Esta puede ser la obra más importante de la historia del teatro, en la apreciación del director y guionista guayaquileño David Castro Mosquera, quien lleva cuatro años colaborando con Estudio Paulsen.
Cada año, el estudio toma el reto de hacer una adaptación de Shakespeare y, en 2026, la escogida fue Hamlet. “Me basé mucho en esta crítica al positivismo tóxico; lo he circunscrito a una sociedad muy de élite, donde tienen prohibido cualquier sentimiento que no sea la felicidad”, explica.Difícil para Hamlet, que se entera de que su madre se ha vuelto a casar. Con su tío. A días del funeral de su padre. No solo él se siente perturbado; el espíritu del padre pide venganza y el público espera justicia.
“Hay que perderle un poco de miedo a los clásicos”, considera Castro. “Hacer Shakespeare me empezó a gustar hace no mucho, era reacio porque no me interesa hacer cosas de época”, agrega. Lo que hace a un clásico es su universalidad y atemporalidad, continúa. Como escritor, prefiere ver aquello del texto que resuena con la sociedad actual.
“Ignasi Vidal, que fue el director de Otelo (2024), me hizo cambiar totalmente la perspectiva respecto de eso y desde ahí le agarré el gusto y siento que no hay nada más complejo que hacer Shakespeare; salvo por un musical, creo que nada hay más arriba de eso y es el gran proyecto que uno puede tener como director, como dramaturgo y como actor”.
Castro ha trabajado en este proyecto desde enero, tratando de crear un universo “lo más aterrizado posible”.
Para ello hicieron un casting abierto en línea en julio. “Consistía en que la gente se grabe haciendo el monólogo de Hamlet (“Ser o no ser”) y recibí cerca de 800 videos por email; no se pautó por si acaso, el algoritmo lo hizo”. Llegaron de la India, de Inglaterra, de España, de México, de Colombia, hasta un actor de La casa de papel envió su entrada, cuenta el dramaturgo. “Y me di cuenta de lo importante que es esta obra”, dice. Convocó a audiciones presenciales y de allí salió el elenco.
Es la primera vez que Castro (Esperanza, Después de mamá, Game) lidera una obra de gran formato que no es de su autoría. Licenciado en Artes Escénicas de la Universidad Casa Grande y diplomado en Dramaturgia en Chile, su escuela fue el microteatro, donde dirigió múltiples títulos.
Una generación que descubre a Shakespeare
En el rol principal está Christopher Solórzano, quien empezó estudiando actuación en Paulsen y ahora da clases allí. Él defiende la tradición de mantener a Shakespeare en cartelera: “Siempre es un riesgo adaptarlo, es muy complicado. Son muy pocas las obras que no cuentan con tantos personajes. Al momento de adaptarlo, conectar todos los engranajes para que siga teniendo sentido resulta un poco complicado”.
Aun así, se reafirma: “Esta tradición debe mantenerse, puesto que en la ciudad ningún otro teatro lo está haciendo. El Estudio (Paulsen) es el único que cada año, de manera religiosa, hace una adaptación de Shakespeare. Cada actor en algún punto tiene que pasar por él, porque es ritual”.
En el personaje de Ofelia está Gabriela Menéndez, que ha emprendido una investigación del personaje, no solo su interés amoroso por Hamlet, sino todas sus relaciones. “¿Cómo establecer este personaje sin victimizarlo? Más allá de que es la mayor víctima de esta historia”, se pregunta la actriz. “Al principio es extremadamente feliz, muy obediente y poco a poco su personalidad va en declive hasta que llega a la locura”, explica.
Menéndez conoció a Ofelia por medio de esta rendición de Hamlet. Apenas la había visto representada en el arte como una figura trágica, ahogada y cubierta de flores: “No la conocía por medio de la literatura o del cine. Este fue mi primer acercamiento”.
Ella ha sido asistente de dirección en Paulsen y también estuvo en el reparto de La fierecilla domada (2025).
“La felicidad también puede ser una tragedia”
“Para mí, Ofelia es, probablemente, uno de los personajes femeninos más maravillosos que ha escrito William Shakespeare, es la pureza personificada; y de esa pureza, por lo que va pasando en la obra, desciende la locura”, interviene Castro, poniendo a la heroína como ejemplo del eslogan de este Hamlet: “La felicidad también puede ser una tragedia”.
No solo se aplica a ella. “Yo creo que mucho tiene que ver con que la sociedad nos obliga a mantener un molde y a callar respecto a muchas cosas. He pasado por procesos depresivos muy fuertes, a los que quizás he sido llevado por pisar tierra y darme cuenta de todo lo que sucede alrededor; no es pesimismo, sino realismo; hay muchas cosas que deben de cambiar. Creo que se nos obliga a mantener una máscara de optimismo muy tóxico. A veces quieres abrirte con una persona y te dicen: ‘No, sabes qué, es que me contagia de malas energías’”, sostiene.
Estar forzado a ser feliz termina siendo trágico. “En la autenticidad de lo que una persona pueda sentir radica también el que sea libre”, añade.
