Los algoritmos representan secuencias lógicas para resolver problemas, y es en la computadora, una máquina física, donde se ejecutan. Lo abstracto de los algoritmos contrasta con lo tangible de los ordenadores. En esa relación se condensan varios dilemas que enfrenta la humanidad. El intelectual israelí Yuval Noah Harari afirmó: “el ordenador es una máquina capaz de hacer dos cosas: tomar decisiones por sí misma y generar nuevas ideas por sí misma. Hoy hablamos de que estamos en la puerta de que un ordenador puede ser tan inteligente como un humano y que incluso podría ser capaz de hacerse pasar por humano”. La tensión entre lo humano y lo no humano se manifiesta cuando las instrucciones creadas por personas dejan de pertenecerles y se autonomizan.
La paradoja es que la inteligencia artificial (IA) es una creación humana sobre la cual corremos el riesgo de perder todo control. Esto representa una amenaza concreta para la paz global.
Desde la geopolítica, se reconoce que estamos ante una situación inédita en la historia, porque la IA puede ser empleada por actores malintencionados o gobiernos irresponsables que accedan a sistemas de mando y control nuclear o que realicen ciberataques contra otros Estados.
A fines del siglo XX, el académico estadounidense Samuel Huntington publicó en la revista Foreign Affairs el artículo “The Lonely Superpower”, donde explicaba que Estados Unidos requiere la cooperación de potencias regionales como la Unión Europea, China, Japón, Brasil e India ante posibles conflictos mundiales. Sin embargo, este teorema no se cumple en la actualidad.
En relación con la IA, no hay coincidencia posible; las posturas son de enfrentamiento. Por un lado, la Unión Europea aprobó en 2024 una Ley de IA, el primer marco jurídico en la materia, que aborda sus riesgos y posiciona a Europa como líder internacional. Por el otro, EEUU carece de una Ley Federal unificada que regule la IA. Donald Trump promueve una estrategia de desregulación para mantener ventajas frente a China.
En la dialéctica entre regular y desregular la IA, aparece el factor económico: Sam Altman, CEO de OpenAI, suspendió la salida a la Bolsa de Wall Street en medio de alertas sobre seguridad. Las declaraciones del investigador Jacob Coxon, quien acusó tanto a OpenIA como a Anthropic de “jugar con nuestras vidas”, provocaron pánico en el sistema internacional.
Es peligroso que la IA influya en el desarrollo de carreras armamentistas, porque la memoria del 11 de septiembre de 2001 aún resuena en el paradigma de la IA. Como afirmó el académico argentino Patricio Degiorgis: “EEUU ya está tratando la relación entre IA, la energía y la seguridad como un asunto estratégico”.
Al mismo tiempo, quienes lideran las empresas productoras de IA, como Elon Musk de X, Sam Altman de OpenIA y Darío Amodei de Anthropic, coinciden en que es necesario desacelerar el ritmo de su desarrollo.
El algoritmo abstracto tiene consecuencias tangibles. Altman constataba que “hay dos formas de que la IA termine mal: que nadie la controle o que la controle uno solo”. Amodei propuso establecer “un ritmo de desarrollo de la IA que permita mantener el progreso técnico, pero con mayores controles externos”.
Harari lo resumió en dos frases: “La IA es una amenaza a la existencia humana. Es nuestra responsabilidad impedirlo”.
Frente al llamado de atención de los hombres de poder (Sam Altman, Elon Musk y Darío Amodei) y de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Trump reaccionó desde una postura geopolítica en la guerra estratégica contra China: “hay una conspiración enfermiza en marcha contra la IA y los datos, y el único que se alegra de ello es China”.
Por su parte, la ONU alzó la voz mediante el Alto Comisionado para los Derechos Humanos, Volker Türk, quien sostuvo la importancia de que los Estados nacionales regulen la IA. Y algo más fundamental: es un error dejar que las empresas que controlan la IA se autorregulen. Ese horizonte de supuesta autorregulación es una amenaza a lo humano. Ya en 2021, la UNESCO aprobó una recomendación sobre ética de la IA.
Frente a estas preocupaciones geopolíticas y comerciales, lo que trasciende es la amenaza a lo humano, a su extinción. Entre las propuestas para defender a la humanidad se encuentra aquella que sostiene que uno de sus principales valores es la capacidad de vivir y producir comunidad, de establecer mecanismos de negociación y creación de consensos, lo cual sintetiza la Carta de Francisco y representa a la ONU en la búsqueda de paz y cooperación internacional.
Es una buena señal que los líderes empresarios del desarrollo de la IA propongan su desaceleración. Pero estas acciones deben ir acompañadas de una estrategia global de los Estados y el sistema internacional desde la ONU. Solo así se podrá forjar un marco regulatorio y, a la vez, potenciar el desarrollo de la IA con fines benéficos, como el tratamiento de enfermedades. Esto implica ampliar los saberes relacionados con la IA y su regulación, abarcando también la filosofía y la ética. Tomarse en serio la relación entre lo abstracto y lo concreto, entre peligros y beneficios. En efecto, el enfrentamiento estratégico y geopolítico entre EEUU y China por el control de la IA es un desafío para la ONU y todo el sistema internacional.
Fuente: Infobae