Un 7 de octubre de 1571, la Liga Santa infligió una contundente derrota a la flota del Imperio otomano en las aguas de Lepanto. Este enfrentamiento, considerado la última gran batalla naval con galeras como protagonistas, detuvo el avance de la Sublime Puerta en el Mediterráneo. Se cumplen 454 años de una jornada que dejó un saldo de aproximadamente 38.000 fallecidos, numerosos barcos hundidos o capturados y la liberación de 12.000 cristianos que remaban como galeotes en las naves turcas.
La alianza estuvo conformada por la Monarquía Hispánica, los Estados Pontificios, las repúblicas de Venecia y Génova, la Orden de Malta y el Ducado de Saboya. Felipe II financió cerca de la mitad de la armada, con un gasto de cuatro millones de ducados, y designó a su hermano, Juan de Austria, como comandante de la flota cristiana.
La concentración de las naves cristianas arrancó el 23 de julio de 1571 en el estrecho de Mesina, entre Sicilia y la península italiana, y culminó el 5 de septiembre con la llegada de los barcos de Álvaro de Bazán. El coronel retirado Juan López Díaz señaló en la revista española Ejército que este paso marítimo ocupaba “un lugar central en el Mediterráneo”.
La formación de la Liga Santa respondió a la conquista otomana de Chipre en 1570, último bastión veneciano en el Mediterráneo oriental. El papa Pío V impulsó la alianza durante la primavera de 1571, tras décadas de expansión otomana en Europa y el norte de África.

Más de 200 galeras de cada bando, a punto de chocar en Lepanto
La batalla se desarrolló frente a Lepanto, hoy Nafpaktos, en Grecia. Las crónicas sitúan el primer avistamiento de ambas armadas hacia las 7:30: la Liga Santa disponía de 227 galeras, seis galeazas y cerca de 70 bergantines, mientras que los otomanos reunían 210 galeras y alrededor de un centenar de embarcaciones de otros tipos.
Las naves impulsadas por galeotes, condenados a remar a la fuerza, podían alcanzar casi cinco nudos (9,26 kilómetros por hora) durante un máximo de media hora. Las dos flotas tardaron hasta el mediodía en colocarse en condiciones de combate.
La galera era el principal barco de guerra mediterráneo del siglo XVI. Llevaba en la proa un espolón de unos seis metros para quebrar remos y maderas enemigas, una plataforma de asalto llamada tamboreta y un cañón de 175 milímetros con un alcance máximo de 1.500 metros.
Las galeazas cristianas eran más altas, grandes, pesadas y lentas que las galeras, pero concentraban una potencia de fuego superior. Cinco de las seis que se adelantaron a la formación otomana contaban con 44 piezas de gran calibre cada una y causaron daños en las cubiertas de los buques rivales antes del choque principal.

La Liga Santa embarcó cerca de 80.000 hombres. El teniente general retirado César Muro Benayas detalló en Los tercios en Lepanto que 50.000 eran remeros y marineros, mientras que los demás eran soldados.
La Monarquía Hispánica aportó 20.231 integrantes de los tercios; Sicilia, Nápoles y Lombardía enviaron 5.208 mercenarios; el Imperio Romano Germánico, 4.987 infantes a sueldo; Venecia, 1.614 mercenarios y cerca de 5.000 soldados profesionales. También participaron 1.875 aventureros de distintos orígenes.

