Maurizio Cattelan: ‘No creo que una obra deba enseñarte algo’

El multifacético artista italiano Maurizio Cattelan —célebre por piezas como la banana adherida con cinta adhesiva— pisa nuevamente las calles de Buenos Aires. Su objetivo: ultimar los detalles de su primera exposición individual en Sudamérica, que acogerá la Fundacion Proa en el barrio de La Boca. La institución cumplirá 30 años en 2027.

Buena parte de su tiempo lo pasa en el espacio de Proa, donde trabaja codo a codo con arquitectos y el equipo de montaje. La muestra no será una retrospectiva, sino un diálogo con el emblemático barrio porteño, con intervenciones que se extenderán al exterior del edificio para que el recorrido comience antes de ingresar.

Esta es la segunda visita del polémico creador. Ya había participado en Art Basel Cities: Buenos Aires 2018, cuando lideró Eternity, un cementerio colectivo para personas vivas —amigos, enemigos o personajes ficticios— instalado en la Plaza Sicilia de Palermo.

Pero no todo fue trabajo. Cattelan aprovechó su tiempo libre para recorrer barrios, asistir a la ópera en el Teatro Colón, navegar por el Riachuelo y, como cualquier turista, retratarse bailando tango en La Boca. Además, respondió vía correo electrónico a diversos medios.

Obras icónicas como Novecento (1997), un caballo taxidermizado suspendido en el aire; La Nona Ora (1999), que muestra al papa Juan Pablo II derribado por un meteorito; Him (2001), una figura infantil que al girarla revela el rostro de Adolf Hitler; Frank and Jamie (2002), dos esculturas de policías neoyorquinos boca abajo en memoria del 11 de septiembre; America (2016), un inodoro de oro macizo de 18 quilates; y la célebre Comedian (2019), la banana pegada a la pared, forman parte de su legado.

En diálogo con los periodistas, Cattelan fue tajante: “No creo que una obra deba enseñarte algo ni convertirte en una mejor persona. Me interesa cuando una imagen entra en tu cabeza sin pedir permiso y sigue regresando, incluso cuando preferirías pensar en otra cosa”.

También reflexionó sobre la relación entre arte y humor, señalando que “el chiste baja la guardia” y ayuda a que el público se enfrente a sí mismo. El italiano, que nunca asistió a una escuela de arte ni tuvo un profesor, evitó dar consejos académicos y consideró que la formación puede ser útil solo cuando el creador ya tiene un rumbo propio. “No creo que una institución pueda producir a un artista desde cero”, afirmó.

Cattelan presentará una muestra en Fundación Proa, en el marco de los 30 años de el espacio de La Boca

A continuación, las respuestas del artista a las preguntas de los medios:

—En una entrevista declaraste que “el arte no limpia, ensucia”. ¿Qué debería quedarle al espectador después de enfrentarse a una obra?

— Una mancha, preferiblemente difícil de quitar. No creo que una obra deba enseñarte algo ni convertirte en una mejor persona. Me interesa cuando una imagen entra en tu cabeza sin pedir permiso y sigue regresando, incluso cuando preferirías pensar en otra cosa.

A veces ocurre con obras que no te gustan en absoluto. Te parecen equivocadas, molestas, incluso estúpidas. Después, años más tarde, siguen ahí, mientras que de muchas otras que habías admirado casi no recuerdas nada.

—Tu enfoque satírico es innegable. ¿Por qué crees que el humor es tan importante y, al mismo tiempo, por qué piensas que escasea tanto en la producción de la mayoría de los artistas?

— No estoy seguro de que los artistas tengan poco sentido del humor. Quizá tienen demasiado poco sentido del humor respecto de sí mismos.

El mundo del arte te alienta a cuestionarlo todo, salvo, a veces, tu propia importancia. Puedes atacar la religión, la política, el capitalismo, pero si alguien se ríe de tu obra, de pronto se convierte en un asunto muy serio.

Para mí, el humor acorta distancias. Un chiste baja la guardia y luego quizá adviertes que aquello de lo que te estabas riendo también tiene que ver contigo. Los mejores chistes tienen cierta crueldad y a menudo tampoco perdonan a quien los hizo.

—¿Qué papel le atribuyes a la creación de cierto silencio incómodo en algunas obras? ¿Es una búsqueda intencional o simplemente sucede?

— Por lo general no pienso en el silencio, pienso en la situación. Puedes decidir las dimensiones de una obra, su ubicación, lo primero que verá el espectador. Pero no puedes decidir qué sentirá.

Me interesa el momento en que las instrucciones habituales dejan de funcionar. No sabes si reír, indignarte, acercarte o irte. Y durante unos segundos no haces nada.

