Un duelo que pudo ser fatal
Eran las cinco de la tarde del 29 de febrero de 1904. En una finca madrileña, cerca del Paseo de las Delicias, dos hombres se enfrentaban a veintiocho pasos. Cada pistola contenía solo dos balas. El ambiente se oscurecía y el desafío era a muerte, según lo acordado por los padrinos. A la izquierda, un hombre robusto, de barba y bigote; a la derecha, el teniente Juan Alastuey, un tirador experto, de rostro afeitado y pelo corto. En medio del silencio, el juez dio la orden:
-¡¡¡Fuego!!!…
Sonaron los disparos. La bala de Alastuey pasó cerca de su oponente y se incrustó en el suelo. El hombre de la izquierda, un duelista habitual pero más familiarizado con la espada, había disparado al aire. Quedaba una bala. El árbitro volvió a gritar:
-¡¡¡Fuego!!!
El de barba y bigote volvió a disparar al aire. Pero Alastuey esta vez apuntó al cuerpo de su adversario, seguro de no errar. Al apretar el gatillo, una detonación se escuchó y el otro duelista cayó, llevándose la mano izquierda al costado derecho del abdomen. Los padrinos corrieron aterrorizados:
-¡¡¡Don Vicente, Don Vicente, por el amor de Dios!!!
Al llegar, la sorpresa fue mayúscula: Don Vicente no tenía herida alguna. La bala había golpeado la hebilla de su delgado cinturón, quedando incrustada allí. Así, el tal Don Vicente salvó su vida de forma milagrosa.

Un hombre de acción y letras
Don Vicente era nada menos que Vicente Blasco Ibáñez, escritor valenciano de una obra inmensa: en sus 61 años publicó 63 libros. Pero la literatura era solo una faceta. Él mismo se definió: “Soy un hombre de acción”. Y lo demostró. El duelo fue consecuencia de un discurso en el Congreso de los Diputados, donde llamó “tenientillo desvergonzado” a un policía que lo había agredido en una manifestación. Blasco era republicano y antimonárquico; ganó seis elecciones como diputado por Valencia. También fue periodista combativo. Fundó y dirigió el diario “Pueblo”, herramienta para apoyar a los más débiles. El periódico tuvo gran difusión, pero también sufrió clausuras. Blasco recordó: “¿Cuántas veces clausuraron mi periódico? No lo sabría decir exactamente… puedo afirmar que la tercera parte de aquel período heroico de mi existencia lo pasé a la sombra o huyendo…”
“Pueblo” publicaba novelas de autores europeos en entregas, algo novedoso y costoso. El diario empezó a dar pérdidas, y Blasco debió vender su casa en la Plaza Horno de San Nicolás, Valencia, para pagar deudas. Trasladó a su familia a las oficinas del diario, donde la redacción servía de comedor y dormitorio. Prometió:
-Será por poco tiempo, no tardaré en construir una casa frente al mar…

De la playa al amor en la Costa Azul
Cumplió su palabra: construyó un chalé en la playa de La Malvarrosa, hoy el Museo Blasco Ibáñez. Aunque el reconocimiento fue tardío, pues el ambiente literario oficial no le tenía afecto por razones ideológicas. Blasco devolvía la antipatía: “Una reunión de literatos hablando de libros y de ellos mismos, es un alejamiento de la vida… Emplean seis horas en demostrar que Fulano es un animal… Yo les diría, ¿por qué no emplea usted su tiempo en demostrar que usted no lo es?”
El cineasta Luis García Berlanga, que filmó su biografía, dijo: “Yo diría que junto a Rimbaud, Hemingway, Byron y tal vez Cervantes, Blasco pertenece a esa raza de hombres que necesitan beber la existencia a grandes tragos de pasión y de aventura… Su vida es incluso más atractiva que su obra…”
Blasco solía describir a la belleza femenina con “ojos verdes refulgentes, cabellos negros y rotunda figura”. Se le adjudicaron muchos romances secretos. Pero el gran amor de su vida fue Elena Ortúzar, chilena, de ojos azules y cabello rubio, perteneciente a una familia adinerada. Estaba casada con el embajador de Chile en Francia. Blasco le escribió a un amigo: “Por aventuras particulares de mi vida viví entonces temporadas cortas y numerosas en París. Me iba de Madrid a París como el que toma el tranvía…” Se conocieron en el estudio del pintor Joaquín Sorolla, íntimo amigo. Tras una tormentosa relación, ambos se divorciaron y se casaron, viviendo juntos en Menton, una hermosa villa en la Costa Azul.

Romance con la Argentina
En sus viajes a París, Blasco no solo halló el amor, sino también su vínculo con la Argentina. Relató: “En París fui presentado a Emilio Mitre, el director de La Nación, diario del que yo era corresponsal político… Y una noche que cenábamos en Chateau-Madrid me propuso que hiciese un viaje a la Argentina…” Así, el 6 de junio de 1909 llegó al puerto de Buenos Aires. La Nación informó: “El recibimiento público a Blasco Ibáñez es uno de los más grandes que se han tributado en Buenos Aires a extranjeros notables. La multitud acompañó al escritor en todo su trayecto”.
El empresario portugués Faustino Da Rosa, dueño del Teatro Odeón, lo contrató para dar conferencias junto al francés Anatole France. En esos años, Argentina recibía a personalidades como Einstein, Clemenceau o Tagore. Blasco dio doce conferencias con lleno total. Prefería un tono ameno: “Cuando doy una conferencia, el auditorio se llena de público entusiasta que paga su correspondiente entrada. Sería imperdonable aburrirlo…” Tras el éxito, hizo una gira de siete meses por el interior, fascinado por el paisaje. Tomó notas y fotos. Se reunió con el presidente José Figueroa Alcorta y obtuvo apoyo gubernamental. Así nació “Argentina y sus grandezas” en agosto de 1910, un libro dedicado a la gloria del pueblo argentino.
Blasco escribió en su diario Pueblo: “Los que quieran emigrar vayan a la Argentina, sin pensar en intelectualismo ni hacer vida sedante en cafés y tertulias… Desde España vayan dispuestos a trabajar y a ser agricultores y volverán ricos…” Muchos lectores decidieron emigrar.

Colonias de arroz: el sueño valenciano en tierras argentinas
Durante cuatro años, Blasco no hizo política, no escribió libros ni tuvo romances. Fueron los años más intensos: fundó y dirigió dos colonias de inmigrantes valencianos en Argentina. Primero en Río Negro, en un lugar llamado Cervantes. Luego en Corrientes, en el paraje Nueva Valencia (hoy Riachuelo). A un amigo francés le escribió: “Voy a establecerme en Argentina, en los confines de la Patagonia, en donde he adquirido vastos territorios gracias a los trescientos mil francos que me han producido las cien conferencias dadas en un año. En adelante sólo quiero ser un colono… Tengo alma de conquistador”. Docenas de familias cruzaron el mar. En Río Negro llegaron apellidos como Saval, Maset, Ferrer; en Corrientes, Mogort, Folguerá, Morell.
El sueño era cultivar arroz, producto que los valencianos dominaban. Blasco proclamó: “La fecundidad de este país en el que jamás hace frío no puede decirse con palabras… ¡Y arroz, arroz igual al de Valencia! Baste decir que tiene terrenos idénticos a la Albufera, con la sola diferencia que la albufera de Corrientes es tan grande como media España…”

Al principio, todo era entusiasmo. La revista Caras y Caretas publicó: “Lo que al principio parecía un sueño, fue tomando viso de realidad. Las poderosas máquinas propulsoras de agua para el riego de las tierras se estaban descargando”. En Colonia Cervantes se nivelaron 1.800 hectáreas y se excavó un canal de riego desde el río Negro. Pero el agua no alcanzaba para la mayoría de las chacras. Las casas no pudieron construirse porque el dinero prometido por el gobierno no llegó. El canal se terminó recién en 1921. En Corrientes, Blasco invirtió en instalaciones modernas: arrocera, huerta, muelle, y una planta de envasado. Dos máquinas de vapor elevaban agua. Contaba con créditos del Banco Popular Español de Buenos Aires y del Banco de Corrientes, y el apoyo del gobernador Juan Ramón Vidal. Los valencianos, cargados de nostalgia, seguían bailando jotas y “albaes”, pero poco a poco se subyugaron por el chamamé. A la paella y la fideuá le agregaron mandioca. Y por primera vez se sembró arroz en Corrientes. Hoy, en 2021, Argentina produce 1,3 millones de toneladas en 190 mil hectáreas, con un consumo de 600 mil toneladas.
Sin embargo, a fines de 1914 se descubrió el vaciamiento del Banco Popular. También hubo maniobras especulativas en el Banco de Corrientes, responsabilizando al socio financiero Maximino Ruiz Díaz. Una tremenda inundación por la creciente del Río Paraná agravó la situación. El cambio político en la provincia precipitó el final. Sin apoyo oficial, la Colonia Nueva Valencia se desactivó. Según el INTA, la producción arrocera en Corrientes se retomó recién en 1932. El sueño colonizador de Blasco Ibáñez había terminado.

Ruina y renacimiento literario
Algunos inmigrantes se dispersaron o volvieron a Valencia. A los que regresaron los llamaron “los argentinos”. Hoy, los jóvenes descendientes son “los nietos de los argentinos”. Blasco se arruinó económicamente. Vendió propiedades en España para pagar deudas y transfirió las colonias. En 1914 regresó a Europa en un barco alemán. Pero la guerra estalló y el buque quedó detenido frente a la costa francesa. Allí escuchó una conversación entre un francés y un alemán discutiendo sobre la guerra, que le dio la idea para un nuevo libro. En su camarote comenzó a escribir lo que sería “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”.
Los cuatro jinetes del Apocalipsis» class=»aligncenter size-full» src=»https://kchcomunicacion.com/wp-content/uploads/2026/09/La-increible-historia-del-escritor-valenciano-que-8.jpg» style=»width:100%; height:auto; margin-bottom: 20px;»/>
El cine lo convierte en millonario
La guionista June Mathis, de la Metro Pictures, leyó el libro y vio que Blasco escribía con descripciones casi cinematográficas. Le ofreció 20 mil dólares por los derechos de adaptación para una película que debutaba un casi desconocido Rodolfo Valentino. El estreno en 1921 fue un éxito fulminante. Valentino se consagró como latin-lover, y la escena del tango vestido de gaucho se volvió un ícono. La Metro exageró diciendo que el libro era “el libro más leído de todos los tiempos, a excepción de la Biblia”. Blasco se convirtió en un hombre rico, luego de la debacle en Argentina. La popularidad en Estados Unidos le permitió dar conferencias y ganar más ingresos.

Fuente: Infobae