El conocido gusano del corazón es un organismo parasitario que se propaga mediante la picadura de mosquitos, afectando gravemente los pulmones y el sistema cardíaco de especies como perros, gatos y hurones. De no ser detectado y tratado con celeridad, esta afección puede derivar en consecuencias fatales para los animales.
En la actualidad, esta patología se concentra mayoritariamente en caninos que habitan en zonas con climas templados, tropicales y subtropicales, donde proliferan los insectos vectores. No obstante, una investigación reciente ha revelado que la cronología de este parásito es mucho más extensa y compleja de lo que la ciencia había documentado hasta el momento.
Un equipo multidisciplinario de científicos pertenecientes a instituciones de Australia, Estados Unidos, Costa Rica, Panamá, Italia, Grecia, Rumania, Malasia y Tailandia ha determinado que este agente infeccioso ya se desplazaba por diversos continentes mediante animales silvestres, específicamente los dingos, mucho antes de la expansión masiva de los perros domésticos modernos.

Los dingos son identificados como perros de vida silvestre nativos del territorio australiano, cuyos ancestros se remontan a antiguos cánidos provenientes de Asia.
Esta investigación, que ha sido difundida a través de la publicación especializada Communications Biology, propone un cambio de paradigma en el entendimiento de la filariasis cardíaca y su dispersión por el globo terráqueo.
El estudio también subraya la urgencia de ajustar las medidas de prevención y los esquemas terapéuticos, considerando la diversidad genética de los parásitos y su creciente inmunidad ante los fármacos convencionales. El proyecto contó con el respaldo financiero de entidades como la Canine Research Foundation, Dogs Victoria y el fondo de investigación de la Australian Companion Animal Health Foundation.
Rastros milenarios de un parásito global

La premisa central de los expertos fue discernir si la bacteria Dirofilaria immitis se propagó exclusivamente vinculada a la domesticación canina moderna o si, por el contrario, ya habitaba en poblaciones de cánidos salvajes desde épocas remotas.
Es imperativo recordar que esta enfermedad es capaz de generar lesiones irreversibles en el corazón de los canes y su transmisión depende enteramente de los mosquitos.
Durante décadas, la comunidad científica sostuvo que el movimiento de mascotas por parte de los seres humanos era el único responsable de la distribución geográfica del gusano.

No obstante, el grupo de investigadores identificó que los análisis previos carecían de una muestra representativa a nivel global. Ante esto, procedieron a ejecutar un estudio genético profundo de muestras recolectadas en diversos continentes para reconstruir el linaje evolutivo del parásito.
El ADN cuenta la ruta del parásito

Para este análisis, se procesaron 127 muestras de parásitos obtenidas de una amplia variedad de huéspedes, incluyendo perros, gatos, zorros, un hurón, un chacal dorado, un leopardo y un gato montés, provenientes de nueve naciones distribuidas en cinco continentes.
La investigación integró además el estudio de la Wolbachia, una bacteria simbionte que reside en el interior de las filarias y que resulta vital para los procesos de reproducción y crecimiento del parásito.
Los resultados arrojaron discrepancias genéticas marcadas entre los especímenes de distintas regiones, confirmando que la diáspora global del gusano del corazón ocurrió mucho antes de lo previsto. Estados Unidos y Australia destacaron como las zonas con la mayor variabilidad genética registrada.

En la región de Queensland, Australia, se hallaron dos linajes ancestrales que son prácticamente inexistentes en otras partes del mundo. Por su parte, las muestras recolectadas en Sídney evidenciaron una hibridación entre ancestros asiáticos y locales.
“Nuestros hallazgos coinciden con un origen asiático de los gusanos del corazón australianos, posiblemente transportados con los dingos”
indicaron los especialistas en sus conclusiones.

El estudio demográfico vincula la trayectoria del parásito con hitos históricos como la llegada de los dingos a Australia desde Asia hace aproximadamente 4.000 años, así como la colonización europea en el continente americano hace unos 500 años.
Los datos genéticos sugieren que la diferenciación entre los gusanos de distintos continentes es más significativa que la diferencia entre las especies que los hospedan, lo que refuerza la tesis de una expansión ancestral ligada a las migraciones de animales salvajes.
Recomendaciones y desafíos futuros

El cuerpo de expertos ha instado a profundizar las investigaciones en Asia y Oceanía para establecer con mayor precisión las líneas temporales de la llegada de la Dirofilaria immitis. Admitieron que, aunque la evidencia apunta a los dingos, la baja cantidad de muestras del continente asiático todavía limita la exactitud total de los resultados.
Aunque se considera la importación moderna de perros como un factor, la evidencia genética actual otorga un peso mayor a la ruta milenaria de los cánidos silvestres.

En definitiva, el parásito posee un trasfondo evolutivo mucho más longevo de lo estipulado, habiendo circulado en la fauna silvestre milenios antes de la intervención humana contemporánea.
Asimismo, los científicos lanzaron una advertencia sobre cómo el cambio climático y la actividad humana pueden acelerar las mutaciones genéticas del gusano, planteando un desafío renovado para la medicina veterinaria.
La doctora María Inés Gamboa, especialista de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Nacional de La Plata y referente de la Asociación Parasitológica Argentina, señaló que:
“Comprender la diversidad genética del gusano Dirofilaria immitis puede aportar al desarrollo de mejores estrategias de prevención y la identificación de nuevos blancos terapéuticos para tratamientos más eficaces”.

Según la experta, estos hallazgos también permitirán optimizar los métodos de diagnóstico para una detección temprana y diseñar controles regionales más estrictos.
En el contexto de Argentina, se ha observado que la prevalencia del parásito “muestra una distribución que aumenta de sur a norte y de oeste a este”, siendo más común en ecosistemas cálidos y con altos niveles de humedad.
Gamboa enfatizó que
“la movilidad de los perros, principales hospedadores definitivos del parásito, facilitada por la colonización, el comercio y las migraciones humanas, contribuye a la dispersión de la enfermedad”
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Finalmente, advirtió sobre la falta de monitoreo en diversas regiones:
“Es importante destacar que en muchas áreas no se realizan diagnósticos para identificar este parásito, lo que resulta relevante porque, como ocurre con todas las especies, su presencia se detecta principalmente en los lugares donde trabajan los investigadores”
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