“Eternity” en Art Basel Buenos Aires en 2018

—Hace varios años participaste en Art Basel Buenos Aires con “Eternity”, un cementerio de epitafios hipotéticos. ¿Qué fecha y qué epitafio elegirías para el arte contemporáneo?

— Pondría la fecha de mañana. Así habría que cambiarla todos los días.

Y como epitafio: THE MARKET LOVES A GOOD FUNERAL.

Al mercado le encanta un buen funeral.

—¿Por qué te interesa mantener la tensión entre la atracción y el rechazo?

— No nos atraen solo las cosas que aprobamos. De hecho, a veces ocurre exactamente lo contrario. Me interesa ese momento en el que te sorprende tu propia reacción. Cuando algo te fascina y, al mismo tiempo, quisieras tomar distancia de ello.

Creo que pasamos buena parte de la vida intentando volver coherentes sentimientos que no lo son. Una obra no tiene por qué ayudarnos necesariamente en esa tarea.

—No tuviste una formación artística formal. ¿Crees que la formación puede apagar el espíritu creativo?

— Nunca estuve en una escuela de arte ni tuve un profesor de arte. Por eso desconfiaría de mí mismo si empezara a dar consejos sobre el tema.

Imagino que puede ser un entorno extraordinario para quien ya tiene una dirección propia. Conocer a otros artistas, intercambiar ideas, encontrar a un buen docente: todo eso puede acelerar enormemente un proceso.

Pero no creo que una escuela pueda producir a un artista de la nada. Puede ofrecerte herramientas y conocimientos, no la necesidad de usarlos.

Yo aprendí intentando resolver problemas que a menudo había creado yo mismo. No significa que fuera la mejor manera. Simplemente era la mía.

—¿De qué crees que habla Comedian? ¿De la relación entre lo efímero y lo que perdura? ¿Es una reflexión sobre el mercado del arte?

— Una de las cosas más sorprendentes de COMEDIAN es la escasa cantidad de material que hizo falta para producir una cantidad tan grande de interpretaciones.

Al principio había una banana, cinta adhesiva y una pared. Luego llegaron las fotografías, las discusiones, las acusaciones, las subastas. En algún momento, el objeto se volvió casi secundario frente a todo lo que ocurría a su alrededor.

No creo que sea simplemente una crítica al mercado. Sería demasiado cómodo, sobre todo para una obra que vive muy bien dentro de ese mercado.

Una obra puede cuestionar un sistema y, al mismo tiempo, beneficiarse de él. No hace falta fingir que una de esas dos cosas no existe.

—¿Cuál es tu límite personal a la hora de situar una obra en la frontera entre la provocación y el marketing?

— Hay ideas que parecen extraordinarias durante unas horas. Te hacen reír, prometen un escándalo, ya imaginas los titulares de los periódicos. Al día siguiente, dejan de interesarte.

Hemos abandonado unas cuantas. Con el tiempo aprendes a distinguir una idea que solo produce una reacción de otra que plantea cuestiones más profundas, incluso morales. El marketing busca atención. El arte puede utilizarla, pero no debería agotarse ahí.

La escultura

—¿Dónde sitúas la autoría de una obra cuando intervienen artesanos, técnicos y especialistas? ¿Existe diferencia respecto del uso de la inteligencia artificial?

— Siempre he trabajado con personas que saben hacer cosas que yo no sé hacer. Artesanos, técnicos, especialistas que a menudo encuentran soluciones que yo no había imaginado. Su contribución es fundamental.

Pero la autoría no se refiere solo a la producción material. Durante años, Massimiliano Gioni escribió y habló en mi lugar, respondió entrevistas y dio conferencias. Algunas veces fue literalmente Maurizio Cattelan.

La inteligencia artificial nos permite hoy hacer en pocos minutos pruebas que antes requerían días. Cambiar materiales, proporciones, contextos, descartar rápidamente las ideas menos convincentes.

En el plano creativo, en cambio, hasta ahora no nos ha aportado demasiado. Es un asistente muy eficiente, pero su mayor ventaja es que podemos advertir mucho antes cuándo una idea es equivocada.

—Para terminar, ¿crees que el arte tiene una función en la sociedad? Y si es así, ¿cuál?

— El arte tiene muchas funciones, no todas nobles. Puede ser una herramienta de poder, una inversión, un símbolo de prestigio. Pero también puede producir ideas que nadie había pedido.

No creo que necesariamente haga mejores a las personas. La historia del arte está llena de obras maestras y la historia de la humanidad no se ha vuelto mucho más tranquilizadora.

Tal vez su valor también esté en que podemos seguir haciéndolo sin conseguir demostrar exactamente para qué sirve.

Fuente: Infobae

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