Tras su ascenso al trono de Gran Bretaña en el año 1837, la reina Victoria se convirtió en el centro de todas las miradas. Con apenas 18 años de edad, su vida privada pasó a ser una cuestión de estado y un fenómeno mediático sin precedentes que los periódicos de la época bautizaron como “reginamanía”. Esta atención desmedida trajo consigo una interminable lista de aspirantes al matrimonio, cartas de admiradores y una galería de pretendientes que buscaban ganar el afecto de la soberana.

El asedio de los pretendientes insólitos
Desde el principio de su mandato, el entorno de Victoria estuvo marcado por situaciones peculiares y episodios de acoso constante. Uno de los casos más alarmantes fue el protagonizado por el capitán John Goode, quien se dedicó a perseguirla durante sus periodos de descanso y fue interceptado en diversas ocasiones merodeando las inmediaciones del Palacio de Kensington. Debido a su persistencia irracional, Goode terminó recluido en el centro psiquiátrico de Bethlem.
No obstante, no fue el único incidente reportado. El capitán Tom Flower intentó infiltrarse de manera clandestina en la ceremonia de coronación, mientras que otro individuo llamado Ned Hayward llegó al extremo de detener el caballo de la reina en pleno Hyde Park con el único fin de entregarle una misiva donde le proponía matrimonio oficialmente.
A esta lista se sumó John Stockledge, a quien los medios de comunicación de aquel entonces apodaron como “el último amante lunático de la reina”. Stockledge fue capturado tras intentar vulnerar la seguridad del Castillo de Windsor; durante su interrogatorio, el hombre argumentó con total convicción que estaba buscando una esposa y que la monarca le parecía la candidata ideal.

Conspiraciones familiares y conveniencia política
Mientras estos incidentes ocurrían en las calles, dentro de los muros palaciegos, la familia y los consejeros de la soberana ya orquestaban un matrimonio concertado. Desde que Victoria nació en 1819, tanto su progenitora como su tío, el príncipe Leopoldo, habían trazado un plan para unirla con un príncipe de origen alemán, específicamente de la casa de Sajonia-Coburgo.
El candidato principal para este enlace era su primo carnal Alberto, quien había nacido solo tres meses después que ella. A lo largo de su etapa adolescente, la reina fue bombardeada con propuestas de distintas facciones de la aristocracia europea. Entre los nombres barajados figuraban:
- El príncipe Jorge, hijo del duque de Cumberland.
- El duque de Orleans, cuya candidatura fue descartada rápidamente por su confesión católica.
- Los príncipes de Orange, apoyados por el rey Guillermo IV, aunque la joven reina los consideró carentes de atractivo e interés.
Incluso tras un primer acercamiento con Alberto y su hermano Ernesto en 1836, Victoria no manifestó una inclinación especial hacia Alberto; por el contrario, en aquel momento le resultó más interesante la personalidad de Ernesto.
Un romance inesperado con el heredero ruso
Pese a las constantes presiones de su círculo íntimo para que eligiera un esposo, la monarca insistía en retrasar cualquier compromiso oficial. Sin embargo, su postura flaqueó en 1839, cuando experimentó un vínculo emocional genuino con el Gran Duque Alejandro Nikolaevich, heredero de la corona rusa. La llegada de Alejandro a la ciudad de Londres impactó profundamente a la reina, quien lo describió físicamente como un hombre “alto, de figura elegante y rostro amable”.

Durante su estancia, ambos compartieron múltiples cenas, eventos de gala y diálogos prolongados que no pasaron desapercibidos para la corte. A pesar de la evidente química, el enlace era un imposible geopolítico: Alejandro tenía la obligación de permanecer en Rusia y el parlamento británico se oponía rotundamente a que un príncipe de una potencia extranjera compartiera el poder con la soberana.
Las crónicas del séquito ruso registraron el entusiasmo de la reina con la compañía del Gran Duque. En una comunicación dirigida a su primer ministro, Lord Melbourne, la monarca fue honesta sobre sus sentimientos:
“La Reina bailó el primer y el último baile con el Gran Duque y creo que ya somos grandes amigos; me gusta muchísimo”.
A pesar del afecto correspondido, el destino de la pareja estaba sellado por la imposibilidad. Luego de una cena de gala y un último baile en Windsor, el heredero ruso partió. Victoria confesó sentir nostalgia y admitió que podría haber estado algo enamorada. Antes de retirarse, Alejandro realizó una generosa donación de 20.000 libras a diversas causas benéficas. Poco tiempo después, la reina se enteró del compromiso del ruso con la princesa María de Darmstadt.

El giro definitivo hacia Alberto de Sajonia-Coburgo
Tras el episodio ruso, la maquinaria familiar intensificó sus esfuerzos. El influyente barón Stockmar garantizó que Alberto de Sajonia-Coburgo ya se encontraba plenamente preparado para asumir el rol de príncipe consorte. No obstante, Victoria seguía manifestando dudas y en una carta a su tío Leopoldo expresó sus reservas:
“Aunque todos los informes sobre Alberto son muy favorables, puede que me guste como amigo, primo o hermano, pero nada más”.
Este desinterés inicial molestó a Alberto, quien incluso consideró cancelar su compromiso de visita. Sin embargo, su llegada a Inglaterra en el mes de octubre lo cambió todo. Al ver a un Alberto más maduro, carismático y transformado, la reina Victoria experimentó un cambio radical en su percepción.

En ese instante, cualquier otro pretendiente fue borrado de su mente. La soberana decidió que él sería el hombre con quien compartiría su vida, una determinación que recibió el apoyo de Lord Melbourne, quien de forma pragmática opinó que:
“una mujer no puede estar sola mucho tiempo, en cualquier posición en la que se encuentre”.
Finalmente, Alberto se convirtió en el eje central de su existencia, despertando en ella una admiración y una pasión desbordantes. La reina llegaría a verlo como la representación máxima del ideal romántico, poseedor de una elegancia y un encanto que definirían para siempre la historia personal y emocional de la monarquía británica.
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