Cada nave contó con dos autoridades: el comandante del buque, responsable de la navegación, y el jefe de la infantería, encargado del abordaje. Juan de Austria organizó la flota en cuatro escuadras: Agostino Barbarigo ocupó el ala izquierda, Juan Andrea Doria la derecha, el propio comandante quedó en el centro y Álvaro de Bazán dirigió la reserva.
Los otomanos adoptaron una disposición similar. Mohamed Siroco mandaba el ala derecha, Alí Pachá ocupaba el centro, Uluch-Alí se situaba a la izquierda y Murat Dragut quedaba en la retaguardia.
La muerte de Alí Pachá en la cubierta de la Sultana decidió la batalla
La artillería abrió fuego cuando las naves quedaron separadas por menos de 100 metros. Los primeros disparos otomanos fueron poco eficaces, mientras que los cañones cristianos barrieron las cubiertas enemigas a una distancia que hacía innecesario apuntar con precisión.
El combate se transformó pronto en una sucesión de abordajes. Los espolones quedaron clavados en los costados rivales, los barcos se enlazaron mediante garfios, tablones y pasarelas, y los soldados pelearon con arcabuces, flechas, picas, espadas y cuchillas.
Los primeros hombres en abordar llevaban ropa ligera y eran los más hábiles con la espada. Los acompañaban los mejores arcabuceros, mientras los aferradores sujetaban los garfios al aparejo o al castillo de proa de las embarcaciones enemigas.
Desde las cofas de los mástiles se arrojaban barriles con pólvora y brea encendida para provocar incendios. Los turcos rociaban las cubiertas con aceite o manteca para que los cristianos se resbalaran al saltar a sus barcos.
Los guadañeros cortaban los cabos de los garfios, se lanzaba agua hirviendo desde las alturas y se engrasaban las picas para impedir que el adversario pudiera arrebatarlas. El capitán de navío Marcelino González Fernández escribió en Doctrina y armamento empleado en la batalla de Lepanto que los muertos eran arrojados rápidamente al mar para evitar el desánimo entre las tripulaciones.
La nave capitana de Juan de Austria, la Real, quedó rodeada por varias galeras otomanas durante las primeras horas. La llegada de los refuerzos de Álvaro de Bazán permitió romper el cerco y embestir a la Sultana, el buque de Alí Pachá.
El espolón de la Real quedó incrustado en la embarcación otomana. El enfrentamiento estuvo cerca de inclinarse en favor de los turcos, con tercios y jenízaros luchando frente a frente y ambos comandantes empuñando la espada.

Un contingente de 200 hombres de la escuadra del marqués de Santa Cruz equilibró la lucha. La galera Colonna atacó por el costado a la Sultana y, en el momento de mayor violencia, Alí Pachá recibió un disparo de arcabuz en la frente.
Un soldado malagueño le cortó la cabeza y la exhibió en una pica. La muerte del comandante otomano desencadenó el pánico entre sus hombres y precipitó la victoria cristiana.
Cervantes herido y una mujer entre los combatientes
Miguel de Cervantes combatió en Lepanto con 24 años, integrado en el tercio de Miguel de Moncada y embarcado en la Marquesa. Aunque padecía fiebres y se había refugiado en la bodega, salió a cubierta armado con una espada cuando oyó los gritos de alarma.
El futuro autor de Don Quijote de la Mancha recibió dos disparos en el pecho y otro en la mano izquierda, que quedó inutilizada. Más tarde escribió que perdió “su movimiento para gloria de la diestra”.

El coronel Cánovas afirmó que el peto de cuero grueso que llevaba Cervantes probablemente le salvó la vida. También precisó que el llamado “manco de Lepanto” no perdió un brazo ni una mano: las heridas dejaron inutilizado su brazo izquierdo.
Cervantes calificó el enfrentamiento como
“la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.
La batalla apareció luego en Don Quijote de la Mancha a través del relato del cautivo.
Entre los combatientes estuvo María la Bailaora, cuyo nombre real se desconoce. La Infantería de Marina española, creada por un decreto refrendado por Felipe II el 27 de febrero de 1537, prohibía el ingreso de mujeres, por lo que se considera que ella se alistó haciéndose pasar por hombre para permanecer cerca de su pareja.
María luchó con un arcabuz de avancarga de cerca de 1,5 metros, eficaz a menos de 50 metros. Marco Antonio Alonso, soldado y testigo del combate, dejó constancia de su actuación en Relación del Progreso de la Armada de la Santa Liga:
“Mujer española hubo, que fue María, llamada la bailadora, que desnudándose del hábito y natural temor femenino, peleó con un arcabuz con tanto esfuerzo y destreza, que a muchos turcos costó la vida”.
Según ese testimonio, María matió a cuchilladas a un adversario con el que llegó a enfrentarse cuerpo a cuerpo. Don Juan le concedió después una plaza entre los soldados del tercio de Lope de Figueroa.
El balance final incluyó la pérdida de 15 galeras de la Liga Santa, 7.650 muertos y 7.778 heridos. La flota otomana perdió otras 15 galeras, mientras que 190 fueron capturadas, aunque el mal estado de muchas obligó a hundirlas.
Las estimaciones citadas sobre el bando otomano ascienden a 30.000 muertos y 8.000 prisioneros. La victoria permitió liberar a 12.000 galeotes cristianos, entre ellos mujeres y niños.
Las primeras noticias del triunfo llegaron a Madrid el 31 de octubre de 1571. Felipe II recibió el 18 de noviembre las primeras cartas de Juan de Austria con un relato más detallado de la batalla.
El Imperio otomano reconstruyó su armada un año después de la derrota. En 1585, Felipe II y Selim II acordaron una tregua que permitió a ambos concentrarse en otras prioridades estratégicas.
Fuente: Infobae