Solórzano tiene su propia confesión: “Desde hace relativamente poco se popularizó el término ansiedad. Considero que el mundo detectó lo que es tenerlo y vivirlo. Hamlet no puede darse un momento para sentir, siendo de la nobleza, tiene muchísimos ojos a su alrededor y no puede mostrarse triste. Todo el mundo debería leer a Shakespeare y estudiarlo; cada escena y cada monólogo; habla de algo muy fuerte, muy personal. Siento que es la excusa perfecta para traer a los jóvenes a los clásicos”.
Si el espectador tiene un poco de temor de sentir demasiado, ya puede imaginar lo que pasa con el actor. “No voy a negarlo, en algún punto me replanteé si estuvo bien o no elegir este rol; como actor era demasiado tentador, es uno de los personajes más complicados en la historia del teatro. Pero llega en un momento en el que estoy saturado a nivel profesional, a nivel personal”, apunta. “Y cuando Hamlet dice: ‘He perdido toda alegría’, me conecto en cierta forma. Lo veo como un reto y una experiencia genial. No sé si la repita. Es muy desgastante”, se sincera.
Menéndez, desde su Ofelia, resalta lo efímero de la felicidad, que es una idea que la obra también aborda. “Estamos muy obsesionados con lo rápido, con las redes sociales”, dice refiriéndose al formato corto en que nos vamos acostumbrando a digerirlo todo. “Pero los clásicos no son obras que tú consumes en media hora o 45 minutos. Es sentarte a consumir una obra de 2 horas aproximadamente, a estar escuchando activamente lo que está sucediendo, no puede ser pasivo. Tienes que estar conectando, hilando fino; no solo ver lo que está pasando en escena, sino también reaccionar, ir descubriendo con los personajes”, señala.
Comenta que ha hecho sus indagaciones entre estudiantes de secundaria por si saben algo de Shakespeare: “Muy pocos saben algo o les importa el hecho de que no saben absolutamente nada”. Además, expone, estos contenidos han salido del programa de lectura escolar. “No los están dando, he preguntado. Puede ser que ciertos colegios sí estén hablando de ellos, pero hay una falencia de clásicos y creería que esta marquesina es muy importante”, puntualiza.
Hamlet estará en cartelera los días 12, 13, 14, 19, 20, 21, 22, 26 y 27 de noviembre en Estudio Paulsen (calle Numa Pompilio Llona 195, Las Peñas).
La obra apareció para ella también en un momento decisivo. “Aparte de actriz soy directora y estoy montando una obra y además soy directora audiovisual. No voy a usar a Ofelia como excusa, pero al ser ella tan obediente, yo he intentado ser todo lo contrario y romper las reglas que me he puesto en todos estos meses; he roto un poquito los límites para seguir manejando lo que tengo que hacer. De forma irónica, tanto cansancio me ha hecho aprender a descansar. Estoy tan ocupada, pero al mismo tiempo estoy consciente de mis tiempos. O me voy a dormir o no voy a aguantar el siguiente ensayo. Creo que no hay práctica en la que alguien no esté llorando o gritando, quedándose con la batería en cero”, manifiesta.
Castro, que también es actor, admite que Hamlet es un personaje que no interpretaría, en consideración a su paz mental: “La vida del artista es así, es la única profesión de la cual creo que tus padres te dicen: ‘Por Dios, no’, y tú necio ahí. En un universo ideal, quisiera que Guayaquil sea una ciudad donde puedas vivir tranquilamente del arte sin sobreexigirte”.
Recién estrenó una pieza de pop-up; está posproduciendo una serie web; está entregando la corrección de un libro y está traduciendo una obra al alemán.
Solórzano y Menéndez hablan de agendas similares, pero concluyen que no ocurre todo el tiempo, son momentos en los que todo parece confluir, y que el sacrificio bien vale la pena. “La primera obra que yo escribí y dirigí y me la aceptaron y la monté fue el 12 de noviembre de 2016 en pop-up”, rememora Castro. “Estrenar Hamlet 10 años después, en las mismas fechas, lo siento como un cierre de ciclo; no sé qué va a seguir, pero estoy interesado en saberlo”.
Un escrito de Shakespeare, por muy trágico que sea, no puede tener solo oscuridad. Aportan un respiro personajes clave, diálogos ligeros y unos cuantos recursos con los que el público se encontrará de entrada. Pero no daremos spoilers.
El actor Sebastián Acosta es Ricardo, amigo de Hamlet, y comparte con Majo Avilés (Marcela) los momentos cómicos. Fernando Gálvez es Polonio, la mano derecha del reino; el equipo lo describe como “irreverente y sin filtros”. Michelle Prendes es Gertrudis, Álex Altamirano es Claudio, José Miguel Flores es Laertes y Daniel Cueva es Horacio.
“Sobre todo, el ritmo nunca decae”, destaca el director. “Es un shot de adrenalina que te dura 2 horas”. (F)
Fuente: El universo