Fue la primera fuerza policial moderna y profesionalizada del mundo. Aunque su nombre sugiere un origen escocés, nació en las neblinosas calles de Londres hace casi dos siglos. Su denominación oficial es Policía Metropolitana de Londres, pero el mundo la conoce como Scotland Yard por su primera sede, ubicada en un viejo palacio en el número 4 de Whitehall Place, cuya puerta trasera daba a la calle Great Scotland Yard, cerca del Támesis.
La fuerza se creó el 29 de septiembre de 1829 mediante una ley impulsada por el ministro del Interior, Sir Robert Peel, para reemplazar el antiguo sistema de vigilantes de la ciudad, que incluía a la Policía del Támesis y las patrullas de Bow Street, un pequeño cuerpo organizado a mediados del siglo XVIII por el novelista y magistrado Henry Fielding y su hermanastro, Sir John Fielding.
Por el nombre de su fundador, los londinenses llamaron a sus primeros agentes bobbies o peeles, y sus uniformes se volvieron una imagen cotidiana.
“Su función inicial era la de una fuerza de prevención del delito, porque si hay que investigar un crimen, este ya se ha cometido. Pero, por supuesto, dada la naturaleza misma del trabajo de Scotland Yard, termina llevando a cabo investigaciones bastante pronto”
explica Simon Read, autor de Scotland Yard: A History of the London Police Force’s Most Infamous Murder Cases, obra que reúne datos curiosos, hitos y desafíos de la Policía Metropolitana.

Detectives de civil
En 1842, para investigar con mayor eficacia, Scotland Yard puso en servicio a sus primeros agentes de civil. La medida generó un fuerte rechazo social y protestas públicas, acusándolos de “espías”. La División de Detectives de Scotland Yard fue la primera del mundo y al inicio contaba solo con dos inspectores detectives, dos oficiales superiores y seis sargentos, que dependían de las comisarías locales y operaban con relativa independencia de la sede central.
Esa libertad no resultó tan beneficiosa, pues algunos agentes se vieron envueltos en casos de venta de protección policial y corrupción. Tras un escándalo de apuestas en 1877, se creó el nuevo Departamento de Investigaciones Criminales (CID).
“Era un cuerpo más profesional, más estructurado y operaba centralmente desde la sede central. A partir de 1878, todos los detectives dependían de la sede central con una estructura de mando más ágil. Los agentes del CID eran considerados más capacitados y recibían un salario mayor. Realmente se los promovió como la élite y comenzaron a beneficiarse de los avances en las técnicas de lucha contra el crimen que la División de Detectives original no tenía a su disposición”
señala Read.

Adelantada en métodos forenses
Scotland Yard fue pionera en el uso de métodos forenses que combinaban instrumentos científicos con el trabajo detectivesco. Fue una de las primeras fuerzas en aplicar la balística para identificar armas, así como en realizar análisis de sangre y exámenes toxicológicos para esclarecer asesinatos por envenenamiento, frecuentes en la segunda mitad del siglo XIX debido a la facilidad para conseguir sustancias como arsénico, estricnina y cianuro.
También fue la primera fuerza de un país de habla inglesa en utilizar huellas dactilares para identificar víctimas y victimarios. Contaba con una oficina específica cuyo jefe, Edward Henry, desarrolló un sistema de clasificación por características, adoptado internacionalmente hasta la década de 1990. Otra innovación fue la utilización de perros de rastreo en investigaciones criminales. Decenas de curiosos se reunían en Hyde Park y Regent’s Park para ver los entrenamientos y observar cómo los animales identificaban a una persona por el olor de una prenda.

Jack y el primer perfil criminal
La imagen de Scotland Yard como fuerza eficiente sufrió el golpe más duro de su historia en 1888, cuando no pudo identificar ni capturar a Jack el Destripador, el asesino en serie que aterrorizó Londres, asesinando a por lo menos cinco prostitutas en menos de dos meses antes de desaparecer.
A pesar de las críticas del público y la prensa, la fuerza realizó una minuciosa investigación: dedicó un centenar de agentes al caso, entrevistaron a testigos casa por casa, analizaron material forense con los métodos más avanzados de la época. Se tomaron más de dos mil declaraciones, se investigó a unas trescientas personas y hubo ochenta detenidos, pero ninguno resultó ser Jack.
El caso también dio lugar a la elaboración del primer perfil criminal de la historia policial, a cargo del médico forense Thomas Bond. Tras analizar toda la información disponible, el experto rechazó que el asesino tuviera conocimientos científicos o anatómicos, o “el entendimiento técnico de un carnicero o matarife”. Sostuvo que debía tratarse de un hombre solitario, sujeto a “ataques periódicos de manía homicida o erótica” e hipersexual, y que “el impulso homicida podría haber surgido de alguna condición mental de venganza o melancolía, o una manía religiosa, aunque no creo que ninguna de estas hipótesis sea procedente”.

