Durante mi infancia, cada noche me acomodaba frente a la ventana para observar la esquina por donde debía llegar mi papá. Necesitaba verlo desde una cuadra antes. Analizaba su caminar: si era rápido, lento o tambaleante. En esos pocos segundos intentaba adivinar lo que nos esperaba esa noche, aunque nunca sirviera de nada.
En ese entonces no conocía términos como «hipervigilancia», «angustia anticipatoria» o «inversión de los cuidados». Sin embargo, ya había desarrollado un «kit de supervivencia mental» para mí, mi hermano y mi mamá.
En la consulta, he atendido a muchos niños y niñas que viven en ese mismo «estado de alerta». Las sustancias pueden variar —alcohol, cocaína, marihuana, psicofármacos usados de manera compulsiva—, pero en sus historias se repite una vivencia: la vida familiar comienza a girar en torno al consumo y a los cambios que provoca en el adulto responsable de cuidar.
Los niños y niñas aprenden a reconocer el ruido de una llave, la forma de apoyar los pies, el volumen de la voz, una respiración, una mirada o una demora. Señales que para otros pasarían inadvertidas adquieren un «valor premonitorio». Les permiten anticipar el estado del adulto y calcular cómo comportarse. Cada uno sabe cuándo conviene hablar, esconderse, distraer a un hermano o permanecer lo más invisible que se pueda.

El cuerpo y la mente se «sobreadaptan» a vivir preparados para la «urgencia». Incluso en los momentos de calma mantienen la tensión de quien espera que algo suceda en cualquier instante. La tranquilidad se convierte en un intervalo frágil y un privilegio que rara vez pueden permitirse; este estado puede perdurar toda la vida.
Los consumos problemáticos afectan a todas las clases sociales. En familias con menos recursos, la situación se vuelve más compleja cuando faltan redes de apoyo, tratamientos accesibles o un lugar seguro al que recurrir. En familias con más recursos, el consumo puede permanecer «encubierto» durante mucho tiempo, mientras la vida exterior continúa normal: trabajo, escuela, rutinas y compromisos. Esa apariencia dificulta reconocer lo que sucede dentro del hogar, y los niños y niñas cargan ese peso invisible.
La ausencia en los cuidados no siempre se manifiesta como un abandono evidente. A veces el adulto está presente pero «no se encuentra psíquicamente disponible». La seguridad material y la seguridad afectiva son experiencias distintas.

La ficción también refleja esta realidad. En la novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Țîbuleac, la autora muestra con crudeza poética ese desgarro. Mika, una niña pequeña, muere de forma inesperada; su hermano mayor, Aleksy, tiene ocho años. La pérdida destruye a la familia. La madre queda meses en un estado casi catatónico, aferrada a los guantes de la niña fallecida, y rechaza a Aleksy cada vez que intenta acercarse. El padre, que ya bebía antes de la tragedia, intensifica el consumo de alcohol hasta pasar los días ebrio y finalmente abandona a la familia.
Mientras cada adulto queda sumergido en su propia devastación, el hijo se pierde. Aleksy crece sintiéndose ignorado, rechazado y culpable por haber sobrevivido. Ese «desamparo» se transforma con los años en violencia hacia los demás y hacia sí mismo.
He acompañado procesos de «resignificación» en terapias familiares y vinculares de estos momentos complejos. Cuando se ponen en palabras la adicción, el rechazo, la distancia y se explica que muchas conductas vividas en el hogar tienen una razón profunda, resulta un alivio reparador.
El trabajo lleva tiempo, pero el reconocimiento devuelve coherencia a fragmentos, validación a sentimientos ignorados y esperanza de recuperar el vínculo.
No hablar de lo que pasa dentro de una familia ante una tragedia, enfermedades o consumos profundiza el daño psíquico.

El secreto ocupa un lugar central. Muchas familias niegan, minimizan o disfrazan el consumo y las pérdidas. Muchas no saben cómo enfrentarlo, otras son inconscientes de lo que les ocurre.
Los niños y niñas más pequeños perciben que existe algo prohibido de mencionar, aunque nadie lo haya dicho explícitamente. Cuando crecen, callan por vergüenza, por temor a las consecuencias y también por amor. Intentan proteger la imagen de su mamá o papá. Evitan invitar amigos, inventan excusas, limpian rastros. Disimulan y simulan otra vida, como pequeños actores.
En esos vínculos conviven el amor, el miedo, la bronca, la necesidad y la esperanza. Un niño puede temer la llegada de su padre y al mismo tiempo esperar que llegue; enojarse con su madre y protegerla frente a otros; desear alejarse y sentirse culpable por hacerlo. Contar lo que sucede puede sentirse como una traición hacia la misma persona de quien necesita protegerse. También aparece el miedo a ser separado de su familia y a que la revelación provoque algo peor.
Los lugares, roles y funciones se pervierten. Niñas y niños cuidan a sus hermanos, contienen al adulto, esconden llaves, revisan medicamentos, evitan discusiones o se ocupan de que la casa funcione. En psicología llamamos «parentificación» a esta inversión de responsabilidades, donde los hijos terminan asumiendo tareas materiales y emocionales que corresponden a los adultos. Profundicé sobre este fenómeno en esta columna.

La «sobreadaptación» de un niño es siempre «beneficio adultocéntrico» y puede ser celebrada por la escuela y la familia, mientras encubre un enorme costo psíquico. Otros niños y adolescentes expresan el dolor mediante dificultades para aprender, irritabilidad, aislamiento, síntomas, problemas de sueño, miedo, agresividad o consumos propios. Cada uno utiliza los recursos disponibles para atravesar aquello que supera su capacidad de sostén y elaboración.
Un metaanálisis publicado en la revista Addiction en 2023 reunió 17 estudios y datos de más de 47.000 participantes. Encontró que crecer con el consumo problemático de la madre o del padre se asociaba con mayores dificultades emocionales y conductuales y con una mayor probabilidad de desarrollar consumos propios. Aquello que durante la infancia permitió sobrevivir a una vida imprevisible puede continuar actuando mucho después, cuando el peligro ya pasó.
Estas experiencias dejan marcas, a veces graves y persistentes. Algunas personas logran elaborar parte de lo vivido cuando encuentran adultos confiables, vínculos estables y espacios de tratamiento. Otras continúan soportando durante años el costo psíquico de su «infancia invisibilizada».
La posibilidad de recuperación existe, pero requiere tiempo, recursos y condiciones reales de cuidado.

Los dispositivos de atención suelen concentrarse en la persona que consume. Mientras tanto, los hijos e hijas permanecen en un segundo plano, como acompañantes silenciosos de un problema adulto inabordable. Pocas veces reciben un espacio propio donde elaborar el «miedo, el enojo, las responsabilidades asumidas» y las escenas que continúan habitando su memoria.
Ningún niño ni ninguna niña debería crecer sosteniendo lo que desborda a los adultos, ni acomodar su vida alrededor de sus crisis, sus pérdidas o sus consumos. La «infancia es para siempre».
Asumir el cuidado del sistema familiar fragilizado y de los niños atrapados en estas lógicas es responsabilidad de los adultos, las instituciones y de toda la sociedad.
Cuidarlos también es devolverles el derecho a vivir su infancia.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
Fuente: Infobae