En el ejercicio del periodismo y la observación social, resulta desgarrador encontrarse con el testimonio de familias que enfrentan el duelo por el suicidio de un joven. Sin embargo, existe una circunstancia que intensifica este dolor: el caso de quienes deciden partir sin haber dado una sola señal de alerta, manteniendo ante el mundo una fachada de triunfos, logros y aparente felicidad. Esta realidad nos confronta con una interrogante que golpea con fuerza: “¿Cómo no nos dimos cuenta?”.
Vivimos en una época donde la presión por exhibir una vida perfecta en plataformas digitales ha convertido al corazón en un sitio inaccesible. Los especialistas advierten sobre la denominada “depresión sonriente”, un estado en el que la persona cumple con sus obligaciones cotidianas, participa en eventos sociales con alegría aparente y proyecta una imagen de plenitud, mientras por dentro se libra una batalla en la que se va quedando sin oxígeno.
La crisis de sentido y el vacío existencial
La problemática actual trasciende lo emocional para convertirse en una crisis de propósito. Al respecto, Viktor Frankl, autor de la emblemática obra “El hombre en busca de sentido”, determinó que el motor fundamental del ser humano es la búsqueda de un significado. Frankl, tras sobrevivir a los campos de concentración, concluyó que “quien tiene un ‘porqué’ para vivir puede soportar casi cualquier ‘cómo’”.
El desafío contemporáneo es que muchos individuos, a pesar de poseer todos los recursos materiales para subsistir, carecen de razones profundas para vivir. Esto es lo que se conoce como el vacío existencial. Cuando la existencia se limita a cumplir metas externas o mandatos de consumo sin una trascendencia real, el sinsentido se infiltra silenciosamente hasta comprometer la estabilidad emocional del individuo.
La salud mental: más allá del estigma
Es imperativo desmitificar el cuidado de la mente en los entornos espirituales. La salud mental no es una falta de fe, ni una debilidad del carácter, es una dimensión de nuestra humanidad que necesita cuidado y el acompañamiento de profesionales. San Juan Pablo II reflexionaba sobre este punto señalando que
“quien sufre depresión se encuentra siempre en una soledad profunda”
.
Esa desconexión entre la fachada externa y el mundo interior revela que, en la búsqueda del bienestar material, se ha descuidado la educación emocional. Es fundamental transmitir a las nuevas generaciones que la vulnerabilidad es humana, que el éxito no define el valor personal y que está permitido manifestar cuando algo no anda bien.
El impacto en el mundo corporativo
Tomás Olivieri Acosta, especialista en talleres de duelo para el sector empresarial, ha observado un cambio drástico en las necesidades de las organizaciones. Con una amplia trayectoria y un enfoque basado en la empatía, Olivieri explica la complejidad de manejar estos episodios en el trabajo:
Tomás, ¿cómo manejas el tema del suicidio en el ámbito laboral?
“Desde que comenzó la pandemia he notado un aumento significativo en la cantidad de talleres que las empresas solicitan debido a suicidios. Antes, la mayoría de los talleres de duelo que facilitaba eran por enfermedades o accidentes, pero hoy en día, el 70% están relacionados con suicidios. Lo que más me impacta es que, en muchos casos, se trata de hombres jóvenes, alrededor de los 30 años, que no parecían tener problemas evidentes y que tenían carreras prometedoras”.
El experto señala que las compañías enfrentan una gran desorientación ante estas pérdidas inesperadas. Entre las preocupaciones más recurrentes se encuentra el temor al “efecto contagio”, además de la dificultad para comunicar la noticia y acompañar adecuadamente a los equipos de trabajo afectados.
¿Cómo son los talleres y quiénes participan?
“Los talleres están dirigidos a los compañeros del colaborador fallecido. Muchos de ellos están muy afectados no sólo por la pérdida, sino también porque no se lo esperaban. Lo más valioso de estos talleres es que, al crear un ambiente de confianza y seguridad psicológica, las personas se sienten seguras para expresar cómo se sienten realmente. Dejan de ser ‘políticamente correctos’ y se conectan con sus emociones. A menudo, cuando pregunto si alguien ha pensado alguna vez en el suicidio, más de uno levanta la mano. Esto es crucial, ya que nos muestra que el suicidio es más común de lo que pensamos y que no siempre está relacionado con la depresión o con enfermedades mentales. Por lo general son jóvenes que, si pudieran elegir, elegirían vivir, pero sin tanto sufrimiento interior”.
Encontrar consuelo ante lo inexplicable
Para quienes cargan con la culpabilidad de no haber detectado las señales a tiempo, es necesario recordar que el alma humana posee dimensiones que no siempre son visibles. A veces, el sufrimiento impone una ceguera espiritual tan profunda que no permite la entrada de ayuda externa. No se trata de una ausencia de afecto por parte del entorno, sino de una soledad absoluta en la toma de decisiones.
Desde una perspectiva de fe, incluso en momentos de angustia extrema como los vividos por Jesús en el Huerto de los Olivos, existe una comprensión de ese abismo psicológico. El compromiso social debe ser el de construir comunidades que escuchen activamente, validen el dolor sin prejuicios y fomenten un sentido de vida basado en el servicio y el acompañamiento humano constante.
(*) Tomás Olivieri Acosta es coach gestáltico con más de una década de experiencia asesorando a organizaciones ante el fallecimiento de colaboradores.
Fuente: Fuente