El sangriento fin de Park: su jefe de espías lo asesinó en una cena privada

Durante casi dos décadas, Corea del Sur estuvo bajo el control férreo de un dictador. Una noche, ese hombre no estaba en su palacio ni frente a una multitud: compartía una cena íntima en una residencia secreta de los servicios de inteligencia. A su alrededor, algunos de sus colaboradores más cercanos, entre ellos Kim Jae-gyu, director de la Agencia Central de Inteligencia de Corea (KCIA), uno de los pilares que lo mantenían en el poder.

Lo que comenzó como una comida privada terminó en un baño de sangre. Kim sacó una pistola y disparó contra el presidente Park Chung-hee. También acabó con la vida del jefe de su guardia personal. En cuestión de minutos, aquella noche del 26 de octubre de 1979, el régimen que parecía inquebrantable quedó sin cabeza.

Park tenía 61 años. Había llegado al poder mediante un golpe militar en 1961 y transformó a Corea del Sur en una potencia industrial. Sin embargo, ese crecimiento iba de la mano de un sistema autoritario que perseguía opositores, censuraba la prensa, encarcelaba a manifestantes y torturaba a quienes desafiaban al gobierno.

El país vivía tensiones internas y protestas. La violencia de esa noche no vino de un enemigo externo: el hombre que disparó era parte del núcleo del poder.

Park había gobernado desde 1961, cuando llegó al poder mediante un golpe militar, y convirtió a Corea del Sur en una potencia industrial emergente

La muerte de Park cerró una etapa clave en la historia surcoreana, pero no resolvió el conflicto que la provocó. Kim Jae-gyu afirmó que actuó para terminar con la dictadura y abrir paso a la democracia. Otras versiones e investigaciones apuntan a rivalidades personales, disputas por la influencia sobre el presidente y el miedo a perder su propio cargo.

Nunca hubo una explicación que disipara todas las dudas. Lo que quedó claro es que, cuando el encargado de vigilar a los enemigos del régimen se volvió contra su jefe, el sistema construido por Park comenzó a desmoronarse.

La cena que terminó en tragedia

El encuentro se realizó en una residencia de seguridad de la KCIA en el distrito de Gungjeong-dong, en Seúl, usada para reuniones reservadas. Allí el presidente podía alejarse del protocolo y charlar con funcionarios de confianza. Estaban presentes Park; Kim Jae-gyu; Cha Ji-cheol, jefe de la guardia presidencial; y Kim Kye-won, secretario principal del presidente. También asistían la cantante Shim Soo-bong y la modelo Shin Jae-sun.

El ambiente político era tenso. Las protestas contra el gobierno se habían intensificado, sobre todo tras la expulsión del dirigente opositor Kim Young-sam de la Asamblea Nacional. En Busan y Masan, las manifestaciones dejaron al descubierto el desgaste de la autoridad presidencial. Park exigía firmeza; pero en su entorno existían desacuerdos sobre cómo responder a la oposición y la agitación social.

Cha Ji-cheol, responsable de la seguridad presidencial, defendía una línea dura y había ganado influencia sobre Park. Kim Jae-gyu, jefe de la KCIA, mantenía con él una relación cada vez más conflictiva. Ambos competían por el acceso al presidente y por influir en sus decisiones. Esa rivalidad no era un detalle menor: en un sistema concentrado en una sola persona, controlar el oído del mandatario significaba manejar una parte sustancial del poder.

La muerte de Park puso fin a una etapa decisiva de la historia surcoreana, pero no resolvió el conflicto que la provocó

Según la reconstrucción de los hechos, durante la cena se produjo una discusión. Kim se retiró brevemente y regresó armado. Primero disparó contra Cha; luego contra Park. El presidente recibió varios impactos y quedó gravemente herido. En el enfrentamiento que siguió, colaboradores de Kim atacaron a integrantes de la guardia presidencial. El saldo fue de seis muertos, entre ellos Park y Cha, además de varios miembros del equipo de seguridad.

