Las grandes potencias siempre equilibran cooperación y competencia. Colaboran cuando es inevitable, por ejemplo, para evitar situaciones que desencadenen daños irreversibles entre ellas o hacia terceros. Pero también compiten por la lógica del poder, explotando al máximo las debilidades de sus rivales, aliados u otros actores. Esto implica que cada nación debe fortalecerse internamente para ganar grados de libertad y no exhibir puntos vulnerables. Los países que construyen proyectos nacionales propios son quienes logran desarrollar las capacidades para negociar y defender sus intereses. Quienes no lo hacen, siguen dependiendo de otros.
A pesar de intereses compartidos en el pasado, la relación entre Estados Unidos y China avanza hacia una “competencia estructural”, impulsada por una fuerte confrontación tecnológica cuyo epicentro es la inteligencia artificial. Este enfrentamiento se extiende a la arquitectura financiera global y las reglas del comercio internacional. China afronta una desaceleración económica y retos demográficos y estructurales. Estados Unidos, por su lado, lidia con la desindustrialización y una pérdida de competitividad frente a China, que sigue dominando sectores tradicionales como acero, químicos, textiles, maquinaria industrial, farmacéuticos y aviación, además de actividades vinculadas a nuevas tecnologías. Ninguno tiene un camino fácil. El terreno tecnológico es hoy el más conflictivo. Donald Trump y Xi Jinping han coordinado entregas sucesivas de insumos como tierras raras y microprocesadores de anteúltima generación, y habrían definido cómo manejar eventuales peligros provenientes de las IA o “superinteligencias” en el ámbito nuclear o equivalente, que los afectarían mutuamente. Fuera de eso, seguirán compitiendo ferozmente y prometiéndose que “jamás” frenarán su crecimiento (Trump dixit), pues Estados Unidos cree llevar la delantera frente a China y al resto del mundo, e intentará impedir que lo alcancen. Esto implica inversiones colosales de ambos lados.
El costo descomunal de las guerras
Estados Unidos mantiene 750 bases militares en 80 países para ejercer su dominio global. Estas fueron relativamente seguras, incluso en Irak y Afganistán, hasta que Irán destruyó el primer día de combates la importante “Naval Support Activity Bahrein”, sede de la Quinta Flota. Durante el resto del conflicto, resultaron severamente dañadas otras bases en Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Irak, Omán y Jordania, junto con decenas de aeronaves. Esto encareció la guerra, pues se debieron utilizar bases operativas más alejadas del centro de operaciones. A esto se suma el uso de costosos sistemas de protección antiaérea como Patriot y THAAD, para defenderse de misiles y drones mucho más baratos lanzados por los iraníes. La costosa e innecesaria guerra contra Irán ya le ha costado a Estados Unidos unos 44.000 millones de dólares. Eventualmente, China, que posee muchos más drones y misiles que Irán, podría usarlos contra bases estadounidenses en Japón, Corea del Sur, Australia, Filipinas, Guam e incluso Hawái si se iniciara un conflicto armado por Taiwán, lo cual dificultaría la defensa estadounidense. Tampoco puede cerrar ahora sus costosas bases, pues sería una señal de retirada que sus aliados verían muy mal. Mientras tanto, China construyó durante décadas más de 3.000 refugios reforzados para aeronaves, todos extremadamente costosos. Las inversiones en nuevos sistemas de armas (drones, misiles, microprocesadores, combustibles) son astronómicas. Grave es lo que ocurre desde hace cinco años en la guerra entre Rusia, la OTAN y Europa en territorio de Ucrania: una destrucción sistémica de redes eléctricas, ferrocarriles, ciudades, puertos, edificios y material bélico, y lo más grave, una enorme cantidad de vidas humanas, que aún sigue escalando.
Conflicto industrial: descentralización china frente a centralización estadounidense
Se observa un nuevo ciclo de inversiones y apertura de fábricas chinas en todo el mundo. Esto responde a las limitaciones que algunos países imponen a la importación de productos industriales chinos, especialmente visible en el sector automotriz. La Unión Europea aplica derechos compensatorios adicionales a los autos eléctricos chinos. Brasil subió al 35% el impuesto de importación de vehículos electrificados terminados y de sus kits. Son políticas de Estado que defienden intereses nacionales. Empresas chinas como BYD, Chery, XPeng, GAC, Leapmotor, Geely, GWM, Changan, Omod, Jaecoo y Jetour ya se han instalado o lo harán próximamente, en alianza con firmas locales y utilizando antiguas plantas de Nissan, Stellantis, Ford, Mercedes Benz y Renault en diversos países de Europa (Hungría, Austria, España y Francia) y en Brasil (varias plantas), aprovechando las facilidades del gran mercado europeo (donde deben cumplir normativas especiales) y el Mercosur a través de Brasil, que también tiene acuerdos con México.
