Una llamada telefónica logra cruzar la frontera, pero ni la mejor conexión recupera los años de ausencia ni llena el sitio vacío frente a la mesa familiar. Esa distancia es el punto de partida de Entre tierras.
El documental se estrena el 15 de octubre de 2026 en salas mexicanas y sigue las vidas de Gustavo Lavariega, Jesús Ortiz y Ana Laura López. Los tres intentan rehacer su existencia en México tras haber sido deportados de Estados Unidos.

Esta ópera prima de Atzin Ortiz González no se limita al momento del cruce migratorio. La cinta observa las llamadas con hijos e hijas, los papeleos, el duelo y la vida que sigue cuando una familia queda partida entre dos naciones.
Durante la producción, el director y los protagonistas Gustavo Lavariega y Jesús Ortiz compartieron detalles sobre los cinco años que tomó filmar y el desafío de volver a habitar un país que puede sentirse ajeno tras años de ausencia.
Atzin Ortiz deja el discurso político y se enfoca en las heridas familiares de la deportación
Todo comenzó en 2018, cuando Atzin Ortiz González conoció a Ana Laura López en medio de los debates presidenciales de aquel año, donde participó Andrés Manuel López Obrador.
De ese encuentro nació el acercamiento a Deportados Unidos en la Lucha, un colectivo integrado por personas que enfrentan las consecuencias del destierro forzado. La idea original se centraba en el trabajo del grupo, sus marchas y la asistencia que brindaban. Conforme pasaron los meses, las charlas con Ana Laura, Gustavo, Jesús y otros miembros que llegaban a la organización transformaron el documental.
El foco dejó de ser la agrupación para entrar en los hogares, las pérdidas y los lazos de cada protagonista. Atzin recordó que el proyecto cambió al escuchar esas experiencias:
“Al principio tenía un enfoque un poco más en el tema del colectivo, pero conforme fui conociendo más a fondo sus historias de vida me di cuenta de que quería llevarla hacia este lado más humano y no necesariamente político”.

La filmación duró cinco años y atravesó la pandemia. El director sostuvo gran parte del trabajo de manera autogestiva hasta que recibió apoyos en la posproducción, tras participar en actividades vinculadas con San Diego, Los Ángeles y el Festival de Guadalajara.
La cercanía con los protagonistas también tuvo límites que ellos mismos fijaron. Ortiz González explicó que la cámara no podía entrar a cualquier parte ni convertir la vivencia de una persona deportada en material de observación ajena. El acuerdo era simple: cada quien decidía qué compartir y qué debía quedar fuera de pantalla. Ese cuidado fue clave para el cineasta. El director sostuvo que el acompañamiento ocurrió “desde el respeto” y con la intención de representarlos desde un lugar de “honestidad”. La película se construye con quienes aparecen en ella, no solo sobre ellos.
“No solo somos números”: los protagonistas ponen rostro humano a las cifras de deportados
La relación entre Atzin y los protagonistas no nació frente a una cámara. Gustavo Lavariega recuerda que el director participaba en marchas, reuniones y actividades de Deportados Unidos en la Lucha antes de pedirles que abrieran la puerta de sus historias familiares. Esa convivencia permitió que el documental entrara en una zona menos visible de la deportación: lo que sucede cuando alguien debe ejercer la paternidad desde otro país.
Gustavo habló de las llamadas y los esfuerzos que implicó seguir presente en la vida de sus hijas, aunque la frontera marcara la distancia. Al recordar el proceso, Lavariega contó que el director se ganó la confianza del colectivo porque acompañaba sus actividades de manera constante. Esa presencia permitió expresar sentimientos que después quedaron plasmados en el documental.
La separación obligó a cambiar el sentido de la crianza. Para Gustavo, no se trata solo de aceptar la distancia, sino de buscar formas de sostener un vínculo cotidiano con quienes permanecen en Estados Unidos.

La experiencia implica, como él señala, “aprender cómo ser padre” o madre a larga distancia:
“Es ir adaptándose sobre la marcha, sobre el camino”.
“Somos familias binacionales y creo que tenemos ese derecho también de poder educar a nuestros hijos por medio de una videollamada”.
En esa frase aparece una de las preguntas que cruzan la producción: cómo se conserva una familia cuando la convivencia depende de una conexión a internet.
Jesús Ortiz también observa el paso del tiempo dentro de la película. Cuando Atzin comenzó a grabar, su hija era bebé; siete años después, ambos son distintos a quienes quedaron registrados. Por eso pidió que el rostro de la niña no apareciera, una decisión que el equipo respetó. Ortiz les explicó que sus testimonios no podían separarse de sus propias decisiones y que ellos tendrían la última palabra sobre su exposición:
“La historia es de ustedes, ustedes me ayudan a contarla, ustedes me van a decir qué se puede, qué no se puede”.
La importancia de Deportados Unidos en la Lucha dentro de la construcción del documental
La deportación no termina cuando una persona aterriza en México o vuelve a cruzar la frontera. Después comienzan otros pendientes: recuperar documentos, buscar un lugar para vivir, encontrar trabajo y enfrentar las preguntas de quienes asocian ese regreso con un delito. Ana Laura López creó Deportados Unidos en la Lucha después de volver a la CDMX y no encontrar una organización que pudiera orientarla. A partir de esa experiencia, el colectivo comenzó a acompañar a personas que requerían apoyo para iniciar trámites, conseguir hospedaje o localizar a familiares detenidos por autoridades migratorias.
Gustavo explica que el grupo llegó a tener un albergue y que ahora sigue recibiendo solicitudes de familias que buscan información sobre personas detenidas o que necesitan orientación para volver a empezar.

Para Jesús, el colectivo representó una forma de aterrizar en México. Tenía familiares en el país, pero encontró en otras personas deportadas una experiencia compartida que le permitió poner nombre a la sensación de no pertenecer por completo a ningún lado. Esa etapa habría sido mucho más difícil sin el acompañamiento de la organización:
“Si no hubiera existido, para muchos de nosotros hubiera sido complicada la readaptación”.
afirma Jesús, quien cuestiona la falta de apoyos para quienes regresan después de construir una vida entera en Estados Unidos.
La frase que resume el mensaje de Entre tierras llega cuando Jesús habla de las cifras. Una estadística puede contar miles de deportaciones, pero no alcanza a decir cuántas familias quedan separadas, cuántos hijos crecen lejos de sus padres ni cuántas vidas se interrumpen de un día a otro:
“No sólo somos números, somos historias”.
El estreno de Entre tierras lleva la conversación sobre la deportación a cinco ciudades
El documental llega a salas este 15 de octubre de 2026 con una ruta que combina complejos comerciales y espacios independientes. La exhibición permitirá que las historias de Ana Laura, Gustavo y Jesús salgan de las reuniones del colectivo y encuentren al público en distintas regiones del país.
- La película estará en Cinemex Casa de Arte y Cinemex Insurgentes, además de Cine Tonalá y La Casa del Cine, en Ciudad de México.
- La gira también contempla funciones en Cine Cabañas, en Guadalajara, así como en el Centro Audiovisual Toluca y una función especial en la Cineteca Mexiquense.
- Kinoki, en Chiapas, y El Brazo Fuerte, en Campeche, completan el circuito anunciado para el estreno.

Así, mientras la pantalla sigue a tres vidas atravesadas por la distancia, Entre tierras deja una pregunta en el aire: qué ocurre con una familia cuando la frontera no desaparece al volver a casa.
Fuente: Infobae