente
Los datos desagregados por área geográfica revelan patrones claramente diferenciados. En diciembre de 2025, la pobreza multidimensional urbana alcanzó 29,9%, mientras que en el área rural llegó a 66,9%, generando una brecha de 37 puntos porcentuales.

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El área urbana experimentó un incremento sostenido desde 2017, cuando registraba 21,3%, hasta alcanzar 29,9% en 2025, lo que representa un aumento de 8,6 puntos porcentuales. Este incremento ha sido más pronunciado en el periodo post-pandémico, particularmente entre 2023 y 2025.

El área rural, por su parte, había logrado reducir significativamente sus niveles desde 80,2% en 2010 hasta 59,9% en 2016. Sin embargo, entre 2017 y 2019 revirtió parte de estos avances, alcanzando 71,1%. Si bien cerró 2025 en 66,9%, mostrando una mejora de 4,2 puntos porcentuales respecto a 2019, permanece en niveles superiores a los registrados entre 2016 y 2018.

Como señala Salvador en su investigación, “la incidencia de pobreza se concentra en el indicador de sin servicio de agua por red pública” con tasas superiores al 89% en áreas rurales, lo que explica parcialmente estas disparidades.

La pobreza extrema multidimensional rural presentó mayor volatilidad. Descendió de 53,1% en 2010 a 31,4% en 2016, pero incrementó a 44,9% en 2020. El cierre de 2025 en 34,8% representa una mejora respecto al pico pandémico, aunque supera en 10,1 puntos porcentuales a la tasa urbana de 10,3% (Gráfico 4).

Comparación entre indicadores monetarios y multidimensionales
El análisis comparativo entre pobreza por ingresos y multidimensional revela divergencias significativas. Mientras la pobreza monetaria cerró 2025 en 21,4%, mostrando una tendencia descendente desde el pico de 33% en 2020, la pobreza multidimensional alcanzó 41,7%, prácticamente el doble del indicador monetario.

Durante el periodo 2022-2025, la pobreza por ingresos fluctuó entre 21,4% y 28%, con una tendencia general a la baja. En contraste, la pobreza multidimensional se mantuvo entre 37,3% y 41,7%, mostrando mayor rigidez y una tendencia al alza en el último bienio (Gráfico 5).

Esta divergencia refleja la naturaleza de cada medición. Salvador explica que “el IPM es la primera medida internacional que evalúa la incidencia e intensidad de la pobreza simultáneamente”, incorporando privaciones en múltiples dimensiones que no necesariamente se corrigen con incrementos en el ingreso.

Su investigación identificó que “la dimensión de hábitat, vivienda y ambiente sano presenta el mayor efecto negativo significativo sobre el bienestar subjetivo”, con el déficit habitacional mostrando el mayor impacto marginal (5,2%) sobre la insatisfacción con la vida.

La pobreza extrema presenta patrones similares, cerró 2025 en 8,3%, mientras que la multidimensional extrema alcanzó 18,1%. Esta diferencia de 9,8 puntos porcentuales sugiere que aproximadamente 1,7 millones de personas viven en condiciones de privación severa en múltiples dimensiones sin ser clasificadas como pobres extremos por criterios monetarios.

Factores estructurales y percepciones subjetivas
Según Salvador, la inclusión de variables subjetivas en el análisis de pobreza multidimensional aporta elementos adicionales de comprensión. Al incorporar indicadores de “insatisfacción con la vida” y “percepción de inseguridad”, encontró que “el 80% de hogares ya sean pobres o no pobres se sienten satisfechos con la vida”.

Este hallazgo, que el autor denomina “paradoja de la satisfacción”, sugiere mecanismos de adaptación: “Muchos de los hogares cuando se enfrentan a los mismos problemas tienden a aceptarlos de mejor manera”. No obstante, identificó que “el déficit habitacional posee el mayor impacto sobre la insatisfacción con la vida”, seguido por indicadores de empleo y educación superior.

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El estudio también determinó que “la privación tanto en el acceso a educación superior como la privación cualitativa y cuantitativa del hogar se presenta homogénea en los dominios, regiones y grupos étnicos”, indicando que ciertos factores estructurales afectan transversalmente a grupos vulnerables independientemente de su ubicación geográfica.

Los datos de pobreza multidimensional para 2025 evidencian desafíos estructurales que requieren abordajes diferenciados según contextos urbano-rurales. La persistencia de brechas en indicadores de educación, salud, vivienda y empleo, junto con la divergencia respecto a mediciones monetarias, sugiere que las estrategias de reducción de pobreza necesitan componentes multisectoriales que trasciendan intervenciones puramente económicas.
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