Arte y accesibilidad: derribando barreras hacia la inclusión plena

Cuando no hay un faro que oriente, las corrientes de la marea deciden el rumbo. La accesibilidad —en sus dimensiones urbana, digital, cultural y actitudinal— junto con el rol del arte y el diseño universal como catalizadores de cambio, son los ejes de esta reflexión. Durante siglos, y a menudo sin un nombre claro, hemos abordado la accesibilidad con soluciones parciales: rampas improvisadas que aparecen justo para la foto y desaparecen minutos después. Un ascensor descompuesto, enlaces inaccesibles, sistemas frágiles, catálogos ilegibles, espacios públicos bloqueados; todos compiten por el primer lugar en el abandono. Estas prácticas repetitivas solo refuerzan visiones limitadas, reducidas y obsoletas que alimentan la exclusión, la cual, agotada y profunda, clama por atención.

Desglosar el concepto de accesibilidad y reubicarlo nos permite distinguir entre derechos genuinos y actos de caridad. Una mirada paternalista o instructiva solo modifica temporalmente una parte de la historia, obligando a una delegación para que hechos similares continúen en un camino de compasión, llegando a una meta finita y complaciente que no satisface.

Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), se estima que el 16% de la población mundial, es decir, 1.300 millones de personas —una de cada seis— vive con alguna discapacidad. Ante esta cifra, surge una hipótesis sociológica contemporánea ineludible: ¿Qué sucede cuando una persona no puede ingresar a un centro, museo, espacio público o privado para realizar un trámite, presencial o en línea, recibir atención digna en un comercio o cruzar una calle sin obstáculos ni averías? La deficiencia no está en el individuo, sino en la falta de entornos accesibles, en las barreras físicas, comunicacionales y actitudinales que se presentan, se imponen y nos desarman.

Un grupo de personas recorre la galería adaptada con esculturas e itinerarios táctiles en el Museo del Louvre

Tomando el arte como excusa frente a tantas deudas pendientes, podemos vislumbrar obras que actúan como faros conceptuales y prácticos. El caso más desarrollado es el de la Fundació Joan Miró, en Barcelona. Creada en 1975 en diálogo entre Joan Miró y el arquitecto Josep Lluís Sert, la institución demostró, con anticipación a las normas internacionales y con excelencia estética, cómo ambos profesionales interactuaron con desafíos e ideas y materializaron en un mismo espacio diseño e inclusión universal. Alrededor de un patio central, el edificio permite un recorrido continuo en bucle, evitando pasillos que desorientan; las célebres bóvedas de cañón filtran la luz solar de manera cenital e indirecta, eliminan deslumbramientos y preservan el confort visual de personas con baja visión o sensibilidad lumínica —aunque en los últimos años estos lucernarios ya no se utilizan, la intención original era dar ingreso a la luz natural. A estas decisiones de planos se suma el uso de materiales como hormigón granulado, terracota y madera, que brindan contrastes táctiles y acústicos que guían y simplifican la navegación espacial de forma orgánica y sensorial.

La Fundació Joan Miró, pionera en diseño accesible

Joan Miró dejó, más allá de sus obras, cajones con ficheros, bocetos y notas donde manifiesta un sentido de libertad para la humanidad y una fuerte transformación en el arte. Sus textos confirman la necesidad que tenía de revisar la pintura. Decidido, enérgico y nada sentimental —como él mismo se describía—, llegó a la magia de la línea, que simple y poderosamente es como un puñetazo, una clara manifestación de querer asesinar a la pintura. Hoy, sus piezas, con el paso del tiempo, realzan cada fisura y grieta, pero en la profundidad de las capas se revela la evolución, y la arquitectura de la Fundación se contiene y resguarda su vida y obra. Desglosar aquellos procesos creativos y sensoriales muestra cómo escalas, perspectiva y claroscuros se desprendieron de lo académico. En sus fondos vaporosos y monocromáticos toda su poesía tiene intención. Su potencia y decisión crearon un universo propio, surrealista, influyente y no convencional que hoy continúa siendo un fuerte y luminoso faro.

De otro modo, el Museo del Louvre en París también ha ampliado las fronteras corriendo algunos límites. El conocido lema “Prohibido tocar” queda sin efecto en su Galería Táctil, donde hay réplicas tridimensionales en resina y mármol diseñadas expresamente para el disfrute háptico de personas con discapacidad visual. Y en esta modificación de rumbo, el desafío es lograr un cambio de actitud que va de la fatiga, el desconocimiento y el cansancio a un rol activo de participación consciente que interactúa, comprende, conecta y siente.

El Museo del Prado en Madrid, con su proyecto Hoy toca el Prado, integró imágenes en relieve de alta definición y audio descripciones detalladas, demostrando que las grandes obras maestras pueden experimentarse plenamente más allá de la vista.

Un pavimento podotáctil instalado en una calle de Japón facilita la orientación de personas con discapacidad visual.

Suecia y Japón, modelos de accesibilidad urbana

Fuera de los ámbitos museológicos, el diseño público también deja huellas políticas y sociales. Países como Suecia y Japón han convertido la accesibilidad en la norma de sus entornos urbanos: desde el despliegue sistemático de pavimentos podotáctiles para la navegación de personas ciegas, hasta el transporte público 100 % adaptado. Todos estos modelos no deben percibirse como exigencias inalcanzables para la gestión cotidiana, sino como coordenadas que marcan el rumbo. Las decisiones inteligentes donde los valores están al servicio de los principios y el bien común demuestran con solidez qué espacios fueron pensados para la diversidad y qué entornos se alteraron o crearon para aumentar su alcance, ofreciendo igualdad de posibilidades y mayor autonomía.

Son varios los desafíos vigentes, algunos inmediatos y posibles, otros utópicos y lejanos, pero las necesidades de esta época son urgentes y no solo se trasladan a una arquitectura sin barreras de la vida cotidiana. A pesar del acelerado desarrollo tecnológico, un alto porcentaje de sitios web presenta fallas graves de accesibilidad: contrastes insuficientes, ausencia de textos alternativos para lectores de pantalla, falta de robustez, incompatibilidad con lectores de pantalla e inestabilidad. Esta omisión margina a millones de personas en el mundo digital, en la educación, la información y la economía.

En el ámbito empresarial y comercial, las fronteras más difíciles de derribar no son solo de hormigón; también pertenecen al mundo actitudinal. La falta de formación en el servicio al cliente deriva con frecuencia en incomodidad y uso de terminologías inadecuadas. Integrar la accesibilidad en el sector privado requiere superar el simple cumplimiento burocrático y asumir un compromiso transformador: capacitar a los equipos en atención adaptada, adoptar pautas de lectura fácil y aplicar el diseño universal desde la concepción de cada producto, servicio o sistema.

Los cambios requieren compromiso colectivo y el reconocimiento de la necesidad de transformación desde la acción individual, sin depender únicamente de promulgaciones legislativas o de grandes proyectos arquitectónicos. El cambio cultural se articula en las decisiones cotidianas, dando la importancia que merecen los principios y valores. La accesibilidad cultural no está ajena a esto y es, por definición, la posibilidad real e igualitaria de participar, disfrutar y crear en la vida cultural, artística y patrimonial de una sociedad. Conocer la existencia de ese faro —tantas veces incómodo— no es un deseo: es un deber político, corporativo e individual que nos involucra e interpela. Y nos ofrece una oportunidad histórica para construir una comunidad que evolucione positivamente y marque un hito para la humanidad.

Fuente: Infobae

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