Por su parte, Estados Unidos avanza en sentido opuesto, centralizándose sobre sí mismo para depender menos de proveedores externos. Ha anunciado la instalación de una mega planta siderúrgica en Iowa. La obra costará 15.000 millones de dólares, para producir 10 millones de toneladas de acero al año, con una proyección de 8.000 puestos de trabajo entre la etapa de construcción y la manufactura. La empresa Masabi Metallics, de capitales indios y presidida por Rewant Ruia, construirá dicha planta utilizando mineral de hierro de una nueva mina (de la misma empresa) en Minnesota, la primera en abrirse en los últimos 50 años. Según Washington, sería la planta siderúrgica más grande en la historia de Estados Unidos.
Conclusiones
Hablar del costo del conflicto entre Estados Unidos y China no implica solo una opinión negativa por el inmenso y horroroso despilfarro de fondos aportados por sus respectivos ciudadanos, sino también por el daño menos visible que causan a terceros países debido a la desenfrenada aceleración de sus “áreas de influencia”, en busca de obtener recursos de otros para sí o para recortárselos a su oponente. Esto no es poco, pues para lograrlo apelan no solo a la fuerza bruta, sino a diversas técnicas de cooptación y control social. Incluso se atreven a quitar soberanía, tratando de influir en elecciones democráticas de países periféricos mediante la guerra cognitiva, especializada en la manipulación a través de redes sociales, sostenida por grandes empresas tecnológicas y mega corporaciones financieras, enmascaradas detrás de estas acciones.
La respuesta que tienen los terceros países ante esta situación de dominación y control es desarrollar fuertes capacidades propias que generen los mecanismos necesarios para defender los intereses nacionales y así lograr una negociación más equilibrada, evitando interferencias ajenas a las soberanías nacionales.
Por otro lado, imaginemos que haya menos competencia y más cooperación entre las superpotencias. Supongamos que esos vastos recursos se vuelquen a desarrollar más tecnologías, pero en lugar de usarlas negativamente como hasta ahora, se focalicen en mejorar la calidad de vida de sus pueblos y del resto de las poblaciones globales. Parece por ahora bastante utópico, pero no faltan importantes defensores de un orden global más justo y equilibrado, con reglas cumplidas por todos los países, grandes y pequeños. Como el ser humano ha vivido siempre en comunidad, es necesario lograr un orden más humano y menos robotizado, donde se invierte mucho dinero para dar características humanas a los robots (humanoides), mientras se robotiza (o se atonta, embrutece, entretiene) la mente de las personas, cada vez más reclusas y aisladas, fomentando un ultraindividualismo que atenta contra la salud humana (tantos suicidios de jóvenes no son casualidad) y la caída de la capacidad intelectual global, como lo muestran las pruebas PISA. Además, se precariza el trabajo de vastas poblaciones, siendo el trabajo un constructor de la dignidad humana. Esta problemática, provocada por el uso mercantilista e irracional de las nuevas tecnologías, ha escalado globalmente y hoy es tendencia en los debates de los países más desarrollados.
Un leve optimismo surge desde sectores religiosos e intelectuales, en especial por el accionar del Papa León XIV (y anteriormente por Francisco), quien mediante su encíclica “Magnifica Humanitas”, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, ha criticado este extremismo materialista que destruye milenarios conceptos de comunidad, justicia social y Bien Común, y deposita esperanza en las nuevas generaciones juveniles como “capaces de construir comunidad”. Esta prédica ecuménica contra los excesos del consumismo materialista o del juego, incitado por anónimas plataformas que generan ludopatías, muestra la necesidad de una vida más espiritual que dé esperanza al vacío existencial actual, y está empezando a encontrar eco entre los jóvenes del mundo, que se acercan en busca de respuestas, tratando de encontrarle sentido a sus vidas en un mundo convulsionado por guerras y agitación política.
También es destacable la promoción de la paz, tratando de desarmar las “guerras religiosas” inducidas y promovidas por no religiosos, pero muy amantes de la financiación de la renovación de sistemas de armas. Llamó la atención el prolongado aplauso que la comunidad musulmana en Francia brindó al Papa León IV precisamente por estas iniciativas. Todo un soplo de esperanza para el humanismo, la libertad y el derecho de los pueblos a ser más felices.
Fuente: Infobae