La noche del 23 de octubre de 2002, un comando checheno irrumpió en el Teatro Dubrovka de Moscú. “¡Esto es un asalto! ¡Somos chechenos! ¡Esto es la guerra!”, gritó el líder mientras disparaba al techo. 39 hombres y mujeres armados con pistolas Makarov y rifles Kalashnikov, con granadas en los cinturones, tomaron el control.
Más de 800 personas habían pagado el equivalente a 15 dólares por la entrada del musical Nord-ost. En total, 916 personas estaban en el teatro, entre actores, técnicos y público.
Movsar Barayev, sobrino del comandante checheno Arbi Barayev, lideraba el grupo, que incluía a 21 hombres y 19 mujeres, la mayoría entre 21 y 23 años. Las mujeres eran “viudas negras”, esposas de combatientes muertos por las tropas rusas.
Los chechenos anunciaron que matarían a los rehenes si las tropas rusas no abandonaban Chechenia. Alrededor de 850 rehenes quedaron cautivos.

La Chechenia ocupada
Cuando el comando tomó el teatro, la segunda guerra de Chechenia llevaba tres años. Vladimir Putin había instalado un gobierno pro-Kremlin en Grozni. Los rebeldes chechenos habían pasado del independentismo al islamismo wahabista.
El señor de la guerra Shamil Basáyev representaba esta tendencia, mientras que el presidente electo de la autoproclamada República de Ichkeria, Aslán Masjádov, buscaba negociar con Moscú, aunque con poca autoridad.
La ofensiva rusa atacó con misiles las ciudades, tomó Grozni en febrero de 2000 y obligó a los rebeldes a retirarse a las montañas, desde donde iniciaron una guerra de guerrillas y atentados.

Ningún ataque anterior había tenido la envergadura ni las sangrientas consecuencias de la toma del Teatro Dubrovka.
La ecuación del 10 x 1
El comando permitió que los rehenes llamaran a sus familiares. Así las fuerzas de seguridad supieron que tenían granadas, minas y explosivos atados a sus cuerpos y que usaban nombres árabes.
Las unidades policiales, el FSB y la policía antidisturbios rodearon el teatro. Los secuestradores liberaron alrededor de 150 personas (niños, mujeres embarazadas, musulmanes, extranjeros y enfermos) con un mensaje: matarían a diez rehenes por cada checheno muerto si intentaban recuperar el teatro.
El teniente coronel Konstantin Vassilev intentó negociar, pero fue asesinado a tiros. Olga Romanova, de 26 años, logró filtrarse al teatro, instó a los rehenes a rebelarse y también fue abatida.
Una negociación imposible
El gobierno ruso no podía retirar las tropas de Chechenia como exigían los secuestradores. “La retirada de tropas era poco realista en el corto período”, dijo el asesor Sergei Yastrzhembsky. Los chechenos pidieron detener la guerra y que Putin diera un mensaje público. El gobierno ofreció libertad a los secuestradores a cambio de rendición.
Durante dos días hubo negociaciones sin resultado. Mijaíl Gorbachov se ofreció a mediar. Los secuestradores liberaron rehenes con cuentagotas y pidieron personal de Cruz Roja y Médicos sin Fronteras.
La tensión aumentó cuando una tubería de agua caliente se rompió e inundó la planta baja. Los secuestradores lo vieron como provocación, pero era parte del plan de rescate: las fuerzas de seguridad estaban haciendo agujeros en las paredes para inyectar gas.
El asalto y el gas secreto
A las 5:10 am del 26 de octubre, los rusos inyectaron un gas narcótico a través de los accesos. Veinte minutos después, las fuerzas especiales Alpha y Vimpel irrumpieron con máscaras, lanzando granadas de gas y disparando a los secuestradores que no habían caído.
Según testigos, las fuerzas especiales ejecutaron disparando a la cabeza a los miembros del comando dormidos. Luego sacaron a los rehenes inconscientes y los apilaron en el hall para ser trasladados a hospitales.
El primer balance oficial reportó 40 secuestradores muertos, 67 rehenes asesinados y más de 750 personas liberadas, sin mencionar el gas. La versión oficial fue que los secuestradores dispararon contra rehenes que intentaban escapar.

La rehén Anna Andrianova, corresponsal de Moskovskaya Pravda, llamó a la radio Echo of Moscow y dijo en vivo: “Están tirando gas. Así no va a salir nadie vivo, ni nosotros ni los chechenos. ¡Nuestro gobierno no quiere que salga nadie vivo de acá!”
En los hospitales, muchos rehenes empezaron a agonizar y murieron de insuficiencia respiratoria. En total, 130 rehenes fallecieron por los efectos del gas narcótico. Los médicos pidieron el antídoto, pero las autoridades dijeron que el gas era un secreto militar y no revelaron su composición.
En 2012, un laboratorio británico identificó los anestésicos carfentanil y remifentanil en el gas, sin poder determinar proporciones. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a Rusia por mala planificación y otorgó 1,3 millones de euros a sobrevivientes y familiares. Putin afirmó que los rehenes murieron por enfermedades crónicas, no por el gas. La composición del gas sigue siendo desconocida.
Tras la crisis, el Teatro Dubrovka fue reinaugurado como el Palacio de la Cultura, un complejo estatal con capacidad para 1.000 espectadores, donde se realizan ciclos de música, obras teatrales y ferias temáticas.
Fuente: Infobae