El doctor Bond confirmó también que se trataba de un solo criminal.
“No cabe duda de que los cinco asesinatos fueron cometidos por la misma mano. En las primeras cuatro (víctimas), las gargantas parecen haber sido cortadas de izquierda a derecha y en la última, debido a la extensa mutilación, es imposible decir en qué dirección se hizo el corte fatal, aunque se encontró sangre arterial en la pared, salpicada cerca de donde la cabeza de la mujer debió haber estado. Las circunstancias en torno a los asesinatos me llevan a deducir que las mujeres estaban recostadas al momento de ser asesinadas, y en todos los casos (el asesino) cortó primero la garganta”
escribió en su informe, hoy una pieza emblemática de la historia criminal.
Entre los detectives que participaron en la fallida captura de Jack el Destripador estaba un joven que se convertiría en leyenda: Frederick Porter Wensley, apodado “la comadreja”. Se incorporó a la policía en 1888 y su carrera de casi cuarenta años incluyó muchos casos resonantes. En noviembre de 1917 resolvió el asesinato de la francesa Emilienne Gerard, de 32 años, cuyo torso fue hallado por barrenderos junto con una nota que decía “Bélgica Sangrienta”, con un error ortográfico. Wensley interrogó al amante de Gerard, Louis Voisin, y le pidió que escribiera el mensaje. Voisin cometió el mismo error ortográfico, permitiendo identificarlo como el asesino.

Las manchas negras
En sus casi dos siglos de historia, Scotland Yard ha sido acusada por excesos represivos. Un hecho notable fue el comportamiento durante los disturbios del West End en 1886, cuando una multitud protestó por el alto desempleo y la difícil situación económica. Los hombres de Scotland Yard reprimieron salvajemente, pero no pudieron impedir los destrozos de negocios y propiedades.
“No nos sorprende la incapacidad de la policía para controlar a una turba. Hemos tenido demasiada experiencia con su aptitud e impotencia”
criticó la Pall Mall Gazette. Ese mismo año, el Parlamento aprobó la Ley de Daños por Disturbios, que obligaba a pagar indemnizaciones con fondos destinados a la policía.
Otro duro golpe fue el asesinato del electricista brasileño Jean Charles de Menezes. El 22 de julio de 2005, durante la investigación de los atentados de Londres de ese año, agentes confundieron a Menezes con un terrorista suicida, le dispararon y causaron su muerte. Menezes vivía en un piso vigilado, vestía ropa holgada y, según la policía, se parecía a un sospechoso etíope arrestado posteriormente. En noviembre de 2007, la Policía Metropolitana fue declarada culpable por violar las leyes de seguridad e higiene laboral, con una multa de 175.000 libras esterlinas (unos 350.000 dólares de la época), más costos procesales. Ningún agente ni mando superior enfrentó cargos criminales, lo que desató fuertes críticas.

Personajes de novela
Con el tiempo, los agentes de Scotland Yard se convirtieron en personajes de la literatura policial. Charles Dickens solía acompañar sus patrullas nocturnas y se inspiró en el inspector Charles Frederick Fields para crear al perspicaz inspector Bucket, protagonista de su novela Casa Desolada.
Dickens contribuyó a realzar la reputación de los detectives. Como director del semanario Household Words, invitaba a miembros de la División de Detectives a su oficina, donde bebían brandy, fumaban puros y contaban historias.
“Con ese material terminó publicando una serie de perfiles anónimos sobre ellos, además de entablar una gran amistad con Fields, a quien transforma en el inspector Bucket y lo retrata como un intelectual creativo, como un conocedor de arte que puede mirar un cuadro y saber que debe haber sido pintado por Monet”
relata Read. Sin embargo, esos perfiles fueron un arma de doble filo, porque los hombres de carne y hueso, humanos y falibles, nunca estaban a la altura de los protagonistas de los textos de Dickens.

Otros autores fueron menos benévolos. Sir Arthur Conan Doyle no perdió oportunidad de ponerlos en ridículo, con tramas donde siempre eran superados por el ingenio de Sherlock Holmes. Lo mismo hizo Agatha Christie con su detective Hércules Poirot, que resolvía todos los casos antes que su rival de Yard, el inspector Japp.
A sus 197 años, Scotland Yard es una de las fuerzas policiales más grandes del planeta, con 32.135 agentes uniformados e investigadores, más 11.500 empleados civiles, agentes comunitarios y oficiales especiales. Desde 2016 tiene su sede en el edificio Curtis Green, en el Victoria Embankment de Londres, cuyo lema reza: “Working together for a safer London” (Trabajando juntos por un Londres más seguro).
Fuente: Infobae