Cuando el transatlántico que transportaba a Albert Einstein atracó en el puerto de Nueva York aquel 17 de octubre de 1933, el científico desembarcó con una fama que pocos podían igualar. No era un inmigrante corriente; llevaba consigo una historia de genio y una certeza amarga: la Alemania que lo había visto nacer ya no era segura para él. A los 54 años, judío, defensor de la libertad de pensamiento, se había vuelto un estorbo para los nacionalistas que querían someter la ciencia a la ideología racial del nazismo. Su marcha de Europa no era por mejor trabajo; era una ruptura con un país que destruía las libertades que habían construido su carrera.
Todo empezó meses antes, cuando Adolf Hitler asumió como canciller alemán el 30 de enero de 1933. En poco, el nuevo gobierno transformó el Estado. La persecución se extendió contra socialistas, comunistas y opositores; los judíos sufrieron una exclusión sistemática de la vida económica, cultural y académica. La violencia callejera, las amenazas y la propaganda antisemita se volvieron instrumentos de un régimen que quería reorganizar la sociedad según sus prejuicios raciales.

Einstein estaba fuera de Alemania cuando Hitler llegó al poder. Había viajado a Estados Unidos y estaba en California cuando recibió noticias que lo convencieron de no volver. En lugar de regresar, se instaló en Europa occidental y rompió sus vínculos institucionales con su patria. Su puesto era claro: no aceptaría que el Estado alemán le impusiera silencio ni que su condición de judío fuera razón de exclusión. Renunció a la Academia Prusiana de Ciencias y se distanció de las instituciones alemanas. La decisión abandonó no solo una nacionalidad, sino una parte de su identidad intelectual.
La persecución contra él tenía una dimensión particular. Einstein era demasiado conocido e independiente para que el régimen lo ignorara. Su prestigio internacional, que había sido orgullo nacional, se volvió un problema para los propagandistas nazis. La amenaza excedía disputas académicas. Einstein recibió advertencias sobre su seguridad y su nombre apareció en publicaciones hostiles al régimen. Su vivienda y sus bienes quedaron expuestos a las consecuencias de la persecución. La posibilidad de regresar al Alemania se volvía más remota, mientras el país hacia una dictadura que desencadenaría una guerra mundial y un genocidio.

Princeton, el refugio elegido
La oportunidad llegó gracias a Abraham Flexner, el educador estadounidense que impulsaba el Institute for Advanced Study, una institución dedicada a investigación de alto nivel, sin las obligaciones docentes usuales. Flexner quería reunir a científicos y pensadores capaces de desarrollar trabajos con independencia. Einstein aceptó incorporarse antes de que el exilio se volviera definitivo. La oferta le permitía continuar investigaciones en un ambiente que valoraba la libertad académica. En 1933, aquel puesto adquirió un significado profundo: era una salida concreta frente al avance del nazismo.
Junto a su esposa, Elsa, llegaron a Nueva York a bordo del transatlántico Westmoreland. También viajaban con ellos su secretaria personal, Helen Dukas, y su colaborador Walther Mayer. La llegada despertó enorme expectativa. No era extraño: el hombre que desembarcaba era una celebridad mundial, una figura cuya imagen —el cabello revuelto, el bigote y una expresión entre distraída y desafiante— ya formaba parte de la cultura popular. Su destino era Princeton, en Nueva Jersey. Allí, el Instituto de Estudios Avanzados le ofrecía un puesto entre sus primeros profesores, aunque la institución todavía no contaba con un edificio propio. Durante los primeros días, el matrimonio se alojó en una posada local mientras Elsa buscaba una vivienda. Después se instaló en una casa y, en 1935, se mudó a 112 Mercer Street, que se convertiría en el hogar definitivo del científico.
Albert Einstein había nacido el 14 de marzo de 1879 en Ulm, en el Imperio alemán. Creció en una familia judía y desde joven mostró curiosidad persistante por los fenómenos físicos y matemáticos. En 1905, mientras trabajaba en la oficina de patentes de Berna, publicó investigaciones que transformaron áreas de la física. Diez años después presentó la teoría de la relatividad general, una nueva descripción de la gravedad que modificó la concepción del espacio y del tiempo.

En 1921 recibió el Premio Nobel de Física. Su fama no se limitaba a los círculos científicos. Su rostro aparecía en diarios y revistas, y sus opiniones sobre la política, la paz y la responsabilidad de los intelectuales eran escuchadas más allá de los laboratorios. Durante la Primera Guerra Mundial había adoptado posiciones pacifistas en un ambiente donde muchos colegas respaldaban los objetivos militares de Alemania. No era un ajeno a la política: consideraba que los científicos tenían una responsabilidad moral con la sociedad.
La carta que llegó a Franklin D. Roosevelt
Durante los primeros años de su vida estadounidense, Einstein mantuvo sus investigaciones en el Instituto de Estudios Avanzados y observó con alarma los acontecimientos europeos. La expansión territorial de Hitler, la persecución de los judíos y el rearme alemán mostraban que el nazismo no era una amenaza pasajera. El régimen se preparaba para una confrontación de dimensiones imprevisibles. En el campo científico, mientras tanto, se había producido un descubrimiento que abriría un capítulo nuevo: la posibilidad teórica de desarrollar una bomba de potencia desconocida. El problema era que la misma ciencia podía servir para producir energía o fabricar un arma de destrucción masiva. Y se temía que los investigadores alemanes, con el respaldo del régimen de Hitler, lograran desarrollar una bomba atómica antes que las democracias occidentales.

