En el mundo del arte contemporáneo, pocas figuras han sido tan abiertas como Marina Abramović. Durante la preparación de su emblemática obra “The Artist Is Present” en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 2010 —donde permaneció sentada, en silencio e inmóvil en una silla de madera mientras miles de personas hacían fila para mirarla a los ojos—, calcula que concedió unas 320 entrevistas. Quien haya seguido su trayectoria conoce detalles incómodamente íntimos: que a los 12 años, al tener su primera menstruación, creyó que se moría porque nadie le había hablado de ello; que su padre afirmaba tener un solo testículo por un accidente con una granada; y que perdió la virginidad a los 24 años con un desconocido, mientras compartía piso en Belgrado con su madre, bajo cuyo control vivió hasta los 29.
Su estilo de conversación es tan performático como su arte. Habla rápido, en largos monólogos salpicados de lo que su biógrafo James Wescott —autor de “When Marina Abramović Dies” (2010)— describe como su “serboinglés idiosincrático”. Aunque hace más de 50 años que no reside en Serbia, guarda cierto resentimiento hacia la prensa de su país:
“Recuerdo que un periódico se refirió a mi exposición en el MoMA diciendo: ‘Mírenla, sentada en la silla sin hacer absolutamente nada y recibiendo todo este afecto internacional porque la cultura occidental está podrida y ella es un gran producto de esa cultura podrida’. Nunca podré cambiar esa opinión”.

Había solicitado dos horas para una primera entrevista, pensando que era poco tiempo para alguien que en “The Artist Is Present” estuvo 736 horas y 30 minutos durante dos meses y medio. Sin embargo, una de las primeras cosas que dice es: “Nunca hablo dos horas. Hablemos una hora con intensidad”. Está de vacaciones en una pequeña aldea austríaca y se conecta por videollamada. Afirma que su arte la ha ayudado a comprenderse mejor: “Descubro por qué es tan importante el trabajo de larga duración. Después de unas horas ya no puedes fingir. No puedes interpretar a otra persona. En realidad muestras al público una vulnerabilidad increíble, el público lo entiende y entonces ocurre la magia. El mayor problema es nuestro cerebro y nuestro intelecto. Pensamos demasiado todo el tiempo. Pensar es un obstáculo enorme. Ponemos en nuestra cabeza un mundo entero que no existe. Pero el cuerpo tiene su propia sabiduría”.
I. El primer estudio
Sus padres, Danica y Vojo, eran funcionarios del Partido Comunista en Belgrado. Su relación era tóxica, violenta y mutuamente hostil, aunque gozaban de privilegios como veteranos partisanos del Ejército de Liberación Nacional de Josip Broz Tito. No era un hogar fácil: no celebraban cumpleaños (le mentían sobre la fecha, adelantándola al 29 de noviembre, Día de la República, cuando honraban a Tito). Danica nunca mostró afecto a su hija; le gritaba, chillaba y golpeaba. Abramović aprendió a ser silenciosa, complaciente y temerosa. En sus memorias “Walk Through Walls” (2016) recuerda cuando perdió su primer diente de leche y sangró durante meses antes de que sus padres la llevaran al hospital, donde le diagnosticaron un trastorno sanguíneo poco común. Estuvo un año recuperándose: “Este fue el momento más feliz de mi infancia. Todos en mi familia fueron amables conmigo”, escribe.

Con Vojo se llevaba mejor, pero él era inescrutable y ausente; le regaló una pistola por su cumpleaños número 14. Cuando ella tenía 17 años, Vojo entró en su dormitorio de madrugada, tras una pelea con su esposa, y le dijo que se iba de casa. Adolescente incómoda y bajo el control de su madre, se refugió en Bach, Dostoievski, Kafka y Proust. Su interés por el arte era lo único que su madre alentaba: le permitió usar una habitación libre del apartamento como su primer estudio.
II. En busca del peligro
Tiene miedo escénico. Ahora lo controla mejor, pero aún se siente tan alterada que pasa las horas previas a una actuación en el baño. De adolescente ingresó en la Academia de Bellas Artes de Belgrado para pintar, pero se desilusionó con la educación conservadora y el gobierno de Tito —quemó su carné del Partido Comunista en 1968— y se sintió atraída por obras conceptuales de artistas occidentales como Joseph Kosuth, Lawrence Weiner y Joseph Beuys. Empezó a preguntarse sobre la intersección entre arte y violencia: ¿se haría daño frente al público? ¿Hasta dónde permitiría el público que se hiciera daño? El estadounidense Chris Burden, una influencia importante, en 1971 pidió a un amigo que le disparara en el brazo con un rifle calibre .22 en una galería de California.

