El célebre pensador político Nicolás Maquiavelo afirmaba que “el príncipe debería inspirar miedo”, pero advertía que “solo debe esforzarse por evitar el odio”, pues este último suele marcar su final. En la actualidad, el líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Khamenei, parece estar desatendiendo esta máxima. A medida que las restricciones sobre internet se relajan ligeramente, se hace evidente que las tácticas de represión utilizadas para frenar las protestas están generando más indignación que temor entre los ciudadanos.
Diversos organismos defensores de los derechos humanos han logrado confirmar el fallecimiento de más de 6.500 individuos en el marco de las movilizaciones recientes, mientras se trabaja en la verificación de otras 17.000 víctimas. Por su parte, el medio de oposición con base en Gran Bretaña, Iran International, eleva la cifra de muertes por encima de las 36.500. La situación es tan crítica que los familiares se ven obligados a buscar entre pilas de bolsas de cadáveres y, posteriormente, deben pagar el costo de las municiones empleadas para asesinar a sus allegados con el fin de que les entreguen los cuerpos.
Escenarios de combate en las ciudades
Testigos de los enfrentamientos describen los lugares de protesta como auténticos campos de batalla, caracterizados por la quema de entidades bancarias, mezquitas y la destrucción de patrullas de seguridad. En Mashhad, considerada la segunda urbe más importante de Irán y un bastión para la estructura clerical, el museo universitario ha quedado en ruinas. Según relata un manifestante: «Todo lo que sirve como medio para la tiranía y el control fue destruido». La actitud del régimen hacia los fallecidos está extremando las posturas de una sociedad ya violentada. Incluso si no se produce una intervención directa de Estados Unidos contra el gobierno actual, la integridad territorial de Irán se encuentra bajo una seria amenaza tras este derramamiento de sangre.
Durante varias horas del pasado 8 de enero, el control de las vías públicas en Teherán y otras localidades estuvo en manos de los protestantes. Los relatos describen calles intransitables repletas de fuego, escombros y señales de tránsito destruidas. Un testigo recordó la jornada señalando que “Fue un vandalismo asombroso y hermoso”. Asimismo, diversos informes indican que individuos enmascarados y armados con cuchillos acabaron con la vida de miembros de los basijis, las milicias voluntarias ligadas al régimen. Una joven en Mashhad resume la gravedad del momento: “Ya es una guerra civil. Simplemente no lo estamos diciendo”.
Fractura social y parálisis económica
Hasta el momento, no hay señales de que el miedo al desmoronamiento nacional logre detener la violencia. Las grietas en esta nación multiétnica y multirreligiosa se ensanchan, mientras el gobierno y la oposición se acusan mutuamente de emplear mercenarios, desde agentes israelíes hasta milicianos chiítas de Irak. Reza Pahlavi, hijo del último sha, ha defendido la autodefensa ciudadana frente a las autoridades y ha hecho un llamado a la administración estadounidense para que intervenga.
El sistema liderado por Ali Khamenei parece haber abandonado cualquier intención de consenso, transformándose plenamente en un estado de vigilancia. El espacio aéreo es patrullado por drones y se realizan inspecciones aleatorias a teléfonos móviles para identificar a simpatizantes de la oposición. Además, un bloqueo de internet de tres semanas ha devastado la economía digital, profundizando el aislamiento del país. El pasado 27 de enero, el rial alcanzó un nuevo mínimo histórico de devaluación.
La desaparición de la moderación
Cualquier atisbo de comprensión gubernamental hacia las demandas económicas ha desaparecido, y ahora todos los críticos son catalogados como “terroristas”. La oposición de corte reformista ha sido neutralizada tras la elección de Masoud Pezeshkian. Figuras prominentes, como el expresidente Hassan Rouhani, quien desafió abiertamente a la Guardia Revolucionaria y al líder supremo, se encontrarían bajo arresto domiciliario y con prohibiciones de viaje para su círculo cercano.
En este entorno, crece la opinión de que la protesta civil es inefectiva frente a un estado que mata a gran escala. Muchos dudan que el ejército o la policía decidan romper con el régimen, como ocurrió en el caso de Siria. A pesar del despliegue militar de Occidente, existe incertidumbre sobre si Donald Trump cumplirá su promesa de asistencia. Ante este panorama, el deseo de venganza armada se fortalece. En provincias periféricas como Lorestán e Ilam, líderes tribales han aparecido en redes sociales con uniformes y rifles, jurando represalias por la represión. Un estudiante del este del país advirtió: “La próxima vez mis primos dirán que cambiarán cócteles molotov por ametralladoras”, mientras que un ciudadano en la capital sentenció: “Por esta masacre, todos y cada uno de ellos deben ser asesinados”.
El fantasma de conflictos regionales pasados
La metamorfosis de los manifestantes en facciones armadas, similar a lo ocurrido en Libia o Siria, es una posibilidad latente. Algunos sectores monárquicos en el exterior estudian cómo proveer armas al país con el apoyo de Israel, ignorando a menudo las secuelas de destrucción y desplazamiento que dejaron conflictos similares tras la Primavera Árabe. Socialmente, el perfil de los opositores ha cambiado: la pobreza ha empujado a antiguos seguidores del conservador Mahmud Ahmadineyad a respaldar a Pahlavi, sustituyendo la simbología religiosa por la monárquica y lanzando consignas como “Quemen el Corán”.
Finalmente, las voces que proponen una transición democrática pacífica están siendo silenciadas por el radicalismo. Los llamados al diálogo o a la dimisión del liderazgo actual, como los realizados por Mir Hossein Moussavi, han sido ignorados por los medios de oposición satelitales. “No quieren a nadie más que a Pahlavi”, lamenta una docente que participó en las protestas de 2022 contra el hiyab obligatorio, agregando: “No nos dejan hablar”. Mientras Turquía contempla crear zonas de seguridad ante una posible ola de refugiados, Ali Khamenei se habría trasladado a un búnker ante la amenaza de ataques estadounidenses. Aunque la historia muestra que Occidente ha influido en derrocamientos previos en Irán (1921, 1941 y 1953), el vacío de poder tras figuras como Sadam Hussein en Irak sirve como una advertencia sobre el caos que podría desencadenarse.
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