Se necesitaba que la advertencia llegara al presidente Franklin D. Roosevelt, quien tenía la capacidad de impulsar una respuesta estatal. Einstein era la indicada para respaldar aquella iniciativa. Así, el 2 de agosto de 1939 firmó una carta dirigida a él. El documento señalaba que los trabajos sobre reacciones nucleares en cadena podían abrir el camino a la construcción de bombas extremadamente poderosas. También destacaba que el gobierno alemán podía estar financiando investigaciones en esa dirección. El documento tardó más de dos meses en llegar directamente al presidente. Finalmente, el 11 de octubre de 1939, Alexander Sachs, economista y asesor informal de Roosevelt, se reunió con él y le explicó su contenido. La Segunda Guerra Mundial ya había comenzado: Alemania invadió Polonia el 1° de septiembre, y Gran Bretaña y Francia le declararon guerra dos días después.
Roosevelt comprendió la importancia del planteo y decidió que el gobierno debía examinar las posibilidades de la investigación nuclear. Aquel primer paso no produció inmediatamente una bomba ni puso en marcha, de un día para otro la gigante maquinaria industrial que después se conocería como Proyecto Manhattan. Pero abrió la puerta a la intervención directa del Estado estadounidense en el desarrollo de la energía atómica con fines militares.
Una responsabilidad que no terminó en el mensaje
La iniciativa que empezó con estudios limitados creció a medida que avanzaba la guerra y aumentaba el temor de que Alemania pudiera adelantarse. En 1942, bajo la dirección militar del general Leslie Groves y con el liderazgo científico de J. Robert Oppenheimer en Los Álamos, el Proyecto Manhattan adquirió una escala sin precedentes. Miles de trabajadores, técnicos, ingenieros y científicos participaron en una operación que combinó investigación teórica, producción industrial y secreto militar. Einstein, pese a haber firmado la carta que ayudó a impulsar las primas decisiones, no participó en el Proyecto Manhattan ni trabajó en el desarrollo de la bomba atómica Su condición de pacifista y sus antecedentes políticos hicieron que las autoridades militares no le concedieran la habilitación de seguridad necesaria para incorporarse al programa.

La distinción importante es que, con el paso del tiempo, su imagen quedó asociada a la bomba nuclear. El científico siguió trabajando en Princeton mientras el conflicto se extendía por Europa, África y Asia. En Junio de 1944, cuando la victoria aliada todavía no estaba asegurada, el desembarco de Normandía abrió un frente decisivo en Europa occidental. El régimen nazi retrocedía, continuaba resistiendo. En el Pacífico, Japón mantenía una guerra costosa para Estados Unidos y sus aliados. La Alemania de Hitler se rindió en mayo de 1945. Para entonces, el temor que había dado origen a la carta de Einstein cambió de naturaleza: los alemanes no consiguieron construir una bomba atómica. Sin embargo, el programa estadounidense continuó adelante.
El 16 de julio de 1945, la primera prueba nuclear de la historia, conocida como Trinity, tuvo lugar en el desierto de Nuevo México. La explosión confirmó que la humanidad entraba en una etapa nueva, donde la ciencia podía liberar una fuerza destructiva sin precedentes. Menos de un mes después, Estados Unidos lanzó bombas atómicas sobre Hiroshima, el 6 de agosto, y Nagasaki, el 9 de agosto. Las detonaciones provocaron una devastación inmensa y miles de muertes inmediatas, sumadas a las víctimas de quemaduras, lesiones y efectos de la radiación. Japón anunció su rendición el 15 de agosto y la formalizó el 2 de septiembre de 1945.
El uso de las bombas aceleró el desenlace de la guerra en el Pacífico, aunque su papel en la rendición japonesa sigue siendo debate histórico junto con otros factores, entre ellos la entrada de la Unión Soviética en el conflicto contra Japón y la situación militar del país. Lo indiscutible fue que el arma nuclear había inaugurado una amenaza capaz de extenderse más allá de aquel conflicto.

La posibilidad de que la energía atómica quedara a una carrera armamentista enfrentó a una de las mayores contradiciones de su vida: había contribuido a que el gobierno estadounidense prestiera atención a la amenaza nazi, la respuesta científica y militar produció un instrumento que podía poner en peligro a toda la humanidad.
El arrepentimiento de un pacifista
Después de Hiroshima y Nagasaki, Einstein se convirtió en una de las voces más reconoce a favor del control internacional de la energía nuclear. La experiencia de la guerra reforzó su convicción de que los avances científicos no podían separarse de las consecuencias políticas y morales de su utilización. En los años siguientes respaldó iniciativas para limitar la proliferación de armas atómicas y promover la cooperación entre las naciones. También participó en campañas en defensa de los derechos civiles y de la libertad intelectual, convencido de que las sociedades democráticas debían proteger a las minorías y a los que cuestionaban al poder. Llegó a expresar pesar por haber firmón que la carta, aunque la preocupación que la motivó no fue una adhesión a la guerra ni un deseo de destruir ciudades, que el temor de que la Alemania naz obtuviera primero una capacidad de destrucción extraordinaria y actuó para evitarlo. Su vida en Princeton continuó hasta su muerte, el 18 de abril de 1955. Nunca volvió a establecerse en Alemania. Encontró en Estados Unidos un lugar donde trabajar con libertad y desarrollar sus investigaciones durante más de dos décadas. También fue un testigo privilegiado de cómo la intolerancia que lo obligó a escapar de Europa, desembocaba en una guerra mundial y en una catástrofe humana sin precedentes
Fuente: Infobae