“¿Qué tenían de especial para que tantas personas la miraran?”, se pregunta Mariana Sanguinetti, bisnieta de la fotógrafa alemana nacionalizada argentina, al inicio del documental que lleva su nombre: Annemarie. En esta obra, Sanguinetti revisa la vida y el legado de una de las retratistas más emblemáticas de la cultura nacional, apoyándose en su archivo personal, testimonios familiares y las voces de otros referentes del arte de inmortalizar un instante.
La respuesta a esa pregunta nunca llega de forma directa. En cambio, el filme deja que sean las piezas del rompecabezas las que ilustren el magnetismo de Heinrich. La fotógrafa nació en Alemania y llegó a la Argentina siendo una niña, escapando del auge del nazismo y de la inminente Segunda Guerra Mundial. Se introdujo en la fotografía porque, según cuenta, era un oficio “para el que no se necesitaba entender el idioma”.
Annemarie, que se presentó en el BAFICI y ahora está disponible en el Malba y otras salas, reconstruye la figura de Heinrich a partir de los fragmentos de las vidas de otros: recuerdos que se vuelven volumen, que se convierten en memoria activa, que se agolpan y reflejan una historia hasta ahora inédita: la de una vanguardista, una pionera, una artista monumental que habita el imaginario del arte argentino.
“Es el personaje de mi vida”, dice Sara Facio, mientras repasa algunas de las enseñanzas que recibió de Heinrich. También aportan sus testimonios otros colegas como Aldo Sessa, Juan Travnik y Juli Weisz.
En lo estilístico, el documental rompe con lo observacional y se vuelve participativo. La directora aparece ante la cámara, realiza entrevistas vía Zoom e incluso intenta una llamada telefónica a Mirtha Legrand, que se vuelve casi imposible. Todo ello construye una cercanía doméstica, hogareña, acentuada por la presencia de un gato curioso que irrumpe en varias escenas. La participación de su hermana, Úrsula, quien desde Estados Unidos reflexiona sobre “la verdad”, los recuerdos y la memoria, se suma a la de hijos y sobrinos —todos fotógrafos— que tejen hitos y anécdotas para darle cuerpo a la artista más allá de su obra.
El documental busca eliminar la distancia entre la creadora y su trabajo, replicando la misma estrategia que Heinrich empleaba: “se ganaba la confianza del fotografiado para lograr su mejor toma”, recuerda su hijo Ricardo Sanguinetti. La visita al estudio-laboratorio-casa se realizó durante el estreno del filme, con la participación de su hermana Alicia Sanguinetti y el equipo de trabajo: Clara Nerone, Clara Tomasini y Sol Britos, quienes mantienen vivo el legado de Annemarie.

Entre los testimonios aparece también el actor Boy Olmi, quien recuerda haber sido fotografiado de niño “por una cuestión de estatus”, ya que la firma de Annemarie gozó de prestigio desde los inicios de su carrera. Comenzó realizando retratos de tapa para la revista Radiolandia, lo que lograba que la personalidad retratada se convirtiera “en mito”. Así consiguió una gran clientela social y del mundo del espectáculo, como Graciela Borges, quien comenta que Heinrich era “alguien que te hacía sentir alguien”.
El documental despliega una infinidad de retratados: desde Eva Duarte antes de ser Evita, hasta Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Mercedes Sosa, Ástor Piazzolla y Palito Ortega. Décadas de personalidades de la cultura y el showbizz que deseaban ser inmortalizados bajo la mirada de Annemarie.
“Ella tenía una práctica basada en el respeto por las personas frente a la cámara”, explicó su hija Alicia Sanguinetti. Esa posición la llevó a rechazar una sesión con Juan Domingo Perón en la Casa de Gobierno. Eva le pidió que fuera a fotografiarlo, pero Annemarie respondió: “Si Perón quiere tener un buen retrato, que venga al estudio”. El ex presidente no acudió, y Eva tampoco. Además, se negaba a retratar a políticos, aunque sí quería hacerlo con Alicia Moreau de Justo. Lo intentó varias veces, pero por distintas razones nunca se pudo. Cuando finalmente la convocaron, Moreau tenía 100 años y un deterioro físico importante, y Annemarie también rechazó la sesión. “Yo respeto mucho al ser humano”, le dijo. Su método era una práctica muy gentil, no utilizaba la técnica en contra de quien posaba.

El documental repasa, aunque someramente, que Annemarie integró la Carpeta de los 10, un grupo formado alrededor de la década del 50 en el que cada participante colocaba una copia en una carpeta que circulaba entre colegas para recibir comentarios. Entre los integrantes estaban Hans Mann, Jorge Friedman, Alex Klein, Max Jacoby y Anatole Saderman, quien le dio un consejo esencial: “Para retratar a alguien tenés que amarlo, admirarlo u odiarlo. Pero algo tenés que sentir”.
“Es más fácil pensar a quién no fotografió que a los que sí. Creo que sólo le faltó Gardel”, dijo su hijo, en el subsuelo del Estudio Heinrich – Sanguinetti, sobre Callao al 1400. El espacio aún conserva las lámparas, los rieles y las gelatinas tal como las había diseñado Annemarie.
Los hijos de Annemarie, que bromean diciendo que fueron paridos “en una cubeta de revelado”, no solo crecieron en el laboratorio y realizaron todo tipo de tareas, sino que también se formaron en Alemania antes de volver a Buenos Aires para trabajar profesionalmente en el estudio.

