Durante un extenso periodo, América Latina parecía haber quedado al margen de las prioridades estratégicas de Estados Unidos, permaneciendo como una región relegada ante los conflictos en Medio Oriente, el Asia-Pacífico y Europa del Este. Desde Washington, el trato hacia el continente se limitaba a gestiones comerciales o migratorias. No obstante, en los meses finales de 2025, esta tendencia se ha quebrado de forma tajante: la potencia norteamericana ha vuelto a reclamar su influencia sobre el hemisferio, tratando nuevamente a la región como ese “patio trasero” que en realidad nunca dejó de serlo. Este retorno no se caracteriza por la diplomacia suave, sino por advertencias directas, sanciones económicas y despliegues de fuerza militar.
Este cambio de postura resucita la Doctrina Monroe, no como una pieza de museo, sino como un argumento para legitimar el uso del poder duro. En un contexto de competencia global implacable, se busca fusionar la seguridad nacional con el control de recursos estratégicos. Para lograrlo, el lenguaje se emplea como una herramienta para condicionar la soberanía de las naciones vecinas. El interés renovado de Washington no responde a una política de buen vecino, sino a una necesidad de marcar territorio en el mapa del poder mundial. El discurso político actual construye realidades que definen enemigos y jerarquizan amenazas, utilizando una maquinaria narrativa que activa miedos y forja lealtades a través de relatos que apelan directamente a las emociones del receptor.
La construcción del relato bajo el mandato de Trump
El presidente Donald Trump, tras su reelección en 2024, ha personificado esta nueva etapa al describir las recientes acciones militares bajo términos de absoluta supremacía. El mandatario no se limita a informar; él construye una épica de invencibilidad. Ha calificado las operaciones como
“extraordinaria”
, un
“espectacular asalto”
y como
“uno de los actos de demostración más importantes del poderío militar que ninguna otra nación del mundo pudo haber ejecutado”
. Según su discurso,
“ningún presidente había hecho nada”
previamente, asegurando que
“otros no tuvieron la valentía”
para actuar.
En este escenario, la captura de Nicolás Maduro —que para algunos sectores representa un secuestro y para otros un acto de justicia— se expone como un castigo inevitable. Trump utiliza términos cargados de impacto emocional para justificar sus acciones, mencionando delitos como el narcotráfico, torturas y ataques contra “mujeres y niños”. Esta estrategia busca simplificar la realidad en una fórmula binaria donde Maduro es el “monstruo” y Trump es el “líder” salvador. Su narrativa ofrece una resolución moral clara:
“…el dictador y terrorista Maduro finalmente ya no está. El pueblo de Venezuela vuelve a ser libre. Estados Unidos es hoy una nación más segura (…) y orgullosa.”
El léxico utilizado durante sus intervenciones es netamente belicista, recurriendo a conceptos como “aplastar”, “neutralizar” o “doblegar”. Bajo esta lógica de amigo-enemigo, se intenta eliminar cualquier matiz intermedio. Sin embargo, existe una zona gris que el discurso oficial evita mencionar: si bien naciones como Venezuela, Colombia y México son productoras de estupefacientes, Estados Unidos es el principal consumidor. Mientras la administración promete erradicar la oferta, la demanda interna sigue siendo normalizada por industrias culturales como Hollywood, que presentan el consumo como algo atractivo, eludiendo la responsabilidad propia en la crisis del narcotráfico.
Vigilancia y la nueva era de la Doctrina «Donroe»
La nueva estrategia de Washington sugiere que se ha abandonado la cooperación horizontal por un modelo de vigilancia y supervisión disciplinaria. Es una lógica tutelar donde Estados Unidos actúa como una autoridad que impone orden. La Doctrina Monroe, ahora rebautizada coloquialmente como “Donroe”, sirve para validar intervenciones en medio de la pugna por recursos con potencias como China y Rusia. En este tablero, los países latinoamericanos parecen no tener voz propia en la mesa de decisiones.
Las acciones de Trump han sido deliberadas: ejercer el poder sin solicitar autorizaciones ni ocultar intenciones. Algunos puntos clave de esta postura incluyen:
- Uso de una retórica militar épica para justificar intervenciones.
- Deshumanización de figuras opositoras para consolidar el apoyo público.
- Reinstalación de América Latina como un espacio de control estratégico exclusivo.
- Advertencia directa de que el predominio estadounidense en el hemisferio no es negociable.
En conclusión, el impacto de este giro político trasciende el caso específico de Venezuela. Lo que se ha evidenciado es un cambio profundo en las reglas del juego geopolítico. América Latina regresa al primer plano, no como un bloque autónomo, sino como un territorio en disputa donde la soberanía queda condicionada a los intereses de seguridad de Washington. No hay elementos nuevos en la lógica del poder, pero sí en la manera en que este vuelve a ser nombrado y ejecutado sin disimulo.
Fuente: Infobae