En las primeras horas hubo confusión sobre las circunstancias del fallecimiento. La información oficial inicial fue corregida a medida que avanzó la investigación. Corea del Sur quedó bajo la ley marcial y el gobierno debió afrontar una emergencia política de enorme magnitud. El primer ministro Choi Kyu-hah asumió como presidente interino, mientras las fuerzas armadas y los servicios de seguridad buscaban controlar la situación.

Del golpe a la presidencia

Park Chung-hee nació el 14 de noviembre de 1917 en una familia modesta de Sangmo-ri, provincia de Gyeongsang del Norte, cuando Corea estaba bajo dominio colonial japonés. Estudió para ser maestro, pero luego ingresó en una academia militar bajo la administración japonesa. Más tarde se formó en instituciones militares y desarrolló una carrera que lo llevó al centro de la política surcoreana.

Tras la derrota de Japón en 1945, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Corea quedó dividida en dos zonas de ocupación que dieron origen a dos Estados separados: Corea del Norte, bajo un régimen comunista, y Corea del Sur, respaldada por Estados Unidos. La guerra de Corea (1950-1953) dejó millones de muertos, ciudades devastadas y una península partida por una frontera militarizada. En el sur, la reconstrucción estuvo acompañada por inestabilidad política, pobreza y una profunda dependencia de la ayuda extranjera.

Park ascendió dentro de las fuerzas armadas durante esos años turbulentos. El 16 de mayo de 1961 encabezó un golpe militar que derrocó al gobierno de la Segunda República. La junta prometió combatir la corrupción, restaurar el orden y reconstruir la economía. Sin embargo, la intervención militar no fue transitoria: Park consolidó su autoridad y, en 1963, llegó formalmente a la presidencia tras una elección.

Park ascendió dentro de las fuerzas armadas durante esos años turbulentos. El 16 de mayo de 1961 encabezó un golpe militar que derrocó al gobierno de la Segunda República

Su gobierno se apoyó en el argumento de que Corea del Sur necesitaba estabilidad y disciplina para desarrollarse y enfrentar la amenaza del Norte. En ese marco, impulsó una política económica orientada a la industrialización, las exportaciones y la expansión de grandes conglomerados empresariales, conocidos como chaebol. El Estado dirigió inversiones, favoreció sectores estratégicos y coordinó planes de desarrollo que transformaron la estructura productiva del país.

Los resultados económicos fueron profundos. Corea del Sur pasó de ser una sociedad mayoritariamente rural y empobrecida a convertirse en una economía industrial en rápida expansión. La construcción de infraestructura, el crecimiento manufacturero y la aparición de empresas con proyección internacional alimentaron la imagen de Park como arquitecto del llamado “milagro del río Han”.

Pero el costo político fue considerable. La industrialización no significó una distribución equitativa de sus beneficios ni una apertura democrática. Los sindicatos, estudiantes, periodistas y dirigentes opositores chocaban con un Estado que subordinaba las libertades individuales a sus objetivos de seguridad y desarrollo. La policía y los servicios de inteligencia vigilaban a los adversarios del gobierno, mientras las detenciones arbitrarias y los malos tratos se convertían en herramientas de control.

En 1972, Park dio un paso decisivo para asegurar su permanencia en el cargo. Declaró la ley marcial, disolvió la Asamblea Nacional y promovió una nueva Constitución. Desde entonces, el presidente dejó de ser elegido mediante voto popular directo. La elección quedó en manos de una conferencia nacional de electores, un mecanismo que, bajo las condiciones impuestas por el régimen, permitió a Park mantener el control.

La KCIA ocupaba un lugar central en esa estructura. Creada para combatir amenazas contra el Estado y obtener información estratégica, se convirtió también en un instrumento de vigilancia política. Sus agentes investigaban a opositores, controlaban redes de disidencia y participaban en operaciones destinadas a debilitar a quienes podían desafiar al presidente.

