Corría el 19 de septiembre de 1995 cuando The Washington Post lanzó un cuadernillo de ocho páginas fuera de su tirada normal. La impresión fue posible gracias a que sus rotativas eran las únicas disponibles un día laborable. The New York Times, por su parte, integró esos ejemplares en su propia edición. De esta forma, el texto del terrorista más perseguido de Estados Unidos llegó a los quioscos de todo el territorio norteamericano, hace ya más de tres décadas.
En las salas de redacción nadie celebraba la medida. Donald E. Graham, editor del Post, afirmó en aquel momento:
“Ninguno de los dos periódicos tiene motivos periodísticos para publicar esto”.
Por su lado, Arthur Sulzberger Jr., editor del Times, expresó su pesar por “entregar nuestras páginas a un hombre que ha asesinado gente”, aunque admitió que se había optado por “la decisión correcta entre malas opciones”.
Aquella publicación distó de ser voluntaria. Respondió a meses de presión, análisis y, en último término, a una recomendación oficial del FBI y de la entonces fiscal general Janet Reno, quienes alegaron “razones de seguridad pública”.
Todo se originó en junio de 1995. Las redacciones recibieron un manuscrito de más de 35.000 palabras, firmado por alguien que se hacía llamar “F.C.”, responsable de múltiples atentados con paquetes bomba durante casi veinte años. El remitente impuso una condición: si los diarios difundían el texto en un lapso de 90 días, cesaría los asesinatos.

El documento llevaba por título “La sociedad industrial y su futuro” y contenía 232 puntos. Sostenía que la Revolución Industrial representó un desastre para la humanidad, ya que “obliga a la gente a comportarse de un modo cada vez más alejado de los patrones naturales de la conducta humana”. A partir de esa premisa, el autor deducía la existencia de trastornos psicológicos extendidos y la urgencia de una revolución global contra la tecnología.
Los periódicos vacilaron durante semanas. Tras recibir el manuscrito, divulgaron ciertos fragmentos, pero se negaban a acceder al chantaje en su totalidad. El dilema era claro: ¿ofrecer una tribuna a un homicida o exponerse a que los ataques prosiguieran?
Terry Turchie, agente especial del FBI, admitió que al principio consideraron contraproducente divulgar el manifiesto “porque era demasiado descabellado”. No obstante, más tarde variaron de opinión: si se publicaba, alguien probablemente identificaría al autor, “porque esas palabras eran tan apasionadas”, declaró Turchie años más tarde.
Luego de tres meses de debates, los editores acataron la sugerencia del FBI y procedieron. Surgió un contratiempo logístico: esperar al domingo habría multiplicado la circulación más de lo deseado. La salida fue publicar un martes, empleando las rotativas del Post y repartiendo los gastos con el Times.

El manifiesto apareció el martes 19 de septiembre como un cuadernillo desligado de la sección informativa. Se agotó en los puestos de venta en pocos días. Lectores angustiados telefonearon al Post para saber dónde adquirir una copia. Editoriales de tendencia anarquista empezaron a publicar ediciones de bolsillo.
El FBI había errado en sus cálculos. Algunos en la agencia pensaron que el texto resultaría demasiado denso y peculiar para cautivar al público. Sean Fleming, investigador de la Universidad de Nottingham y estudioso de la ideología de Kaczynski, señaló que “lo que fue más llamativo que la cantidad fue la calidad de la cobertura”. Los columnistas organizaron debates entre Kaczynski y algunas víctimas, confrontando las ideas del terrorista con las de académicos a quienes había atacado.
Las redacciones recibieron miles de llamadas de ciudadanos que aseguraban identificar al autor. La línea telefónica del FBI, 1-800-701-BOMB, que desde 1993 había acumulado más de 50.000 avisos, se inundó con nuevas pistas. Entre aquella avalancha, una llamada transformó para siempre el rumbo de la pesquisa.
Linda Patrik, profesora de filosofía y cónyuge de David Kaczynski, se hallaba de vacaciones en Francia mientras leía reportajes sobre el Unabomber en el International Herald Tribune. “Casi a diario leía estos artículos y me rascaba la cabeza pensando: ‘Vaya, esto suena como el hermano de Dave’”, rememoró en 2016.

Un artículo hacía referencia a las destrezas en carpintería del sospechoso. Otro detallaba su rechazo a la tecnología. Otros más señalaban urbes donde habían detonado bombas, sitios que Linda sabía que el hermano de David había frecuentado o habitado. El patrón resultó ineludible, y ella debió formular a su esposo la pregunta incómoda: “¿Es posible que tu hermano sea el Unabomber?”
David Kaczynski leyó el manifiesto y distinguió el estilo, las ideas y, por encima de todo, una frase que su hermano Ted empleaba a menudo:
“No puedes comerte la torta y seguir teniéndola”.
Esa expresión disipó cualquier resto de duda.
“Fue una situación de pesadilla”, manifestó David en una entrevista de 2015 con la BBC. “Literalmente consideré la posibilidad de que mi hermano fuera un asesino en serie, la persona más buscada de Estados Unidos, quizás del mundo entero”. El dilema era terrible: si callaban, podrían ocurrir más muertes; si hablaban, Ted se exponía a la pena capital.
En 1996, abrumado por las coincidencias, David se puso en contacto con el FBI. La agencia envió agentes a Montana para vigilar una cabaña apartada en el bosque de Lincoln. Durante casi tres semanas no pudieron confirmar si Kaczynski se hallaba dentro. Al decimoctavo día, lo capturaron.

