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El fin del orden de 1945: Bienvenidos a la nueva era geopolítica

¿Cómo deberíamos denominar este tiempo histórico que transitamos? Personalmente, ya no abrigo dudas: estamos ante el retorno definitivo de la geopolítica. Esta disciplina, cuyo nombre proviene del griego antiguo para fusionar la política con la tierra, carece de un consenso académico absoluto sobre su definición. No obstante, se centra esencialmente en las relaciones de poder entre los Estados y en la arena internacional. Sin importar su alcance, esta materia analiza estrategias sobre soberanía, control territorial, flujos comerciales y posibles escenarios bélicos, permitiendo que la acción política se anticipe a los acontecimientos futuros mediante la proyección de diversos contextos.

Es evidente que atravesamos una transición profunda. El acto de nombrar esta era nos permite distanciarnos de la melancolía por un orden que ya no existe y, a su vez, evitar la Trumpmanía, entendida como la dependencia emocional —ya sea de afecto o rechazo— hacia su figura.

“Ponerle un nombre nos aleja, tanto de la nostalgia por un pasado que desaparece como también de la Trumpmanía, es decir, la total dependencia ya sea de amor u odio a su persona, permitiéndonos abrir la mente a lo nuevo que se acerca y huir de la trampa de llamar a esta era post-algo, que en definitiva no explica nada y hasta confunde, ya que la realidad es siempre más fuerte, bastando al respecto recordar lo que ocurrió con el llamado postcomunismo al desaparecer la URSS con Rusia como sucesora legal.”

En el ámbito internacional, existe la percepción generalizada de que navegamos por una fase de desorden. Independientemente de su veracidad técnica, el sentimiento predominante es que las normas del multilateralismo, que rigieron el mundo por décadas, agonizan. Ante este panorama, surge la interrogante sobre cómo bautizar este nuevo periodo.

Observamos hoy la primacía de la geopolítica por encima de los intereses económicos, incluso desplazando al modelo de mercado que se consolidó tras la caída del Muro de Berlín.

“A pesar de que la nombra poco, con Trump, su importancia se ha hecho visible a nivel mundial, aunque ha guiado las decisiones de Putin desde que asumió el poder ruso hace ya más de un cuarto de siglo y China ha hecho lo mismo desde que Xi Jinping transformó una dictadura colectiva en una personal, la suya, tal como ha quedado evidenciado por la última purga de mandos militares. Pero, para efectos de imitación, no son EE. UU., al menos no todavía en el caso chino.”

El papel de Trump y el colapso del antiguo sistema

Aunque diversos especialistas vinculan este fenómeno exclusivamente con Donald Trump, esto resulta impreciso. Él no fue el creador del derrumbe del sistema previo, cuyos signos de agotamiento eran previos a su llegada, tales como la ineficiencia y la creciente irrelevancia de la ONU. Trump simplemente capitalizó un movimiento político preexistente que le brindó el soporte para impulsar transformaciones en Estados Unidos y el mundo occidental, dotando al movimiento MAGA de un sentido y una dirección exportables.

Sin embargo, la continuidad de este cambio es incierta.

“Es un gran cambio, pero no sabemos si va a durar lo suficiente como para prolongarse después del término de su gobierno el 2028, toda vez que hay sentencias que están pendientes en la Corte Suprema para que se pronuncie si tiene atribuciones suficientes como para imponer aranceles como también iniciar o responder a conflictos, sin autorización previa del Congreso. Además, en un país polarizado, no existe consenso político interno, y tal como ocurriera después de su primer gobierno el 2020, una victoria demócrata podría dejar sin efecto decisiones importantes, ya que no son leyes, sino solo resoluciones ejecutivas.”

Pese a la posibilidad de un fracaso en la Casa Blanca, el escenario global ya ha mutado irreversiblemente. Existen dos realidades inamovibles, comparables en magnitud al Monte Everest: primero, la disputa por la supremacía global entre China y Estados Unidos que define el siglo XXI; y segundo, la consolidación de la geopolítica como eje central.

A diferencia de la Guerra Fría, caracterizada por la pugna ideológica entre democracia y comunismo, el conflicto actual no cuestiona al capitalismo como sistema de asignación de recursos. No obstante, chocan dos visiones: el capitalismo de libertad individual estadounidense frente al capitalismo de Estado chino, donde el gobierno central interviene activamente en la economía.

