Armando Discépolo: el creador del grotesco criollo

“Morimos muchas veces. Pero la muerte peor es aquella en que no sabemos que estamos muertos. ¡Y hace mucho!”

Armando Discépolo escribió ese diálogo para Stéfano, un inmigrante italiano que llega a Buenos Aires con la ilusión de ser compositor, pero el tiempo desvanece ese anhelo. La brecha entre lo soñado y lo real es un tema recurrente en su obra.

En esa época, Buenos Aires vivía una transformación social impulsada por la inmigración, que afectaba el trabajo, las familias y los barrios. El sainete reflejaba esa realidad en los escenarios. Discépolo tomó ese género y lo llevó a un terreno más sombrío: personajes que luchan por trabajar, prosperar, mantener a sus familias o ser reconocidos, pero chocan con sus propias limitaciones.

Así nació el grotesco criollo, no de inmediato, sino a través de obras como:

  • Mustafá
  • Mateo
  • El organito
  • Stéfano
  • Babilonia
  • Relojero

En ellas, la comedia y la angustia se mezclan; los inmigrantes y la ciudad se entrelazan; las aspiraciones de movilidad social se topan con la derrota. Mientras Armando se consolidaba en el teatro, su hermano menor Enrique Santos Discépolo también crecía artísticamente. La colaboración, la cercanía y las tensiones definieron su vínculo.

El fascículo 61 de la colección Capítulo del Centro Editor de América Latina y una edición dedicada a Armando Discépolo y el grotesco criollo

Del sainete al grotesco

Armando Discépolo nació el 18 de septiembre de 1887 en Buenos Aires. Era el mayor de cinco hermanos, hijo de Santo Discépolo, un inmigrante napolitano que dirigía orquestas, y de Luisa De Lucchi, argentina de ascendencia genovesa. Abandonó la escuela en sexto grado y desempeñó varios trabajos hasta que, a los 18 años, decidió intentar ser actor.

La actuación no lo satisfizo plenamente. Actuó, compartió cartel con figuras destacadas, pero le molestaba repetir los mismos textos noche tras noche. Más tarde confesó que le faltaba “la condición de la paciencia” para ser actor. Dejó las tablas, pero no el teatro. En 1909, según contó, su madre halló un cuaderno con diálogos que había escrito y, al ver su talento, le sugirió que se dedicara a la escritura.

Así lo hizo y comenzó una nueva etapa. Armando escribió piezas breves que también interpretaba y dirigía, formando una compañía de actores aficionados. En 1910, a los 23 años, estrenó Entre el hierro, su primera obra teatral. Era un drama social realista e intimista sobre obreros, las duras condiciones fabriles y los conflictos de clase en el Buenos Aires del Centenario. La protagonizó Pablo Podestá, una gran figura de la época, y el éxito le abrió las puertas a una carrera de 24 años con más de treinta obras.

Al inicio, Armando exploró distintos estilos. Obras como La torcaza, El novio de mamá, La fragua y El movimiento continuo (1916) se mantuvieron cerca del sainete y los géneros populares. Pero comenzó a ver a sus personajes de otra manera: el inmigrante dejó de ser una figura pintoresca o una caricatura de conventillo. Detrás del acento extranjero, Discépolo descubrió al hombre que necesitaba trabajar; detrás del empleo, a la familia que dependía de él; y detrás del esfuerzo diario, una promesa de progreso que a menudo terminaba en el dolor del fracaso.

Así llegó Mustafá, estrenada en 1921, escrita con Rafael José de Rosa. Logró que la tensión real ocupara el centro de la escena. Dos años después, Mateo. Su protagonista, un inmigrante italiano cochero, ve cómo el automóvil amenaza el oficio que sostiene a su familia. No tiene un enemigo concreto; el mundo cambia y él queda del lado equivocado del desarrollo urbano.

El público podía reírse de sus desgracias, discusiones y forma de hablar. Pero detrás de esa risa había algo cada vez más difícil de ignorar. Mateo no solo pierde un trabajo; pierde una forma de vida. Ahí Discépolo encontró el mecanismo que definiría su obra: hacer que la comicidad y la derrota convivieran en la misma escena. El sainete seguía allí, pero empezaba a transformarse en otra cosa: el grotesco criollo tomaba forma.

Los hermanos Armando y Enrique Santos Discépolo

Los dos Discépolo

Armando llevaba trece años de ventaja a Enrique. Cuando fallecieron sus padres, el hermano mayor asumió el cuidado del menor, que entonces tenía poco más de diez años. La diferencia de edad hizo que Armando fuera más que un hermano: fue su cuidador, quien lo introdujo al teatro y le abrió las puertas del mundo artístico.

Enrique Santos Discépolo nació en 1901 y desde muy joven siguió los pasos de Armando. El 22 de octubre de 1917 debutó como actor en Chueco Pintos, obra de Armando y Rafael José de Rosa. