Aunque los acordes de “Who wants to live forever…” evocan la melancolía de Freddie Mercury y las escenas de Highlander, el debate actual sobre la eternidad ha dejado el cine para entrar en los foros económicos. No se trata de Connor sosteniendo a Heather en un adiós eterno, sino de Elon Musk, posicionado en el escenario principal del World Economic Forum de Davos, asegurando que el envejecimiento
“es un problema muy solucionable”
. Para el magnate, una vez que se comprenda la causa raíz, la solución resultará
“increíblemente obvio”
.
Estas declaraciones se transformaron rápidamente en contenido viral y objeto de burla en plataformas digitales, donde se catalogaron como otra de las excentricidades del dueño de X (antes Twitter). Sin embargo, al analizar sus palabras fuera del sarcasmo, el peso de su mensaje cambia: Musk sugiere que la muerte, el eje central de las religiones y culturas durante milenios, debe ser abordada exclusivamente como un problema técnico. La risa colectiva suele ser una respuesta ante la incomodidad de desafiar lo inevitable.
La postura de Musk en Davos no es un evento aislado. Es parte de una tendencia global que medios de prestigio han documentado. Por ejemplo, The Guardian sintetizó esta mentalidad al describir la fijación de las nuevas élites:
“Para ellos, el envejecimiento es un problema técnico que puede —y va a— ser arreglado”
. Esta visión se traduce en acciones tangibles:
- Inversiones de miles de millones de dólares en biotecnología.
- Apertura de clínicas privadas de ultra lujo.
- Surgimiento de startups dedicadas exclusivamente a la longevidad.
- Desarrollo de tratamientos experimentales y biohacking.
Más allá de la viabilidad científica inmediata, lo relevante es que los sectores con mayor poder económico del mundo actúan bajo la premisa de que vivir más es una meta alcanzable.
Este ecosistema está integrado por CEOs, fondos de inversión de riesgo y expertos en Silicon Valley. La inquietud no es reciente; hace una década, la revista Newsweek ya advertía que la posibilidad de vivir
“un siglo o incluso varios cientos de años más”
se posicionaría como uno de los debates más intensos de nuestra era.
Actualmente, este movimiento se apoya en el concepto de longevity escape velocity (velocidad de escape de la longevidad). Esta hipótesis sugiere que, en algún punto, la ciencia avanzará tan rápido que sumará más de un año de vida por cada año cronológico que transcurra. No se busca la inmortalidad inmediata, sino resistir lo suficiente para acceder al próximo descubrimiento médico.
Bajo esta lógica, si los 60 años actuales difieren radicalmente de los de hace cinco décadas, quienes alcancen los 80 años en el futuro próximo podrían acceder a terapias para frenar o revertir el envejecimiento que hoy están en pruebas. Así, la postergación de la muerte se perfila no como un derecho universal, sino como un beneficio de élite.

Fuera de la especulación, existen avances concretos en instituciones como Harvard University. Investigaciones sobre reprogramación epigenética han demostrado que es factible restaurar funciones visuales en animales, incluso en casos que replican el glaucoma, una de las mayores causas de ceguera por edad. Estos estudios no alteran el ADN, sino la expresión génica, logrando que células adultas recuperen funciones de juventud.
Este fenómeno se define como rejuvenecimiento funcional localizado. La ciencia no promete la eternidad de inmediato, sino la reparación de órganos y funciones, desplazando límites biológicos que se creían inamovibles. El envejecimiento comienza a ser visto, al menos parcialmente, como una condición opcional.
Visiones filosóficas y literarias del fin
La narrativa cultural también ha explorado este terreno. En la serie The Good Place, la humanidad alcanza un paraíso perfecto donde no existe el dolor. No obstante, al cabo de los siglos, los habitantes pierden el deseo. La solución es crear un final, una puerta de salida, bajo la premisa de que la existencia cobra valor precisamente porque es finita.
En la literatura, Jorge Luis Borges abordó esto en su relato El inmortal. El autor argentino planteaba que, aunque las religiones de Occidente prometen la inmortalidad, el valor de lo humano reside en su naturaleza efímera.
“Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable o lo azaroso”
, escribió, contrastándolo con la monotonía de lo eterno donde nada ocurre una sola vez.
Yuval Noah Harari, en su obra Homo Deus, analiza este cambio de paradigma. Para Harari, el gran proyecto del siglo XXI es la búsqueda de la inmortalidad biológica, transformando la muerte de un misterio metafísico a una falla de ingeniería. Aunque no comparte el optimismo simplista de Musk, reconoce que la simple posibilidad de este avance altera nuestra percepción del tiempo y el poder.
Por otro lado, el biogerontólogo Aubrey de Grey sostiene una postura más radical. Afirma que el daño por envejecimiento es reparable y asegura que
“la primera persona que vivirá hasta los 150 años probablemente ya nació”
. Para De Grey, si la tecnología existe, su implementación es un imperativo moral.

Consecuencias y desigualdad temporal
El desacuerdo de Harari con los tecnólogos no es técnico, sino social. Una vida extendida drásticamente podría generar:
- Una desigualdad biológica sin precedentes.
- Sociedades rígidas y resistentes al cambio generacional.
- La ruptura de la estructura de deseos y proyectos vitales.
Si el acceso a la longevidad depende del capital, nacería la desigualdad temporal. Las élites de Silicon Valley podrían acumular décadas de vida activa, mientras que el resto de la población permanece sujeta a los límites biológicos tradicionales. Como ha señalado The Guardian, este conocimiento no parece estar destinado a distribuirse equitativamente.
Además, surgen dudas sobre la sostenibilidad del sistema: el impacto ambiental, la jubilación, el mercado laboral y la herencia en un mundo donde el tiempo deja de ser un recurso limitado.

En contextos como el de América Latina, la discusión adquiere otro matiz. Mientras en los centros de poder global se debate cómo evitar la muerte, en regiones como Argentina la prioridad sigue siendo cómo garantizar una vejez digna, con salud y recursos básicos. No todos envejecen bajo las mismas condiciones de seguridad, alimentación o acceso médico.
Finalmente, aunque las estadísticas confirman que la humanidad vive más que nunca, la verdadera incógnita no es solo cuánto tiempo podemos ganar, sino bajo qué condiciones de justicia y sentido lo haremos. Como sugirió Borges, es posible que el significado de la vida siga residiendo en su precariedad. El desafío futuro no será solo vivir para siempre, sino determinar quiénes podrán hacerlo y qué harán con ese tiempo conquistado.
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