No data was found

El legado de Ricardo Piglia: cómo humanizó el universo de Borges

El hecho de que las lecciones de un catedrático se conviertan en un espectáculo mediático, más allá de cualquier currículo escolar, es un fenómeno extraordinario. Si a esto se suma que la temática central es la complejidad de Jorge Luis Borges, el resultado adquiere un matiz fascinante. Esta hazaña fue lograda en el año 2013 por el intelectual Ricardo Piglia, quien falleció hace 9 años, al llevar sus reflexiones a la televisión pública para conectar con una audiencia masiva.

Piglia no solo destacó como un académico brillante, sino como un autor polifacético. En su haber figuran piezas de culto como Respiración artificial y relatos de gran impacto popular que llegaron a la pantalla grande, como la aclamada Plata quemada. Su rol como profesor de literatura fue, sin duda, una de sus facetas más memorables.

Aquellas sesiones televisivas de 2013 marcaron un hito en la interpretación de las letras nacionales. Durante los primeros encuentros, Piglia rememoró una anécdota donde Borges rompió con la formalidad excesiva al criticar un pilar del tango. Al escuchar la famosa composición “Uno” de Enrique Santos Discépolo, el autor de El Aleph sentenció con ironía:

“Está mal ese tango. No se puede decir esperanzas y ansias, tiene que ser esperancias y ansias”.

Esta corrección inesperada reveló el núcleo de su pensamiento: una obsesión por la precisión y una mirada lúdica sobre la realidad.

Ricardo Piglia, la pasión de enseñar

En este entorno de descubrimiento, Piglia consiguió que el ciudadano común comprendiera a Borges, eliminando esa barrera de inaccesibilidad que suele rodearlo. Mediante ejemplos concretos y cuestionamientos profundos, explicó que la literatura posee la capacidad de resistir múltiples interpretaciones. Según el propio Piglia, Borges utilizaba registros sumamente conscientes para estructurar su producción literaria.

Un diálogo abierto sobre el hecho literario

Las exposiciones de Piglia se distanciaron del rigorismo académico para transformarse en una charla fluida. El mismo escritor lo aclaró al inicio del ciclo: “Lo mejor sería que tuviéramos un programa exclusivamente para conversar las preguntas”. Esta dinámica permitió que las dudas de los espectadores se volvieran el eje de la enseñanza, bajo la premisa de que “siempre tiene uno la sensación, al volverlo a leer, que se había olvidado de algo”.

Para el profesor Piglia, retornar a un libro nunca es un acto redundante. En el caso de la obra borgiana, este retorno es una técnica fundamental. “Se puede leer en épocas distintas o en épocas de la propia vida de uno, en otro contexto”, sostuvo, incentivando a los lectores a buscar aquello que permanece oculto tras las palabras.

La dualidad de los orígenes en Borges

Un punto clave en el análisis fue la percepción de Borges sobre su genealogía. Piglia detalló cómo el escritor se balanceaba entre dos herencias: la rama materna, ligada a la tradición militar y criolla, y la paterna, conectada con el pensamiento intelectual británico. En relatos como La señora mayo, el autor expone la decadencia aristocrática con una perspectiva que Piglia define como mucho más mordaz que la de Mujica Láinez.

Sobre la labor del creador, Piglia fue enfático al señalar:

“El escritor no trabaja con las ideologías cristalizadas, sino que trabaja con elementos de la percepción social que apenas están empezando a existir”.

Jorge Luis Borges y su madre, Leonor Acevedo.

La intervención creativa en la traducción

El segmento dedicado a la traducción reveló la faceta más audaz de Borges. Piglia recordó que para el autor de Ficciones, “la traducción puede ser mejor que el original”. Un ejemplo contundente fue su versión de La carta robada de Edgar Allan Poe. Piglia explicó que Borges decidió eliminar fragmentos que consideraba innecesarios, logrando un resultado impactante: “pueden comparar la traducción de Cortázar con la de Borges y le falta la mitad al cuento de Poe”.

Desde esta óptica, traducir es un acto de creación y estilo. “La traducción es la que mejor fija la historia del estilo. Aunque no lo sepa, el traductor trabaja con un horizonte de lo que puede decir en cada época, de lo que es literario en cada época”, puntualizó el expositor.

Asimismo, la técnica de la cita es crucial. Según Piglia, Borges dominaba lo que Walter Benjamin denominaba el arte de citar sin usar comillas. Muchas frases célebres atribuidas a Borges pertenecen originalmente a otros autores, pero él las refinó y adaptó de tal modo que terminaron integrándose a su propia identidad literaria.

La carga de la memoria y el espacio de la biblioteca

Piglia también analizó el papel de la memoria y las bibliotecas como pilares de la ficción en Borges. Aunque sirven de sustento, también representan una amenaza. En obras como Funes el memorioso o La memoria de Shakespeare, el recuerdo se presenta como un lastre. “La aspiración es el olvido, paradójicamente es el olvido a lo que se aspira, porque la memoria supone un peso, indicó el docente.

La experiencia de leer en Borges está marcada por la noción de lo incompleto. Piglia observó que el autor logra transmitir esa sensación de que siempre existe un texto ausente, y que esa falta es precisamente lo que condiciona la interpretación de lo que sí tenemos frente a nosotros.

La ficción especulativa como motor de cambio

Uno de los mayores aportes de Piglia en estas clases fue definir el procedimiento borgiano como ficción especulativa. Más allá de lo fantástico, Borges planteó cómo la invención literaria puede alterar la realidad tangible. “El problema no es cómo está la realidad en la ficción, sino cómo está la ficción en la realidad. Esa es la vuelta que dio”, explicó.

Al referirse al cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de 1940, Piglia afirmó que se trata de literatura conceptual pura, donde una enciclopedia de un mundo inexistente termina por devorar la realidad conocida. Sobre este relato, comentó con admiración: “Nunca jamás se escribió nada igual”.

Oficios, política y cultura de masas

Durante las sesiones se reveló un Borges trabajador que incursionó en múltiples ámbitos para subsistir económicamente. Piglia enumeró sus labores en el periodismo, su dirección del suplemento en Crítica, sus colaboraciones en la revista El Hogar, sus escritos en publicaciones de la ciudad de Azul y su gestión en la revista del subte de Buenos Aires.

En recuerdo de Ricardo Piglia (Télam)

A pesar de su inmensa fama, nunca encajó en el perfil de escritor institucional o monumental al estilo de Thomas Mann. Prefería la brevedad, los textos de pocas páginas y los volúmenes que funcionaban como compilaciones de citas y relatos breves.

Su conexión con la cultura popular fue evidente en su gusto por:

  • El género policial.
  • La narrativa de western.
  • Los autores populares de su juventud.

Incluso mantuvo posturas provocadoras al rechazar a figuras canónicas como Proust o Dostoievski, algo que Piglia consideraba una muestra de su independencia intelectual.

La estética de la duda y el habla rioplatense

Finalmente, Piglia analizó la voz de Borges, caracterizada por la vacilación y el balbuceo. Estos rasgos no eran meras debilidades físicas, sino que se integraban en una teoría sobre el habla argentina. Esta forma de expresión, cargada de ironía y duda, define al narrador borgiano como aquel que no posee todas las respuestas.

“El narrador es el que no sabe. El narrador es el primero que no entiende lo que pasa”, concluyó Piglia, destacando que esta incertidumbre es la verdadera marca de estilo en su literatura.

Las clases de Ricardo Piglia transformaron a Borges en un interlocutor cercano y en un enigma vigente, recordándonos que la literatura es, ante todo, una forma apasionante de habitar la vida.

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK

TWITTER