Después de un partido, Laura Montalvo regresaba al hotel y, en lugar de revisar un teléfono, se dirigía a la recepción. “Preguntaba si había llegado un fax para ella”, un gesto que hoy resulta casi anacrónico.
En la década de 1990, esos papeles podían alegrarle la jornada. “Con Paola Suárez dormíamos en la misma habitación y pasábamos mucho tiempo juntas. Llegábamos del club o de comer e íbamos directo a la recepción para ver si nuestros familiares nos habían mandado un fax. Aunque parezca una tontería, nos cambiaba el ánimo recibir uno. Para mejor, por supuesto”, rememora Montalvo.
Esta extenista argentina, que alcanzó el puesto 23 del ranking mundial de dobles y conquistó nueve títulos profesionales, pertenece a una generación que compitió en un tenis radicalmente distinto al actual. Sin equipos multidisciplinarios, calendarios digitales, celulares inteligentes, redes sociales ni comunicación instantánea.
“Nos poníamos a escribir y mandar cartas que nadie sabía cuándo iban a llegar a la Argentina. Y tampoco sabíamos dónde íbamos a recibir la respuesta, porque las giras eran más largas que ahora. Muchas veces las cartas nos llegaban cuando ya nos habíamos ido de esa ciudad”, evoca con una sonrisa.
Hoy, como entrenadora, Montalvo observa ese contraste con perspectiva. “El telefonito cambió todo. El lujo antes era mandar un fax”, sostiene.
Laura tenía 15 o 16 años cuando realizó su primera gran gira como profesional: casi tres meses por Europa junto a su entrenador Francisco Pancho Aranguren y un grupo de jóvenes tenistas argentinas como Valentina Solari, Valeria Strappa y Mariana Díaz Oliva.
“Éramos un grupo grande. Eso era bueno. Era todo nuevo para nosotras. Y estuvimos en lugares complicados”, menciona. Esos lugares incluían países que aún se recuperaban de conflictos bélicos. “Fue increíble. Fuimos al hotel con los refugiados. Y era el hotel oficial del torneo. Una cosa de locos”, rememora.

Montalvo aún recuerda el aterrizaje en Zagreb. “Bajamos del avión y teníamos a todos los soldados esperándonos en la pista para escoltarnos al hotel o al club. Y justamente por la guerra hacíamos vuelos larguísimos para no invadir espacios aéreos. Un vuelo de Viena a Zagreb, de 40 minutos, tardaba una hora y media porque salíamos de Austria y teníamos que dar toda la vuelta para no entrar en zona de bombardeos”, detalla.
Con el tiempo, aquella experiencia adquirió otra dimensión. “Son cosas que te hacen madurar bien rápido. Ves la vida y la muerte. Ves a la gente sin nada”, subraya. Ya en la década de 2000, la exjugadora originaria de Quilmes también estuvo en Sarajevo junto a Florencia Molinero. “Bajamos del avión y dijimos: ‘¡Wow!’. Todo bombardeado, los edificios que apenas se mantenían en pie, las casas todas destruidas. Realmente eran postales muy duras”, describe.
Dentro de los clubes, la actividad tenística continuaba con cierta normalidad. “Te controlaban un montón, eso sí. Tenías soldados por todos lados, pero yo, particularmente, nunca tuve una situación traumática”, recuerda.
Lo que permanece, años después, es el recuerdo de haber conocido una realidad que iba más allá del tenis. “En el momento no reparás en lo que está pasando o lo que estás viviendo, pero después, a la distancia, te das cuenta lo duro que fue”, afirma.
Una generación que se tenía a sí misma
En aquellas giras, Montalvo destaca la camaradería entre las jugadoras argentinas. “Nos ayudábamos unas a otras. Nos teníamos nosotras y nuestros entrenadores. Más allá de que muchas veces compartíamos coaches. Viajamos desde muy chicas y competíamos en lugares particulares con tal de sumar puntos para el ranking mundial”.
Esa generación incluía a Paola Suárez, Mariana Díaz Oliva, Inés Gorrochategui, Betina Fulco y, por encima de todas, Gabriela Sabatini. “Sacando a Gaby, que era una extraterrestre, tuvimos grandes jugadoras en los 90 y en el inicio de este siglo. Suárez fue Top 10 de singles y número uno de dobles. Mariana también. Fue una gran camada”, se enorgullece.
“Betina le ganó a Martina Navratilova, partido que vi en la tribuna y no olvidaré jamás. Estaba Inés que se lesionó mucho, lamentablemente. Después vinieron Gisela Dulko, la Pitu (María Emilia) Salerni. Fueron grandes años. Fijate los rankings que tenían las chicas. Y me estoy olvidando de varias”, amplía.

Del singles al dobles
Montalvo, que aprendió a jugar en el Quilmes Atlético Club, llegó a ocupar el puesto 191° del ranking de singles. Sin embargo, por consejo de Pancho Aranguren, decidió dejar la competencia individual y apostar por el dobles.
“No fue fácil. Me resistía al principio, pero fue la decisión correcta”, remarca. La sociedad con Paola Suárez surgió casi naturalmente: “Ahí descubrimos que con Poli teníamos un feeling impresionante y nos metimos rápido arriba, con un buen ranking”.
Juntas conquistaron ocho títulos de WTA y cuatro de ITF. Montalvo también ganó otro torneo WTA junto a la eslovaca Henrieta Nagyova. Su mejor posición en duplas fue 23°.
Además, disputó 18 partidos en la antigua Fed Cup, con 11 triunfos y siete derrotas. “Fue un sueño hecho realidad. Para mí jugar la Fed fue todo. Por el hecho de estar en equipo con muchas de las chicas con las que habíamos crecido en la vida y en el tenis. El ambiente de equipo, de unión. Para mí fue lo mejor que me pasó en mi carrera”.
Con el tiempo, Laura aprendió a mirar de otra manera sus inseguridades, como los estándares físicos. “Yo era más grandota que muchas. Y aunque siempre hay alguna que habla de más, en realidad era un tema más mío. Como un complejo mío”, señala.
El trabajo con una psicóloga la ayudó. “Me sirvió, pero después te das cuenta de que hay cosas más importantes en la vida”, dice.

Hoy, además de ser entrenadora, Montalvo dirige el W35 de Pergamino, un torneo del circuito ITF World Tennis que el próximo año podría ascender a la categoría W50.
“Somos un equipo muy lindo. Acá todos tiramos para adelante para hacer de este campeonato algo agradable para las chicas y sus grupos de trabajo”, sostiene, y pone como ejemplo a Julia Riera, principal tenista argentina de la actualidad y oriunda de Pergamino: “Ella lleva aguas, toallas, está para lo que se necesite. Siempre con una sonrisa. Están Victorio (integrante de la organización) y Raúl Costa (presidente del Pergamino Tennis Club, sede del certamen). Son un montón de personas. No estoy sola”.
Fuente: Infobae