“Ella se tomaba el trabajo muy en serio. Era muy exigente consigo misma y con los demás. Podía estar hablando con vos y revisaba cajones de negativos en la casa; si una imagen no le conformaba, decía ‘Esto es una porquería’ y cortaba el negativo antes de arrojarlo a la basura”, recordó su hija.
Una recorrida por el Estudio Heinrich-Sanguinetti
El Estudio reúne entre 130 y 150 mil piezas y enfrenta el desafío de proteger negativos de distintos soportes, reconstruir su organización original y hacer accesible una producción que todavía permanece, en su gran medida, sin catalogar ni digitalizar.
La colección incluye obra artística, retratos de celebridades y fotografías de clientes realizadas tanto en ese espacio como en los estudios anteriores que tuvo sobre las avenidas Santa Fe y Callao. Los formatos van desde placas de acetato y nitrato, negativos de vidrio, diapositivas, formatos de 35 milímetros, copias de 6×6 y sobres que agrupan infinidad de negativos.
Annemarie guardó, además, catálogos de sus exposiciones, libros y revistas en los que se publicaron sus imágenes, cartas con otros fotógrafos y copias que ella misma anillaba. También permanecen colecciones de la revista Cinegraf y las famosas tapas de Radiolandia, entre otros documentos.

El último proyecto es la reedición de Ballet en la Argentina, que se presentará en el Fondo Nacional de las Artes el miércoles 25 de noviembre. Este nuevo volumen se elaboró a partir de los negativos originales porque el libro prácticamente dejó de circular y el ejemplar de la biblioteca del Teatro Colón no puede manipularse ni fotografiarse, ya que reúne firmas y dedicatorias de los fotografiados. “Es como un incunable del Teatro”, comentaron.
La re-publicación mantendrá el diseño del volumen original, aunque no será un facsímil: sumará imágenes digitalizadas en alta resolución, un anexo sobre la producción del libro y documentación vinculada a su realización, que contó con el apoyo del FNA y el programa de Mecenazgo de la ciudad.
El trabajo en el archivo es bastante quijotesco. Se nota, en cada una de las especialistas, un cariño no solo por la artista y su obra, sino también por preservar su legado para la eternidad.
En una cajonera, por ejemplo, se encuentran las copias de los cuadernos que Annemarie realizó, con una selección de cerca de 1.500 negativos vinculados a exposiciones, premios y presentaciones en distintos países, considerado “lo que ella había destacado de su carrera”, dijo Sol Britos, con quien trabajan desde hace tres años.

Las anotaciones de la fotógrafa resultan centrales para identificar las imágenes. Incluyen nombres de retratados, títulos, películas, lugares de exhibición y, en algunos casos, datos técnicos como la cámara y el lente utilizados.
“De acá sacamos mucha información, que es lo más fiel que tenemos, que ella armó. Todo lo demás, atribuimos”, explicó Britos sobre esos documentos. Cuando la información no alcanza, el archivo recurre a catálogos para completar los registros de la base de datos.
Estas series son consideradas como “archivo prioritario” y están siendo guardadas en frío, en un congelador de uso exclusivo que permanece a -16 °C. Este sistema busca frenar el deterioro, aunque impide acceder físicamente a los negativos una vez protegidos.
“Es el único archivo fotográfico del país que lo aplica. Fue un trabajo de dos años de investigación de experiencias de Perú, México, Canadá y Estados Unidos, y que se adaptó a los recursos disponibles en Argentina, entre ellos bolsas negras de café para sellar el embalaje”, comentó Clara Tomasini.

El sistema “previene este deterioro, lo mantiene en un estado cero”, explicó la conservadora. Antes de guardarlas en frío, el equipo reemplaza los sobres, limpia cada pieza, conserva los datos disponibles y realiza una digitalización en alta resolución.
La medida además requirió pruebas para revisar el comportamiento del equipo ante cortes de energía, calcular el tiempo disponible para conseguir un grupo electrógeno y asegurar que el procedimiento fuera reversible.
En el archivo, el olor a ácido acético revela el deterioro de parte de algunos negativos. Para limitar su avance, se implementa una temperatura que debe mantenerse cerca de 19 °C, con 40% de humedad, una condición difícil de sostener en Buenos Aires.
“La humedad elevada puede generar canalizaciones, burbujas y otras alteraciones en el material. El ácido desprendido también puede afectar otros documentos, por lo que el archivo mantiene en funcionamiento permanente un humidificador y un purificador de aire. En Buenos Aires, realmente lo que mata es la humedad”, dijo Tomasini.

Por su parte, el circuito de digitalización comienza con una limpieza, el reemplazo de las guardas por materiales libres de ácido y una aclimatación gradual después de retirar los negativos del depósito. “Recién entonces las piezas pasan por un escáner plano profesional, que permite trabajar directamente sobre la superficie sin humedecerla”, contó Clara Nerone.
La copia digital registra incluso los bordes de las placas de cámara de gran formato. Después se realiza la positivación y, cuando corresponde, un retoque “que respeta los encuadres, recortes y ajustes que la fotógrafa había hecho sobre sus imágenes”.
El documental Annemarie no ingresa en el trabajo de conservación que se realiza en el Estudio, pero en ambos casos se transmite una admiración, un respeto y una búsqueda por convertir en inmortal a la fotógrafa que convertía en mito a quien pusiese bajo su lente.
Annemarie se proyecta los viernes de octubre (desde el 9 inclusive) a las 20:00 en Malba Cine (Av. Pres. Figueroa Alcorta 3415). En Atlas Patio Bullrich (Av. del Libertador 750) se exhibe el domingo 11 a las 15:30 y el miércoles 14 de octubre a las 19:00.
Fuente: Infobae