El 3 de abril de 1996, agentes federales cercaron la estructura de madera que Kaczynski había erigido por sí mismo, carente de electricidad y agua corriente, en las afueras de Lincoln, Montana. Dentro hallaron, según la agente especial del FBI Kathleen Puckett, “una mina de oro”.
Allí encontraron piezas de artefactos, una bomba preparada para envío postal, y más de 40.000 páginas de diarios escritos a mano que describían experimentos con explosivos y detallaban cada uno de los delitos. También hallaron una copia carbónica del manifiesto y, en la vivienda familiar de Chicago, el manuscrito original que Kaczynski había redactado en 1971, con las mismas tesis centrales.
David presenció el arresto por televisión. “Lo sacaron de su cabaña entre dos alguaciles federales y tenía un aspecto terrible. Estaba completamente desaliñado. Su ropa no era más que harapos y llevaba meses sin bañarse”, relató en 2006. Y añadió: “¿Y encima oír que lo describían como un asesino en serie, un terrorista? La información que tenían no se correspondía con los recuerdos que yo tenía de Ted, el niño bueno que fue mi hermano mayor”.
Theodore John Kaczynski nació el 22 de mayo de 1942 en Chicago. Desde pequeño fue excepcional: en la primaria le detectaron un coeficiente intelectual de 167,3 puntos. Saltó de quinto a séptimo grado directamente, lo que lo dejó entre compañeros mayores que alternaban el acoso y la indiferencia. A los 16 años ingresó a Harvard con una beca, se graduó a los 20, obtuvo un doctorado en matemáticas en Michigan y en 1967 consiguió un puesto como profesor asistente en la Universidad de California en Berkeley, con una carrera prometedora.

En 1969 renunció abruptamente. Dos años más tarde se estableció en una cabaña que edificó con sus manos en el bosque de Lincoln, Montana. Allí cazaba, pescaba y cultivaba. Carecía de electricidad y agua corriente. En 1978 despachó su primera bomba.
El primer explosivo detonó en la Universidad Northwestern, en Illinois. Iba destinado al profesor Buckley Crist, pero lo abrió el guardia Terry Marker, quien sufrió heridas y quemaduras. Era un artefacto artesanal: un tubo metálico de 2,5 cm de diámetro y 23 cm de largo, con pólvora, una caja de madera tallada a mano y un detonador accionado por clavos y cabezas de fósforo.
Durante los años siguientes, Kaczynski refinó sus técnicas. En 1979 colocó una bomba en el vuelo 444 de American Airlines, un Boeing 727 que cubría la ruta Chicago-Washington. El detonador falló antes de activar la carga completa, pero generó bastante humo para obligar a un aterrizaje de emergencia. Los peritos forenses determinaron que, de haber funcionado, la explosión habría tenido la potencia “para destrozar el avión”. A bordo viajaban 72 pasajeros.
En total, entre 1978 y 1995, Kaczynski despachó 16 artefactos. Mató a tres personas: Hugh Scrutton, propietario de un negocio de alquiler de computadoras; Thomas Mosser, ejecutivo publicitario; y Gilbert Murray, lobista de la industria maderera. Hirió a 23 más. Durante años, el FBI ignoró si perseguía a uno o a varios culpables. La ausencia de ADN, la falta de un patrón temporal definido y el empleo de materiales comunes hicieron que la pesquisa, la más costosa en la historia del FBI hasta entonces, no diera frutos durante casi dos décadas.

El proceso legal posterior a la captura fue, según The New Yorker, tan desconcertante como lo precedente. Kaczynski se enfrentó a sus propios defensores, quienes pretendían presentarlo como esquizofrénico paranoico para eludir la pena capital. Él se opuso rotundamente; consideraba que esa táctica buscaba acallar sus ideas, transformando una postura política en un trastorno clínico.
El juez federal Garland Burrell le denegó el derecho a escoger su propio abogado y también a defenderse a sí mismo, pese a que la psiquiatra forense Sally Johnson lo había considerado competente. Sin opciones, Kaczynski accedió a declararse culpable en enero de 1998 a cambio de varias cadenas perpetuas consecutivas en régimen de aislamiento.
Pasó el resto de sus días en la prisión federal de máxima seguridad ADX Florence, en Colorado, desde donde siguió redactando cartas y ensayos. El 10 de junio de 2023, a los 81 años, se suicidó en una celda del penal de Carolina del Norte, a donde había sido trasladado por motivos de salud.
El individuo que forzó a dos de los periódicos más influyentes del planeta a divulgar su texto falleció en soledad, encerrado, sin conseguir que se desmantelara la sociedad industrial. Sin embargo, su manifiesto se ha convertido en uno de los libros más vendidos de Amazon en la categoría de pensamiento político radical. Eso no figuraba en sus planes, ni tampoco en los del FBI.
Fuente: Infobae