Durante seis años, Silvia Albarenque repetía en pequeños papeles una sola súplica: «Madre nuestra, me quiero ir». Esta mujer, que en aquel entonces llevaba el nombre religioso de hermana María Teresa de la Eucaristía, ingresó al convento Carmelo de Nogoyá a los 18 años. Pero apenas cuatro años más tarde, su vida dio un giro aterrador.
La historia de Silvia, quien ingresó a la vida religiosa en 1999 buscando un refugio espiritual, se convirtió en el origen de la serie Cautiva, recién estrenada en la plataforma Flow. Lo que encontró en el convento fue una pesadilla de torturas físicas y abusos psicológicos.
En la clausura del Carmelo, convertida en Carmelita Descalza y sin contacto con el exterior, la mordaza, el látigo y el cilicio se volvieron parte de su día a día. Cuando intentaba quejarse, la entonces priora, Luisa Toledo, la callaba a la fuerza. Primero, Toledo aisló a Silvia de su familia, negándole visitas bajo distintos pretextos. Luego, guardó en un cajón todas las solicitudes de exclaustración que ella presentaba.

El año 2013 fue un punto de inflexión. Toledo, finalmente, autorizó que la madre de Silvia fuera a buscarla, pues la joven presentaba un estado físico y psíquico deplorable. Estaba extremadamente delgada, pálida, con un aspecto «cadavérico». Tenía problemas para comer, dormir y caminar, e incluso le costaba tomar decisiones sencillas.
En 2016, una investigación periodística sacó a la luz el caso. La justicia imputó a Luisa Toledo y la separó de la dirección del convento. Meses más tarde, el Vaticano, mediante un documento firmado por el papa Francisco, también la destituyó. El proceso judicial siguió su curso hasta llegar a juicio.
En junio de 2019, el Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay sentenció a Luisa Toledo a tres años de prisión efectiva. Fue hallada culpable de dos casos de privación ilegítima de la libertad, agravados por violencia, amenazas y la prolongada duración de los mismos.
Tras la apelación, en diciembre de 2020, la Sala I de la Cámara de Casación Penal de Entre Ríos confirmó la condena en su totalidad. Toledo fue enviada a cumplir la pena en la Unidad Penal Nº 6 de Paraná. Este fallo se convirtió en un hito en Argentina: por primera vez, una Carmelita Descalza era encarcelada por abusos de poder.

La entrada al convento
Cuando Silvia llegó al Convento de las Hermanas del Carmelo de Nogoyá, vivía una etapa de gran incertidumbre. Había dejado su pueblo natal, María Grande, para estudiar Psicología en Paraná. Pero su entorno familiar se había desmoronado: sus padres se separaron, su abuelo falleció y ella no sabía qué rumbo tomar.
Silvia era la tercera de seis hermanos y creció en un hogar con una fuerte tradición religiosa por línea materna. En medio de pérdidas y dudas, la vida monástica se presentó como una oportunidad de contención y de darle un nuevo propósito a su existencia.
Tras apenas un cuatrimestre de Psicología, abandonó la universidad y comenzó una nueva vida en el convento, regido por normas muy estrictas que controlaban las relaciones entre las hermanas y el contacto con el exterior.

En ese lugar, las charlas privadas estaban prohibidas. Las visitas de la familia solo se permitían bajo vigilancia y a través de una reja. Con el paso del tiempo, Silvia fue perdiendo progresivamente su autonomía.
El relato del horror
Todo cambió cuando Luisa Toledo se convirtió en priora. Desde entonces, cualquier palabra, gesto o desacuerdo podía interpretarse como una ofensa hacia la superiora.
«Toledo solía decir: ‘Cuando le falta el respeto a nuestra madre, le está faltando el respeto a Cristo'», declaró Silvia durante el juicio, según consta en el expediente judicial.
En el proceso, detalló que las sanciones llegaban por una respuesta considerada irrespetuosa, una tarea incompleta o un gesto que la priora interpretara como desobediencia.
La mordaza era uno de los castigos más comunes. Le colocaban en la boca un tubo de vitaminas perforado, sujeto detrás de la cabeza con un elástico.
«A veces me lo daba tres días, a veces ocho días, depende de lo que ella había considerado cuán grave era lo que yo había hecho», contó Silvia.
Solo podía quitárselo para comer.
Además, la hacían responsable de las faltas de otras monjas.
«La manzana podrida que pudre a todas las demás manzanas del cajón», le decía Toledo para justificar el aislamiento y el ayuno.
«Me encerraban en mi celda, con una botellita de agua en la puerta y un pan en el piso, y con eso tenía que pasar el día», relató.
En otras ocasiones, los encierros duraban más de tres días, con puertas y ventanas clausuradas y sin luz artificial. En varias oportunidades, Silvia pensó en suicidarse.
En esos días, no podía asistir a los recreos (los únicos momentos de conversación entre las monjas), ni compartir las comidas o las tareas comunitarias. A veces debía entrar al comedor cuando ya no quedaba nadie. También le prohibían cocinar, trabajar en la huerta o ayudar a las demás hermanas.
Silvia pidió en decenas de ocasiones que la dejaran salir del convento. Anhelaba retomar el contacto con su familia, a la que no veía desde hacía años. Llegó a considerar escribirle a Alberto Puiggari, entonces arzobispo de Paraná, para pedir su ayuda. Sin embargo, Toledo le prohibió usar lápiz y papel y bloqueó cualquier comunicación con el exterior.
La desesperación la llevó a intentar quitarse la vida. Silvia comenzó a golpearse la cabeza repetidamente contra el suelo. La reacción de la superiora, según su testimonio, no fue permitirle salir ni buscar ayuda, sino imponerle otro castigo: ordenarle que usara un cilicio entre las piernas. Así, mientras Silvia insistía en dejar la vida religiosa, Toledo apelaba al voto de obediencia para retenerla.

El regreso a casa
El retorno fue una experiencia desconcertante. Al entrar a un supermercado, no sabía cómo operaban las cajas ni por qué las cajeras usaban tarjetas de plástico en vez de efectivo. También le costaba cruzar las calles que antes conocía: había automóviles nuevos, semáforos distintos y una terminal de ómnibus que no recordaba.
Mientras ella estaba encerrada, el mundo exterior había cambiado. Internet, que apenas recordaba, se había vuelto algo cotidiano.
Al salir, se enteró de un hecho que transformó al país.
«Yo estuve privada de mi libertad, al igual que una presa pero sin garantías jurídicas. Para que te des una idea, de la crisis de 2001 no supe nada hasta que salí», relató.

Tras pasar su juventud en clausura, Silvia tuvo que reaprender a desenvolverse en el exterior y recuperar su autonomía.
«A veces creemos que la libertad es como un regalo de cumpleaños que te dan y listo. No. La libertad es una conquista», resumió.
Al salir, Silvia empezó a reconstruir su vida y su identidad. Dejó crecer su cabello y abandonó el jumper gris que había usado como religiosa y que siguió vistiendo los primeros meses tras su regreso.
Además, retomó sus estudios y se graduó como docente de Literatura en 2022. En el camino, encontró el amor y decidió alejarse definitivamente de la religión. Se volvió agnóstica y lo explicó así:
«Si Dios es eso que me enseñaron, yo no lo quiero».

Actualmente, Silvia reside en Europa y continúa en proceso de reconstrucción. Admite que aún está intentando comprender quién fue, quién es y quién quiere ser tras una experiencia que marcó gran parte de su juventud. Sin embargo, tiene algo muy definido: después de años en que otros decidían por ella, ahora quiere ser ella la dueña de sus propias decisiones.
Fuente: Infobae