Mientras que la acción de Burden fue meticulosamente planificada, Abramović eliminó la premeditación. Quería que ocurriera lo que tuviera que ocurrir. En 1973, tras completar un posgrado en Zagreb, viajó a Escocia por invitación del galerista Richard Demarco, fundador de la escuela experimental Edinburgh Arts. En el gimnasio de una escuela secundaria presentó su primera actuación pública: “Rhythm 10”, basada en un juego de bebida yugoslavo donde se clava un cuchillo entre los dedos. Al final, una hoja de papel blanco estaba roja por su sangre. Entre los pocos presentes estaba Beuys, parte del profesorado de Demarco.
Intentó quedarse en Europa occidental, repartió correo en Edimburgo y aceptó otros empleos, pero pronto regresó a Belgrado a vivir con su madre. Allí afinó sus ideas y se inclinó hacia escenarios más peligrosos. En 1974, Beuys asistió a “Rhythm 5”, para la que construyó una estrella de cinco puntas con restos de madera, la cubrió de petróleo y le prendió fuego. Se cortó las uñas de los pies y el cabello y los arrojó a las llamas. Beuys le dijo: “Ten cuidado con el fuego”, pero ella se tumbó en el centro de la estrella. Mientras el humo la envolvía, una pierna comenzó a arder sin que ella lo notara; había perdido el conocimiento. Un miembro del público —no Beuys, aunque la leyenda dice lo contrario— la sacó de allí. Al recuperarse, observó que las reacciones del público eran inesperadamente positivas.
III. Tentando al destino
A medida que su reputación crecía, las preguntas que formulaba la llevaron a una última e inevitable: ¿la mataría el público? En 1974 decidió averiguarlo en el Studio Morra de Nápoles, Italia, con la obra “Rhythm 0”. En la galería, permaneció de pie junto a una mesa con 72 objetos: una pluma, perfume, lápiz labial, miel, un periódico, imperdibles, un cuchillo de trinchar, una sierra, una bala y una pistola. El regalo de su padre por su cumpleaños número 14 volvía en un sentido chejoviano; ella se preparó mentalmente para que alguien lo usara.

La actuación comenzó a las 20:00. Durante las tres primeras horas ocurrió poco. Las instrucciones eran usar los objetos sobre Abramović “como se deseara”. Al principio, fueron las mujeres quienes indicaban a los hombres qué hacer: cortarle la camisa, dejar sus pechos al descubierto, untarle lápiz labial. Un hombre le clavó imperdibles en la piel, haciéndola llorar. Una mujer secó sus lágrimas, pero pronto se impuso una mentalidad de turba. La levantaron, la colocaron sobre la mesa, le abrieron las piernas y acercaron el cuchillo a su entrepierna. Luego alguien le cortó el cuello y succionó la sangre. Como relata Abramović en sus memorias, “un hombre muy pequeño, que permanecía muy cerca de mí, respirando con dificultad”, cargó la pistola, la puso en su mano y la apuntó a su cuello mientras acariciaba el gatillo. La multitud reaccionó y lo expulsó. A las 2:00, la actuación terminó. El público se alejó apresuradamente, incapaz de mirarla a los ojos. Al día siguiente, algunos llamaron para disculparse.
Poco después, Abramović expuso fotografías de la serie “Rhythm” en el Museo de Arte Contemporáneo de Belgrado. Su madre, que le imponía un toque de queda a las 22:00, la esperaba furiosa. Se había enterado de las fotos de su hija desnuda. La llamó prostituta, le escupió y le lanzó un cenicero a la cabeza. Abramović contempló la posibilidad de que su madre la matara; le entusiasmaba la idea de que fuera a prisión, pero no era así como quería morir.
IV. Amor

Al año siguiente viajó a Ámsterdam para una actuación. Un artista alemán llamado Frank Uwe Laysiepen, conocido como Ulay, la recibió en el aeropuerto y fue su guía. Él era tres años mayor, pero habían nacido el mismo día. Se sintieron atraídos de inmediato: “Nuestros corazones latían como uno solo”, escribe ella. Empezaron a trabajar juntos; era un avance: seguía siendo vulnerable, pero ya no estaba sola. Durante cinco años vivieron en una furgoneta Citroën y actuaban donde podían. En 1977, ambos permanecieron desnudos frente a frente en una puerta de la Galleria Comunale d’Arte Moderna de Bolonia, tan cerca que los visitantes debían pasar entre ellos de lado. Su trabajo conservaba la insinuación de violencia, pero se articulaba en torno al amor y la confianza. En Dublín, en 1980, presentaron “Rest Energy”: con micrófonos conectados a sus corazones, Ulay apuntaba un arco cargado con una flecha a pocos centímetros del corazón de Abramović y tensaba la cuerda. Permanecieron así cuatro minutos y medio, mientras sus corazones latían audiblemente más rápido.
En 1982 comenzaron a solicitar permiso al gobierno chino para recorrer la Gran Muralla en una actuación. Abramović partiría de un extremo, junto al mar de Bohai; Ulay, desde el desierto de Gobi; se encontrarían en el medio. El plan inicial era casarse allí, pero su relación se desintegró. Él fue infiel; ella estaba deprimida y celosa. Así que, en lugar de una boda, cada uno recorrió unos 2.400 kilómetros hasta cruzarse y despedirse. Ulay se casó con la intérprete que lo acompañó; Abramović nunca volvió a colaborar tan estrechamente con otra persona.
V. La fama y sus malestares
Si admiras a Abramović, quizá desees que diga que no de vez en cuando, o al menos que no diga… eso. Una versión anterior de sus memorias incluía un capítulo donde describía su primer encuentro con indígenas australianos en el desierto en 1979: “Parecen dinosaurios. Son realmente extraños y diferentes, y deberían ser tratados como tesoros vivientes”. Esta observación racista provocó reacción mundial, y no fue la única vez que decepcionó a su público. ¿Cómo podía la creadora de “Rhythm 0” ser la misma detrás de una instalación inflable en el Balloon Museum de Nueva York, donde declara: “El aire siempre ha sido central en mi práctica”?

