La impactante protesta de Norman Morrison frente al Pentágono

Una tarde de noviembre de 1965, la rutina en el Pentágono se quebró con una escena desgarradora. A pocos pasos de la ventana del despacho del entonces secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert McNamara, un hombre de 31 años se roció con combustible y se prendió fuego. Llevaba en brazos a su hija menor, Emily, de apenas once meses.

El protagonista era Norman Morrison, miembro de la Sociedad Religiosa de los Amigos –conocidos como cuáqueros–, pacifista convencido y padre de tres hijos. Había viajado desde Baltimore hasta la capital estadounidense para realizar una protesta extrema contra la guerra de Vietnam y, en especial, contra los bombardeos que estaban diezmando a la población civil.

Mientras varios testigos corrían para auxiliarlo, la pequeña Emily fue apartada de las llamas y resultó ilesa. Morrison, en cambio, sufrió quemaduras de gravedad y falleció poco después. La noticia recorrió el mundo y provocó una conmoción que llegó incluso hasta el propio McNamara, quien en ese momento era uno de los principales arquitectos de la política militar de Estados Unidos.

El caso de Norman Morrison en la tapa de un diario de Estados Unidos

Formado en la fe y el pacifismo

Norman Robert Morrison nació el 29 de diciembre de 1933 en Erie, Pensilvania. Desde pequeño mostró interés por la religión; su familia era presbiteriana. A los 13 años se mudó con su madre a Chautauqua, Nueva York, donde continuó profundizando sus inquietudes espirituales.

En 1956 se graduó en el College of Wooster, Ohio, con un título en religión y ciencias sociales. Luego ingresó en un seminario presbiteriano de Pittsburgh y completó parte de su formación en New College, de la Universidad de Edimburgo, Escocia. Allí, junto a Anne Welsh –primero su novia y luego su esposa–, comenzó a acercarse a la Sociedad Religiosa de los Amigos, los cuáqueros.

La decisión de unirse a esa comunidad fue clave. Los cuáqueros sostienen una tradición que valora la conciencia individual, la igualdad entre las personas y la búsqueda de la paz. Históricamente, muchos rechazaron la guerra y cualquier participación en actos que implicaran matar a otros. Para Morrison, el pacifismo no era una postura ocasional sino una convicción que atravesaba su vida cotidiana.

En 1959 se integró formalmente a la comunidad. Tres años después asumió como secretario ejecutivo de la reunión mensual de Stony Run, en Baltimore, vinculándose aún más con actividades religiosas y sociales. Allí organizaba encuentros y participaba en iniciativas para promover la paz y la justicia.

Con Anne formó una familia: tenían dos hijos mayores, Ben y Christina, y la pequeña Emily de once meses. Compartían su preocupación por la guerra y hallaron en el activismo pacifista una manera de llevar sus convicciones al espacio público. Rezaban, participaban en manifestaciones, escribían cartas a los diarios y a funcionarios, presionaban a los representantes políticos y hasta se negaban a pagar los impuestos federales que –entendían– contribuían a financiar la maquinaria bélica. Pero el conflicto en Vietnam avanzaba en dirección contraria a sus esfuerzos.

. Una de las armas que más indignación despertaba era el napalm, una sustancia incendiaria que, al adherirse a las superficies y al cuerpo humano, podía provocar quemaduras profundas y lesiones terribles

La guerra que lo llevó al límite

En 1965, Estados Unidos intensificó su intervención militar en Vietnam. El presidente Lyndon B. Johnson decidió ampliar la participación de las fuerzas estadounidenses, y en marzo de ese año comenzó la Operación Rolling Thunder, una campaña de bombardeos sistemáticos contra Vietnam del Norte. Al mismo tiempo, la presencia de tropas norteamericanas en el sur crecía aceleradamente.

La guerra no solo se libraba en los campos de batalla. Los ataques aéreos y el uso de armas incendiarias provocaban un sufrimiento devastador entre la población. Una de las armas que más indignación despertaba era el napalm, una sustancia que al adherirse al cuerpo humano causaba quemaduras profundas y lesiones terribles. El 9 de marzo de 1965, Johnson autorizó su utilización dentro de la campaña aérea contra el norte.