La Rusia de Putin pugna por ser considerado como gran poder, pero solo lo es a nivel militar (Sputnik/Alexey Nikolskiy/Pool via REUTERS)

En esta contienda global, las potencias actúan como representantes de civilizaciones enteras. China encarna la tradición confuciana, mientras que EE. UU. representa al Occidente, fruto de la convergencia judeocristiana, el legado grecorromano y la Ilustración. Por su parte, Rusia intenta sostener su estatus de gran poder basándose casi exclusivamente en su fuerza militar, pues carece de relevancia tecnológica o económica, manteniendo la continuidad territorial de su pasado zarista y soviético bajo el mando de Putin. En una escala menor, la Turquía de Erdogan busca revivir la influencia del antiguo Imperio Otomano mediante un discurso neo-otomanista.

La aceleración del cambio y el declive del globalismo

El giro global no fue iniciado por Trump, aunque él actuó como su catalizador. Un ejemplo de esto fue el último Foro Económico Mundial en Davos, baluarte del globalismo, donde se escuchó al líder estadounidense con un respeto inédito. En 2026, por primera vez, las prioridades geopolíticas superaron a las del mercado en esta cita anual, algo que quedó ratificado con el respaldo al discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, quien defendió argumentos geopolíticos pese a su nostalgia por la era anterior.

Cabe destacar que la añoranza por el sistema que expira no siempre está fundamentada. El deterioro institucional post-Segunda Guerra Mundial era evidente, manifestado en la pérdida de credibilidad estratégica de EE. UU. durante la administración Biden y el imparable ascenso económico de Pekín. Simultáneamente, el malestar de los sectores desfavorecidos por la globalización se hizo visible tanto en Norteamérica como en otras democracias.

Como en cada gran transformación, habrá ganadores y perdedores.

“Se dificulta el aprovechamiento de oportunidades, cuando todo se centra en la persona de Donald Trump, necesitándose cabeza fría, y no actuar sobre la base de la emoción en vez de la razón.”

El panorama luce complejo para regiones como África o Iberoamérica y el Caribe, que parecen carecer de inteligencia estratégica. En el caso de Chile, por ejemplo, todavía se arrastra la carencia de un servicio de inteligencia estatal robusto en materias no militares, un vacío que persiste desde la transición democrática.

El cambio actual genera resistencia en quienes se beneficiaban del orden caduco. Sin embargo, recordando a Darwin y El origen de las especies, la supervivencia depende de la capacidad de adaptación, no del poder bruto. El ejemplo de la extinción de los dinosaurios parece aplicarse hoy a una Europa que, pese a su riqueza cultural, sufre una creciente irrelevancia geopolítica.

Nuevas estrategias y el vacío de información

Resulta esencial dejar de ver a Trump como el único factor explicativo, pues centrarse en su agresividad discursiva impide notar la profundidad de los cambios estructurales que promueve.

El 24 de febrero se van a cumplir cuatro años de guerra en Ucrania (Iryna Rybakova/Press Service of the 93rd Kholodnyi Yar Separate Mechanized Brigade of the Ukrainian Armed Forces/Handout via REUTERS)

Actualmente, las únicas propuestas de paz concretas para conflictos en Ucrania y la Franja de Gaza provienen de su entorno. Estados Unidos ha recuperado su estatus de potencia indispensable, aunque la falta de estudios objetivos y biografías analíticas dificulta la comprensión de estos procesos,

“influyendo también la incapacidad del gobierno de Trump para explicar lo que intenta hacer.”

Para entender este nuevo rumbo, se recomienda el estudio de obras como El arte de la negociación y, especialmente, la Estrategia de Seguridad Nacional 2025. Estos documentos son fundamentales para cualquier tomador de decisiones. En Chile, por ejemplo, la elección de figuras con perfiles promercado de los años 90 por parte de Kast para carteras de Defensa y Relaciones Exteriores evidenció una desconexión con la realidad geopolítica actual.

Vivimos en un mundo saturado de información donde se prioriza lo impactante sobre lo trascendente. Muchos docentes y periodistas fallan en su labor pedagógica al seguir empleando categorías de un mundo que ya no existe, demostrando una preocupante desactualización ante las nuevas realidades.

De aquí al 2028, podemos tener tres certezas:

  • El predominio de las decisiones geopolíticas sobre las económicas.
  • La desintegración irreversible del orden establecido en 1945.
  • El impacto disruptivo de la Inteligencia Artificial, que afectará tanto a las grandes potencias como a las regiones marginales.