La primera vez que vio a alguien con un tatuaje alusivo a su obra, en un café de Francia, supo que había pasado a la cultura dominante. En 2002 interpretó “The House With the Ocean View”, en la que vivió en una plataforma de la galería Sean Kelly de Manhattan durante 12 días. Ayunó, durmió no más de siete horas al día y apenas hizo más que bañarse, beber agua y orinar. Fue una sensación. Susan Sontag regresó varias veces y se sentaba en el suelo durante horas. Incluso apareció en “Sex and the City”: “Hay mujeres deprimidas por todo Nueva York que hacen exactamente lo mismo y no lo llaman arte”, dice Carrie Bradshaw.
Ocho años después, “The Artist Is Present” incrementó su exposición y profundizó la relación obsesiva del público. Björk, Patti Smith y Lou Reed hicieron fila para mirarla a los ojos. Ella pidió al museo que invitara a Ulay, a quien no veía desde hacía años; cuando él se sentó frente a ella, ambos lloraron. El llanto era frecuente entre los asistentes, sobrepasados por su presencia y entrega.
A partir de entonces, en la cultura todos eran artistas de performance y ella era su gurú, desde Tino Sehgal hasta James Franco e influencers de Instagram. Abramović, que nunca tuvo hijos ni los quiso, me dice: “No tienes idea de cuántos hijos tengo”.
VI. Paz

Cuando su madre murió en 2007, Abramović encontró sus diarios. “Si hubiera leído una página mientras crecía, nuestra relación habría sido completamente distinta”, afirma. Comprendió cuán “herida emocionalmente” había quedado Danica por Vojo, y que su frialdad era un intento de hacerla más fuerte. Le pregunto si ha perdonado a su madre: “Oh, recién hace poco, querida”. Fue mientras preparaba “Balkan Erotic Epic”, que debutó el año pasado en Mánchester y se estrenará en diciembre en la Park Avenue Armory de Nueva York, cuando pudo reconciliarse. La obra autobiográfica de cuatro horas comienza con el funeral de Tito en 1980 e incluye a su madre como personaje, interpretado por Maria Stamenković Herranz. A diferencia de la vida real, la Danica de la obra es cálida, sensual y liberada. “Todo lo que no pude hacer con mi madre, pude hacerlo a través de este personaje”, dice Abramović.
También supone la culminación de una comprensión que tuvo durante “The Artist Is Present”: que su obra es el único medio para experimentar el amor incondicional, que a menudo se le ha escapado en su vida personal. Se trata de “amor incondicional por el universo, los planetas. Amo genuinamente a los seres humanos y me gusta especialmente cuando disfrutan de la vida. La mayor parte del tiempo, mi propia generación es muy miserable”. Ese sentimiento la ha acompañado en su carrera posterior, donde ha encontrado cierta tranquilidad. En la actuación inaugural de “Balkan Erotic Epic”, pudo bailar con Danica, o con la versión que había inventado, la que le devolvía el amor. “Ahora que me acerco a los 80, no hay salida. Hay que aprender a reconciliarse. De lo contrario, te vas de aquí con este odio en el corazón”.
VII. La vida después de la muerte

Hace tres años tuvo un coágulo de sangre en los pulmones, entró en coma en Nueva York y estuvo a punto de morir. Muchas personas importantes para ella ya se habían ido: Beuys murió en 1986, Ulay de cáncer en 2020. Después de tantos años buscando la muerte en su arte, comprendió cuánto le gustaba estar viva. Espera vivir hasta los 100 años: “nadie podrá ignorarme”. Ya tiene planes para su funeral, publicados en la biografía de Wescott, ideados en 2005 tras un sombrío servicio conmemorativo por Sontag. Quiere que sea divertido: incluirá tres ataúdes (uno con su cadáver real y los otros con maniquíes realistas). Los invitados deberán vestir de cualquier color menos negro. La cantante Anohni elegirá una canción (originalmente pensó en “My Way” de Frank Sinatra). Me intriga cómo cree que podría ocurrir su muerte. “¿Quieres que sea en plena actuación?”, pregunto.
“Antes que nada, no puedo planearlo, porque nunca sabes qué va a pasar. Solo sé que no quiero tener miedo, no quiero estar enfadada y quiero ser consciente. Quiero experimentar con mucha claridad este tránsito de la vida a la muerte. No tengo idea de cómo lograrlo, salvo estar preparada. Por eso pienso en morir todos los días. Porque solo cuando realmente piensas que la muerte está ahí puedes disfrutar plenamente de la vida, de cada minuto”.
Fuente: Infobae