Morrison seguía con angustia las noticias del sudeste asiático. No podía conciliar sus convicciones religiosas con las imágenes de aldeas destruidas, familias desplazadas y niños alcanzados por los ataques. Amigos cercanos sabían que estaba cada vez más perturbado. Incluso había mencionado antes la posibilidad de realizar un acto extremo para llamar la atención sobre la guerra, aunque en aquellas ocasiones lograron disuadirlo.

El antecedente de los monjes budistas vietnamitas que se habían inmolado para protestar contra la represión política también formaba parte de aquel clima. En marzo, la activista pacifista cuáquera Alice Herz realizó una protesta semejante en Detroit. Morrison conocía esos episodios y reflexionó sobre el significado de una acción que buscaba convertir el sufrimiento individual en denuncia pública.

Sin embargo, el detonante más inmediato llegó el día anterior a su muerte. El 1 de noviembre, el boletín I. F. Stone’s Weekly, una publicación independiente, difundió el testimonio de un sacerdote francés que sobrevivió a un bombardeo en Vietnam. El religioso, identificado como el padre Currien, relataba la destrucción de una aldea y la muerte de sus habitantes. Hablaba de personas alcanzadas por el napalm, cuerpos destrozados y heridos a los que tuvo que abandonar por no poder rescatarlos a todos.

El relato era desgarrador. Para Morrison, aquellas palabras representaban la dimensión humana de una guerra que en Washington se discutía en términos de estrategia y equilibrio geopolítico. A la mañana siguiente, él y Anne leyeron juntos el artículo. Durante el almuerzo, mientras conversaban sobre lo que podían hacer para detener aquella violencia, Norman le planteó una duda que quedaría grabada en la memoria de su esposa: “¿Qué podemos hacer que no hayamos hecho ya?” Morrison dejó entrever que algo lo inquietaba. Le preguntó a Anne qué haría si a él le sucedía algo. Ella no imaginó que estaba despidiéndose.

Recién en 1995, al publicar sus memorias, In Retrospect: The Tragedy and Lessons of Vietnam, McNamara reconoció que la muerte de Morrison lo afectó profundamente

El Pentágono convertido en tragedia

El 2 de noviembre, Morrison no fue a trabajar. Cuando Anne salió para buscar a los dos hijos mayores a la escuela, él tomó a la pequeña Emily y emprendió el viaje hacia Washington en un automóvil prestado, llegando al Pentágono. Eran aproximadamente las cinco de la tarde.

Allí realizó su protesta: se roció con queroseno y se prendió fuego. Los empleados que abandonaban el edificio contemplaron horrorizados la escena. Algunos corrieron hacia él; otros intentaron apagarlo con abrigos y otras prendas. Militares intervinieron para controlar las llamas y apartar a la niña, que tenía el vestido impregnado de queroseno, pero estaba ilesa.

Morrison fue trasladado a la enfermería militar de Fort Myer. Su estado era desesperante: había sufrido quemaduras en gran parte del cuerpo. Murió poco después, antes de que pudiera ser trasladado a otro centro asistencial. Tenía 31 años. Anne pidió a unos amigos que cuidaran a los dos hijos mayores y viajó a Washington. En el hospital recibió a Emily y las pertenencias de su esposo: la billetera, el peine, el anillo de casamiento y un saco de lana gruesa que compró durante un viaje a Escocia.

Su muerte se convirtió rápidamente en noticia internacional. Para algunos fue un acto incomprensible, una decisión desesperada que no podía justificarse. Otros lo consideraron un gesto de sacrificio extremo en defensa de las víctimas de una guerra que parecía no tener freno. También aparecieron quienes intentaron explicar lo ocurrido como consecuencia de un desequilibrio mental, una interpretación que Anne rechazó con firmeza.