Comparaciones históricas y el peso de las naciones

Aunque no alcanzamos aún la magnitud de lo ocurrido tras la Primera Guerra Mundial —con la caída de los imperios ruso, austrohúngaro, otomano y alemán— o de la Segunda Guerra Mundial —que encumbró a la URSS y EE. UU.—, la transformación actual es profunda.

“Lo que hoy ocurre no es a ese nivel, al menos no todavía, pero es de hecho comparable con el cambio que transcurre entre la caída del Muro de Berlín (9-XI-1989) y la disolución de la URSS (26-XII-1991). Me atrevería a decir que lo de ahora es aún más importante, ya que por espectacular que haya sido en lo político el fin del comunismo, los fundamentos del orden económico no fueron entonces cuestionados, sino que países de Europa del Este y algunos que habían sido parte del imperio soviético terminaron integrándose a la Unión Europea y a la OTAN.”

Con un Trump fortalecido en su segundo periodo, se ha producido un cambio de paradigma en apenas un año. Es paradójico que Estados Unidos esté modificando las mismas reglas e instituciones que él mismo creó tras Yalta. Esas normas se impusieron incluso por la fuerza en episodios como Irán (1953), Guatemala (1954), Hungría (1956), Checoslovaquia (1968) y las guerras del Golfo.

La necesidad de frenar el ascenso de China ha convertido la política internacional en geopolítica pura. Los aranceles ya no son solo herramientas económicas, sino instrumentos de negociación para imponer el peso de Washington y modificar el orden multilateral, afectando incluso a aliados tradicionales. Pekín, por su parte, es tratado como un igual por EE. UU., algo que no ocurre con Japón o la Unión Europea. La respuesta china ha sido el embargo de tierras raras, minerales críticos para la industria de defensa, aprovechando un monopolio que EE. UU. permitió por descuido. Si ambas potencias llegan a un acuerdo, el resto del mundo deberá adaptarse a esas nuevas reglas comerciales de facto.

Para efectos de la negociación de aranceles, EEUU reconoce a China como un igual (AP Foto/Mark Schiefelbein)

Esta negociación bilateral marca una ruptura con la era de unipolaridad estadounidense post-URSS. Otros cambios simbólicos incluyen la disputa por la soberanía de Groenlandia, cuestionando derechos coloniales de Dinamarca que datan de los siglos XVIII y XIX.

El principal obstáculo para EE. UU. es su fractura interna. La polarización impide una unidad nacional como la que permitió ganar la Guerra Fría, una debilidad que la dictadura china no posee. Es muy probable que Xi Jinping tenga como meta el 1 de octubre de 2049, centenario de la República Popular China, para consolidarse como la principal superpotencia, bajo una doctrina donde Confucio pesa más que Marx.

En este tablero, India emerge como un actor capaz de desplazar a la Unión Europea, Alemania o Japón como tercera potencia. Asimismo, no sería extraño ver un acercamiento entre Washington y Moscú, similar al histórico viaje de Nixon y Kissinger a China en 1972, con el fin de alejar a Rusia de la órbita de Pekín.

Es imperativo abandonar el análisis apasionado y entender la profundidad de estas transformaciones. Así como la política de Derechos Humanos de Carter perduró más allá de su mandato, muchas de las reformas actuales permanecerán. En este contexto, ha surgido el Consejo de Paz para Gaza, que parece destinado a suplir las funciones de una ONU desgastada por la burocracia y la falta de imparcialidad.

El mundo vuelve a las esferas de influencia y a la relocalización de la producción cerca de los centros de consumo. Aunque la incertidumbre genera inseguridad, la labor de los líderes es conducir la nave del Estado a puerto seguro, ya sea en calma o tempestad. Con Trump, el escenario es de tormenta, pero su estilo logra imponer temas con rapidez asombrosa.

Finalmente, queda por ver cuánto durará este protagonismo. Así como la Guerra contra el Terrorismo tras el 11 de septiembre perdió relevancia tras la salida de Afganistán, el nuevo esquema requiere de un consenso bipartidista en el Congreso para ser duradero. EE. UU. enfrenta ahora a un rival con un poder económico que la URSS nunca alcanzó. Esto no es mera opinión, es geopolítica. Si Napoleón advirtió que el mundo temblaría cuando China despertara, hoy parece que el gigante que finalmente ha despertado es Estados Unidos.

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