En 1972, Park dio un paso decisivo para asegurar su permanencia en el cargo. Declaró la ley marcial, disolvió la Asamblea Nacional y promovió una nueva Constitución

En los años finales de su mandato, el desgaste del régimen se hizo más evidente. Los sectores opositores denunciaban la represión y exigían elecciones libres. Las tensiones económicas y sociales también se sumaban al descontento. En octubre de 1979, la expulsión de Kim Young-sam del Parlamento provocó una fuerte reacción, y las protestas de Busan y Masan pusieron en evidencia que el gobierno ya no podía garantizar obediencia sin recurrir a una coerción cada vez mayor. Park respondió con amenazas de una represión severa.

La caída del presidente no trajo la democracia

Kim Jae-gyu fue juzgado por el asesinato y condenado a muerte. El 24 de mayo de 1980 terminó ejecutado en la horca. Su final no cerró la controversia sobre sus motivaciones. La versión oficial lo presentó como un criminal que actuó por ambición y resentimiento. Quienes reivindicaron su gesto lo consideraron un hombre que contribuyó a terminar con una dictadura. La distancia entre ambas lecturas continúa formando parte de la memoria política surcoreana.

Mientras tanto, la muerte de Park abrió un vacío de poder. Choi Kyu-hah asumió la presidencia interina y prometió avanzar hacia una reforma institucional. La desaparición del mandatario permitió levantar algunas restricciones y generó expectativas entre los sectores que exigían elecciones más libres. Pero la estructura militar y de seguridad que había sostenido al antiguo presidente seguía en pie.

En ese escenario emergió el general Chun Doo-hwan, jefe del aparato de seguridad militar y figura central de una nueva generación de oficiales. El 12 de diciembre de 1979, apenas unas semanas después del magnicidio, un grupo de militares encabezado por Chun se rebeló contra sus superiores y tomó el control de posiciones estratégicas en Seúl. El golpe interno alteró el equilibrio de poder y debilitó al gobierno civil.

Las tumbas de Park Chung-hee y su esposa en Corea del Sur

La crisis desembocó en una nueva etapa represiva. En mayo de 1980, Chun amplió la ley marcial, restringió la actividad política y ordenó detener a dirigentes opositores, entre ellos Kim Dae-jung. Las protestas que estallaron en Gwangju fueron reprimidas por las fuerzas militares, en una operación que dejó cientos de muertos y desaparecidos, según los registros y estimaciones posteriores. La tragedia se convirtió en uno de los episodios más dolorosos de la lucha por la democracia en Corea del Sur.

Chun asumió la presidencia en septiembre de 1980. La muerte de Park, por lo tanto, no había terminado con el autoritarismo: dio paso a una nueva forma de gobierno militar. La apertura democrática demoraría todavía varios años y llegaría después de nuevas movilizaciones populares, especialmente las protestas masivas de junio de 1987, que obligaron al régimen a aceptar una reforma constitucional y elecciones presidenciales directas.

Park Chung-hee dejó una herencia contradictoria. Su gobierno aceleró la industrialización y contribuyó a transformar a Corea del Sur en una potencia económica. Pero ese proceso se desarrolló bajo un régimen que redujo las libertades, limitó la competencia política y utilizó la vigilancia, la prisión y la tortura para contener a sus adversarios. La modernización material convivió con la represión, y ninguna de las dos puede ser eliminada de una evaluación histórica de su presidencia.

Kim Jae-gyu, el asesino, no fue un opositor que llegó desde afuera para derribar el sistema, sino uno de los hombres encargados de protegerlo. La relación entre ambos reveló la fragilidad de un régimen que dependía de la lealtad personal y de una estructura de poder concentrada. Cuando las tensiones se volvieron insoportables, la proximidad al presidente no lo protegió; convirtió a su círculo íntimo en el escenario de la ruptura.

Aquella noche fatal, el hombre que concentró el poder durante casi 18 años murió a manos de alguien que conocía todos los secretos de su régimen. Pero los disparos no alcanzaron para liberar a Corea del Sur de la dictadura. Para eso harían falta años de resistencia, nuevas víctimas y una sociedad dispuesta a reclamar el derecho que Park restringió: elegir a sus gobernantes sin que los militares decidieran por ella. La batalla por la democracia apenas comenzaba.

Fuente: Infobae

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