Alicia Alonso: la bailarina que desafió la ceguera con sus pies

Con un talento tan deslumbrante que ni siquiera la pérdida de la vista pudo detenerla, Alicia Alonso marcó un antes y un después en la danza mundial. A los 19 años, en 1941, sufrió un desprendimiento de retina que la obligó a varias cirugías. Según cuentan, su esposo Fernando Alonso le dibujaba la coreografió la coreografía de su nuevo espectáculo sobre la palma de su mano, con la yema de los dedos, para no perder tiempo de ensayo. Así memoró Giselle, uno de los ballets más emblemáticos de su carrera.

Ella misma decía que era un honor pensar que la recordaran tras su partida. Y así ocurrió. La gran referente de la danza clásica cubana falleció el 17 de octubre de 2019, a los 98 años. Pese a sus limitaciones visuales, siguió trabajando hasta el final al frente del Ballet Nacional de Cuba, formando generaciones de bailarines y llevando la compañía al nivel de las mejores del mundo.

Nacida el 21 de diciembre de 1920 en La Habana, hija de Antonio Martínez Arredondo, veterinario militar, y Ernestina del Hoyo y Lugo, su nombre completo era Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo. Era la menor de cuatro hermanos: Blanca María, también bailarina, y Elizardo y Antonio. Familia acomodada para la época.

Cuando su padre fue enviado a España a especializarse en el cuidado de caballos militares, Alicia conoció la jota, la zarzuela y otros ritmos locales. Lo primero que aprendió siendo niña fueron las “danzas españolas”. Al regresar a Cuba, se inscribió en la Sociedad Pro-Arte Musical, con su escuela de baile. Allí, en 1931, conoció el ballet. Lo describió como el momento “más feliz” de su infancia.

“Enseguida supe que me iba a enamorar de él”, reconoció.

De adolescente se mudó a Estados Unidos, donde continuó su formación con Enrico Zanfretta, Alexandra Fedórova y otros maestros de la School of American Ballet.

Apenas a los 15 años se casó con el bailarín cubano cuyo apellido adoptó, y se mudó a Nueva York. Allí nació su única hija, Laura, en 1938. Alicia inició su carrera profesional en las comedias musicales Great Lady y Stare in your eyes. Al año siguiente se sumó al American Ballet Caravan, luego convertido en New York City Ballet. En 1940 ingresó al Ballet Theatre of New York. Allí se consagró entre las primeras bailarinas más importantes de la época, trabajando con Mijail Fokine, George Balanchine, Leonide Massine, Bronislava Nijinska, Anthony Tudor, Jerome Robbins y Agnes de Mille.

“Era como una esponja, ansiosa por aprender de todos ellos”, decía.

La bailarina en una actuación en el Teatro Colón

Entonces vino el problema de la visión. No quedó completamente ciega, pero necesitaba guiarse con las luces para moverse en el escenario. Su mayor dificultad era encontrar los bastidores y el telón. Cualquier otro se habría rendido. Alicia hizo lo contrario. Se le atribuye la famosa frase:

“Ojos, ¿para qué los quiero? ¡Si tengo mis pies para volar!”

Aunque no hay registro de que realmente la haya dicho, representa exactamente su manera de afrontar la situación. A partir de entonces, comenzó a ser reconocida no solo en Norteamérica, sino en Europa y América Latina.

En 1946 regresó a Cuba. Quería desarrollar el ballet en su patria. Con su marido y su cuñado Alberto Alonso fundó una compañía que primero llevó su nombre, luego Ballet de Cuba. Pero en 1956 cerró por problemas económicos. Siguió marcando hitos como estrella invitada del Ballet de Montecarlo y los teatros Bolshoi de Moscú y Kirov de Leningrado, en la vieja Unión Soviética. Tras la revolución cubana de 1959, Fidel Castro le ofreció ayuda estatal para reabrir el ballet, que pasó a ser oficial.

La danza era más que pasión, era su vida. Nunca la abandonó. Tras separarse de su primer marido, en 1975 contrajo enlace con Pedro Simón Martínez, crítico e investigador de la danza, director del Museo Nacional de la Danza de Cuba y escritor de varios libros sobre ella. Lo de ella era, simplemente, admirable.

Siguió bailando hasta 1995, a los 74 años. Su última actuación fue en Farfalla, un ballet con coreografía propia, presentado el 28 de noviembre de ese año en el Teatro Masini de Faenza, en Italia. Nadie sabía que sería su última función, ni siquiera ella. Nunca se anunció como despedida. Pero al bajar el telón, supo que no volvería a bailar. Colgó sus zapatillas de punta.

Como directora del Balle Nacional de Cuba, impuso un estilo que diferenció la danza cubana de la escuela rusa. Lograba combinar la técnica clásica con la expresividad y la energía típica de la tierra del son, con raíces afro. Por eso obtuvo múltiples reconocimientos: doctorado Honoris Causa en Arte de la Universidad de La Habana (1973), doctorado Honoris Causa en Arte Danzario del Instituto Superior de Arte de Cuba (1987), Heroína Nacional del Trabajo y miembro del Consejo Mundial de la Paz.

En 1980 recibió un homenaje internacional en París, organizado por la UNESCO. En 1981 fue galardonada con la Orden Félix Varela por el Consejo de Estado de Cuba. También recibió las más altas condecoraciones de México, Panamá y República Dominicana: Orden de El Águila Azteca, Orden Vasco Núñez de Balboa y Orden al Mérito de Duarte, Sánchez y Mella, en el Grado de Comendador. En 1993 se le otorgó la Encomienda de la Orden Isabel la Católica, concedida por el Rey de España Juan Carlos I.

La muerte la sorprendió repentinamente. Tras una descompensación, ingresó al Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas de La Habana, falleciendo ese día por una crisis cardiovascular.

“He vivido bien. He logrado mucho. Soy consciente de que he hecho historia. Planté una semilla que creció hasta convertirse en un árbol y cuyos frutos se han exportado a todo el mundo”, dijo en una entrevista cerca del final de sus días.

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK