A los 80, Neil Young mira al pasado con ‘Second Song’

Existe una edad en la que la mayoría de los músicos de rock opta por administrar su legado: giras de aniversario, relanzamientos remasterizados, apariciones esporádicas que confirman que la leyenda aún respira sin mayores exigencias. Pero Neil Young, a sus 80 años, parece guiado por una lógica muy distinta. Su quincuagésimo álbum de estudio, titulado Second Song y lanzado esta semana, no es un cierre de ciclo ni un gesto nostálgico. Es la evidencia de que el ícono canadiense del folk-rock —nacionalizado estadounidense desde hace décadas— aún tiene algo urgente que decir sobre los tiempos que corren.

Esa urgencia contrasta con las circunstancias que rodearon su creación. A mediados de este año, Young se vio obligado a cancelar una gira europea por agotamiento físico y mental, un quiebre que desvió su energía de los escenarios de vuelta al estudio. El resultado es un disco que abandona la furia política de su antecesor, Talkin to the Trees (2025) —con menciones directas a Donald Trump y Elon Musk—, para adentrarse en un territorio mucho más íntimo: la memoria, el amor conyugal y la certeza de la muerte.

Second Song es, en ese sentido, la segunda entrega de estudio junto a The Chrome Hearts, la banda que lo acompaña desde finales de 2024 y que parece haber revitalizado su energía para tocar. El título del álbum remite a una idea que atraviesa toda la obra del viejo rockero: la de un artista que, en lugar de repetirse, vuelve a comenzar.

Producción y concepto artesanal

La producción estuvo a cargo de Lou Adler —productor de larga trayectoria, responsable de trabajos de Carole King, The Mamas & The Papas y Johnny Rivers, entre otros—, en conjunto con The Volume Dealers, el seudónimo bajo el que operan el propio Young y su ingeniero Niko Bolas. Las sesiones se realizaron en los estudios Shangri-La, en Malibú, el mismo tramo de costa donde el músico compuso On the Beach en 1974. Este dato no es anecdótico: el disco dialoga de manera directa con esa etapa de introspección acústica, aunque han pasado más de 50 años.

Young describió el proceso bajo el curioso concepto “Moon to Moon”: las canciones se compusieron de madrugada, las grabaciones comenzaron con la luna llena de marzo de 2026 y las mezclas se cerraron con la siguiente luna llena, en abril. Esa brevedad no fue casualidad, sino método. Adler definió su rol como el de un observador que buscaba “las grietas” en la música para intervenir solo cuando era necesario, una filosofía que encajó con la costumbre de Young de limitar la mayoría de las tomas a un máximo de tres por canción. La decisión más reveladora fue técnica: el álbum se grabó en simultáneo en cinta analógica y en formato digital de alta resolución. No fue una cuestión de nostalgia sonora, sino una toma de posición ética. En un ensayo publicado en Neil Young Archives, sostuvo que el máster analógico es “profundo como la vida”, mientras calificó al archivo digital como “una copia falsificada de la más alta calidad”.

Siete canciones que dialogan entre dos edades del mismo hombre

Second Song reúne siete canciones y supera los 46 minutos. Cinco son composiciones nuevas y dos provienen de la adolescencia del músico, un recurso que funciona como columna conceptual de todo el disco: la sugerencia de que ciertas emociones —el anhelo, el amor, el asombro— no se transforman con la edad, solo cambian de vocabulario.

El álbum abre con “The Foggy Edge of Time”, un balance autobiográfico sobre las dislocaciones de su propia vida. Sobre un estribillo de piano en acordes menores, Young reflexiona sobre su salida del Rancho Broken Arrow y el final de su matrimonio con Pegi Young, en una postura lírica estoica que remite a clásicos como “Don’t Be Denied” (1973) o “Thrasher” (1979), canciones donde el artista defendió siempre el costo personal de seguir su instinto creativo. La inclusión de un solo de guitarra reproducido en reversa funciona como guiño a la experimentación psicodélica de los sesenta, como si el disco anunciara desde su primer tema que va a mirar hacia atrás para entender el presente.

“Day After Day”, subtitulada “Melting on the Roof” en las ediciones físicas, es la primera declaración devocional hacia Daryl Hannah, la actriz esposa de Young desde 2018. Sus siete minutos de progresiones familiares y armonías vocales suaves remiten a la sencillez de “Helpless”, aunque aquí el amor no aparece como pasión ni como conflicto, sino como refugio. Esa misma devoción se profundiza en “Earth Girl”, la pista que más tomas exigió en el estudio —siete, frente a las tres habituales— por su estructura vocal doble, con dos melodías superpuestas que avanzan a velocidades distintas. Allí Young canta directamente:

“Eres la luz de mi vida, como un río que fluye directamente a través de mi corazón”

Una proclamación sin ambigüedad que confirma a Hannah como centro de gravedad de estos años.

El corazón del disco es la pista homónima, de más de once minutos, construida sobre instrumentación acústica simple y coros casi susurrados. Su letra funciona como el test de Rorschach: cuando Young canta “necesito hablar con alguien, alguien tan viejo como yo, que todavía recuerde algo de eso”, y describe “una manera de caminar lentamente a través de las hojas humeantes del tiempo”, la imagen puede leerse como comentario ambiental —los incendios forestales que han transformado los paisajes que el músico conoció de joven— o como metáfora pura del paso destructivo del tiempo sobre la memoria colectiva. El videoclip, construido con grabaciones caseras filmadas en 1989 por el fallecido bajista Rick Rosas en el Rancho Broken Arrow, refuerza esa ambigüedad temporal: fantasmas visuales del pasado conviven con una meditación sonora del presente.

El giro más inesperado llega con “Casting Me Away From You”, un shuffle de country-rock optimista escrito y grabado originalmente en 1965, cuando Young tenía 19 años y lideraba The Squires en Canadá. Un dato musicológico ilumina su inclusión: la melodía vocal de esta canción adolescente fue reutilizada años después para construir “The Emperor of Wyoming”, el instrumental que abrió su debut solista en 1968. Su rescate no es relleno de archivo, sino evidencia de que sus instintos melódicos ya estaban completamente formados antes de llegar a Los Ángeles.

Si “Earth Girl” es la luz del álbum, “Soon I Might Be Going” es su oscuridad absoluta. Sus más de nueve minutos, pariente lejano de “Ambulance Blues” (1974), son la única aparición del sonido distorsionado de su guitarra Les Paul modificada, Old Black, con destellos de feedback dentro de un ciclo rítmico a la deriva. Líricamente es la pista más desnuda del disco: Young combina la contemplación de la muerte inminente —“te extraño como al mañana”— con una referencia directa a Trump (“el presidente estaba en la televisión y dice que todo es de oro, pero está derribando la vieja Casa Blanca”) y con el dolor privado del distanciamiento de su hija, Amber Jean. Es el único momento donde la introspección devocional del resto del álbum se quiebra para dejar entrar la desesperanza política y familiar.

El cierre, “I’ll Love You Forever”, proviene también del archivo: fue compuesta en 1964 para una novia de secundaria, Pam Smith, y grabada originalmente con The Squires en una versión que integró el Archives Vol. 1 de 2009. Al recontextualizarla seis décadas después, lo que fue un juramento adolescente se transforma en la voz de un hombre de 80 años en una declaración final de devoción matrimonial. La sencillez de la melodía actúa como bálsamo tras la intensidad de “Soon I Might Be Going” y cierra el disco con la misma lógica que lo abrió: la de un hombre que revisa su vida entera para confirmar que el amor y el anhelo permanecieron intactos, aunque todo lo demás haya cambiado.

Fuente: Infobae

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