La propia comunidad cuáquera quedó atravesada por el dilema. Su tradición defendía la vida y la no violencia, y muchos integrantes compartían las críticas de Morrison a la guerra. Pero eso no significaba que todos aprobaran el suicidio como forma de protesta. La pregunta sobre si una muerte podía ser una expresión legítima del pacifismo quedó abierta.

Norman Morrison dejó una carta para su esposa 
Anne

La carta póstuma

Al día siguiente, Anne recibió una carta que Norman había enviado durante el trayecto hacia Washington. Estaba escrita de su puño y letra y comenzaba con un pedido:

“Querida Anne, por favor, no me condenes…”

En el mensaje le decía que llevaba semanas, incluso meses, rezando y pidiendo qué hacer. Aseguraba que esa mañana recibió una respuesta y entonces actuó por los niños del pueblo. También le expresaba su amor y le pedía que intentara comprenderlo.

Ese mensaje no alivió el dolor de Anne. Tampoco podía explicarse por qué su marido tomó una decisión que la dejaba sola con tres hijos pequeños. Al día siguiente tuvo que comunicarles a Ben y Christina que su padre había muerto. Les explicó que lo hizo porque había niños que sufrían en un país lejano y quería detener la guerra que les provocaba tanto dolor.

La tragedia también tuvo consecuencias que se prolongaron durante décadas. Ben, el hijo mayor, enfermó de cáncer y murió a los 16 años, una pérdida que volvió a devastar a Anne y a sus hermanas. Christina, por su parte, recordaría durante toda su vida la ausencia del padre y la dificultad de comprender por qué había puesto la suerte de personas desconocidas por encima de la de su propia familia.

Emily, la bebé que estuvo junto a él en el Pentágono, creció con una historia que la acompañó desde antes de poder recordarla. Años después, en una entrevista con The Washington Post, habló de las preguntas que la persiguieron y de la dificultad de entender qué significó para su padre llevarla consigo aquel día.

Emily, la bebé que estuvo junto a él en el Pentágono, creció con una historia que la acompañó desde antes de poder recordarla (Charles Tasnadi/AP)

La huella que dejó

La protesta de Morrison tuvo un impacto particular en Robert McNamara. El secretario de Defensa estaba en el Pentágono y el lugar elegido se encontraba a pocos metros de su oficina. El episodio lo horrorizó. Sin embargo, durante años evitó hablar públicamente de lo que sintió.

Recién en 1995, al publicar sus memorias In Retrospect: The Tragedy and Lessons of Vietnam, reconoció que la muerte de Morrison lo afectó profundamente. Admitió que había reaccionado con horror y que guardó sus emociones, sin hablar del tema ni siquiera con su propia familia. También reconoció que compartía algunas de las preocupaciones del pacifista respecto de la guerra.

En Vietnam, en cambio, su nombre adquirió una dimensión simbólica mayor. Las autoridades de Vietnam del Norte lo homenajearon con una estampilla con su retrato y bautizaron una calle de Hanoi con su apellido, adaptado a la pronunciación vietnamita: Mo Ri Xon. Poetas escribieron sobre él y su historia llegó a las escuelas. La viuda recibió condolencias del presidente Ho Chi Minh y una invitación para visitar el país.

Anne tardó décadas en aceptar. En 1999 viajó finalmente a Vietnam junto con sus hijas Christina y Emily. Allí descubrió hasta qué punto la historia de su marido quedó grabada en la memoria de quienes padecieron la guerra. Algunas personas habían sido niños y recordaban aprender poemas dedicados a Morrison. Durante aquella visita, la familia recibió también el reconocimiento del entonces primer ministro vietnamita, Pham Van Dong. Para los habitantes de ese país, el hombre que murió frente al Pentágono expresó una solidaridad que trascendía las fronteras y las diferencias políticas.

Ella no volvió de aquel viaje con una respuesta sencilla sobre la decisión de su esposo. En su libro de memorias Held in the Light, habló de la angustia, la culpa, la tristeza y también del enojo que tardó tantos años en permitirse sentir.

Fuente: Infobae

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