Coleccionista de juguetes antiguos cuenta historias de desapariciones misteriosas

En un rincón de Buenos Aires, rodeado de estanterías repletas de juguetes de hojalata, muñecas y alcancías de terracota, vive Daniel Sudalsky, un coleccionista de 72 años que ha convertido su pasión en un modo de vida. Su showroom, conocido como Mi antiguo juguete en Instagram (@mi.antiguo.juguete), es el resultado de décadas de búsqueda y preservación. Desde 1989, cuando decidió formalizar su afición, este exjefe de Relaciones Institucionales de una empresa tecnológica ha construido un inventario que supera las 700 piezas, abarcando desde finales del siglo XIX hasta la era espacial.

De la acumulación a la investigación

Sudalsky no solo compraba juguetes; investigaba su origen. Junto a su amigo Diego Lascano, coescribió un libro de referencia sobre la historia del juguete argentino. Para él, coleccionar es una combinación de rigor histórico y la adrenalina de la “cacería”. Durante casi cuatro décadas, ha recorrido ferias, negocios de compraventa y rutas enteras para dar con piezas únicas.

Cuando se le pregunta por el inicio de su interés, responde:

“Mirá, creo que todos tenemos adentro cuando somos chicos, sobre todo, como un bichito que nos hace coleccionar algo: piedritas, estampillas, monedas, insectos. Después esa pasión por acumular cosas similares se va perdiendo. Pero en mi caso quedó latente y cuando apareció un juguete que era de mi padre en un armario, había como una magia en ese juguete”.

El primer juguete, un auto de carrera de la década de 1920 que perteneció a su padre, desapareció sin dejar rastro. “Tal vez esa pérdida hizo que yo quisiera de alguna manera recuperar ese y otros”, confiesa.

Al principio, le atraía la estética, pero luego se interesó por el contexto: “Quería saber qué era ese juguete, de dónde provenía, quién lo había fabricado, en qué época”. Su colección creció sin criterio al comienzo, pero con el tiempo se especializó en juguetes de hojalata de industria argentina, un nicho poco explorado.

Respecto a la opinión de familiares y amigos, Sudalsky explica que hay dos tipos de personas: las de interiores y las de exteriores.

“Los que están en el otro mundo, en el mundo de los exteriores, de los deportes, que no guardarían ni un tornillo, si saben que ese tornillo vale 10 pesos lo venden o lo tiran. Esa gente, si entra a mi casa, por ahí ni se da cuenta o les parezco un loco. Los comentarios son: ‘Estás totalmente loco. ¿Qué es esto? ¿Cuánto pagaste esto?’. Yo mejor ni les digo”.

Daniel junto a una muñeca de su colección. (Foto: Gastón Taylor)

La pasión por la cacería y los precios

Sudalsky asegura que lo que más le apasiona es el proceso de conseguir los juguetes. “Lo más loco que hice fue pedirle a un amigo que me lleve hasta Bahía Blanca de un día para el otro porque había aparecido un lote de juguetes. En esa época no había WhatsApp, no había fotos, era solamente una descripción verbal. Al otro día mi amigo estaba manejando y estábamos yendo a Bahía Blanca, una locura absoluta, y no sé si me traje dos juguetitos. No valió la pena, pero en ese momento estaba en el pico del coleccionismo”.

En cuanto a los precios, afirma que no hay tope. “Depende de las ganas que tenga la persona de tenerlo”. Menciona el caso de una muñeca que apareció en un domicilio argentino y una coleccionista estadounidense de 85 años pagó $70.000 dólares por ella. En el mercado local, los juguetes pueden costar entre $50.000 y $200.000. Factores como la rareza, el estado de conservación, la caja original y la deseabilidad determinan el valor. “No por raro un juguete puede valer; tiene que ser parte de alguna colección que interese”, aclara.

Entre sus piezas más antiguas destaca una estructura con dos payasos que ruedan por gravedad, de aproximadamente 1890, que le costó unos 600 dólares. También conserva una señora con canastito de 1900.

Una de las anécdotas que más recuerda ocurrió en 1998, en una feria en Atlantic City. Un importante coleccionista de Disney vio un Mickey y Minnie Mouse de madera hechos en Italia. “Me dijo que quería comprármelo y le dije que no, que no estaba a la venta. A los tres años me llamó y me ofreció una cifra muy alta que me solucionaba un montón de cosas en la vida. Lo dejé ir, pero todavía me arrepiento”.

Experiencias paranormales con los juguetes

Sudalsky relata dos incidentes que califica de paranormales. El primero involucra a un muñeco que un amigo aseguraba que “le golpeaba la puerta del armario desde el lado de adentro”. El coleccionista lo había guardado para tranquilizar a su visitante, pero el amigo insistía en que el muñeco tenía vida.

La segunda historia es más perturbadora: un maniquí tamaño niño vestido como Buck Rogers, el superhéroe intergaláctico de los años 30. Se lo vendió a un empresario para decorar su oficina. Años después, quiso recomprarlo y el empresario le contó que los empleados pidieron que lo sacaran porque “los miraba mal y se movía”. Cuando lo retiró y lo llevó a su casa, se quemaron las computadoras de la empresa. Tiempo después, al mudarse, el maniquí simplemente desapareció de la caja donde lo tenía guardado. “Tenía cámaras en su casa y no pasó nada. El muñeco desapareció”, dice Sudalsky.

Buck Rogers, el superhéroe intergaláctico de los años 30, juguete que desapareció.

Finalmente, cuando se le pregunta qué juguete elegiría si un hada le concediera darle vida a uno, responde:

“En general todos los muñecos o juguetes que tengo ya tienen de alguna manera una vida propia, porque son animados o tienen mecanismos que se mueven. A pesar de los años que tengo, no quisiera que ninguno salga de ese plano. Nosotros estamos en este plano y ese es el mundo de los juguetes. Ellos viven en otra galaxia y me parece que no hay que sacarlos de ahí”.

Y concluye con la certeza de que su infancia nunca termina de irse.

Fuente: Infobae

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