Diversas investigaciones científicas han comprobado que el vínculo con los espacios naturales, tales como parques, jardines públicos o bosques, genera un impacto favorable en la salud mental de los habitantes de las ciudades. Se estima que incluso encuentros breves con la naturaleza, de menos de 15 minutos, son capaces de desencadenar efectos positivos en el bienestar emocional. Mientras que los entornos forestales urbanos ayudan a mitigar la ansiedad y la depresión, otro tipo de áreas verdes contribuyen a elevar los niveles de energía y la capacidad de atención.
Un reciente estudio ha ratificado que la frecuencia con la que se visitan estos entornos y la realización de actividades físicas en ellos están directamente relacionadas con mejoras notables en la salud mental de la población joven. Este hallazgo proviene de una investigación efectuada en la Université de Montréal (UdeM), liderada por el investigador posdoctoral Corentin Montiel y supervisada por la profesora Isabelle Doré, quien forma parte de la Facultad de Kinesiología y Ciencias de la Actividad Física, así como de la Facultad de Salud Pública de dicha institución. Este análisis cobra especial relevancia debido al retroceso en el bienestar psicológico observado entre los jóvenes canadienses durante la última década.
Entre los años 2011 y 2018, los indicadores de trastornos del estado de ánimo y ansiedad mostraron un incremento en el grupo etario de 19 a 24 años. Esta tendencia negativa se agudizó con la llegada de la crisis sanitaria global: el índice de personas entre 15 y 29 años que se declaraban “muy satisfechas” con su vida cayó drásticamente, pasando del 72% en 2018 a tan solo un 26% en junio de 2020.
La sinergia entre la actividad física y los entornos verdes

El estudio, que fue difundido a través del Journal of Physical Activity and Health, optó por una metodología distinta a la convencional. En lugar de limitarse a medir la densidad de la vegetación o la cercanía geográfica a un parque, los investigadores consultaron a 357 participantes del proyecto MATCH, cuya edad promedio se situaba en los 21,9 años. El objetivo era que estos jóvenes calificaran, en una escala del 1 al 5, su percepción de la naturaleza tanto en su cotidianidad como durante sus rutinas de ejercicio.
La investigadora Isabelle Doré explicó que la meta era evaluar qué tan conscientes son los jóvenes de los elementos naturales que los rodean, especialmente al ejercitarse:
“Queríamos saber si las personas son conscientes de la presencia de árboles y áreas verdes en su entorno”. “Por eso, nos centramos en las percepciones de los participantes sobre su entorno en la vida diaria en general y al hacer ejercicio en particular”.
Una conclusión fundamental de la investigación es que la exposición esporádica a la naturaleza en un solo ámbito de la vida no es suficiente para generar beneficios medibles en el estado mental. Únicamente aquellos que reportaron una alta percepción del entorno natural en ambos contextos —en sus actividades diarias y al realizar deporte— mostraron ventajas estadísticas claras.
Los datos revelan que el 35% de los jóvenes encuestados manifestó una baja exposición a la naturaleza en ambos escenarios, mientras que un 25% reportó niveles elevados en ambos. Este último grupo alcanzó una puntuación de 7,4 puntos adicionales en la escala de salud mental en comparación con el primero.

Hubo participantes que registraron una exposición alta en solo uno de los entornos; sin embargo, ese beneficio inicial se disipó cuando los expertos ajustaron las variables según el estado de salud mental previo de cada individuo. De este modo, solo el grupo con percepción intensa y constante de naturaleza mantuvo un margen positivo de 3,6 puntos por encima de los demás.
Ante estos hallazgos, Doré señaló:
“Parece que la percepción de la naturaleza debe combinarse en distintos escenarios para que tenga un impacto en la salud mental”.
El informe también destaca una relación bidireccional entre el deporte y los espacios verdes. La naturaleza no solo incentiva el movimiento físico, sino que el acto de ejercitarse potencia la disposición de las personas para buscar y valorar los entornos naturales.
Además, realizar actividad física en estos lugares ofrece una ventaja cognitiva particular: los entornos verdes logran que los jóvenes enfoquen su atención en estímulos externos, tales como el sonido de las aves o el movimiento de las plantas, alejando su mente de las sensaciones de agotamiento físico o cansancio.

Por otro lado, la investigación pone de manifiesto la existencia de brechas en el acceso a estos beneficios. En el contexto de Canadá, se observó que la disponibilidad de áreas verdes es menor para poblaciones inmigrantes, minorías racializadas y familias de bajos recursos, lo cual limita sus posibilidades de recreación y profundiza las disparidades en materia de salud.
Para enfrentar esta problemática, la profesora Doré plantea dos líneas de acción fundamentales:
- Facilitar el acceso a áreas naturales lejanas mediante iniciativas comunitarias, tales como transporte compartido, excursiones escolares y programas de préstamo de equipamiento.
- Fomentar la conexión con la naturaleza a nivel local. Al respecto, Doré afirmó:
“No hace falta estar inmerso en la naturaleza para oírla y sentirla. Un parque urbano puede animar a la gente a moverse y aumentar su bienestar”.

Estas conclusiones pretenden servir de sustento para el desarrollo de políticas públicas que fomenten la actividad física y el cuidado mental en la juventud. Actualmente, el equipo de investigación lidera el proyecto SeeNAT, un estudio de cuatro años que examinará 36 modalidades de ejercicio, que van desde el fútbol en parques locales hasta senderismo en zonas agrestes, con el fin de identificar cuáles son más beneficiosas.
El proyecto SeeNAT integrará datos geoespaciales con las percepciones individuales de los jóvenes, buscando entender las posibles diferencias entre la realidad objetiva del entorno y la forma en que los ciudadanos lo experimentan subjetivamente.
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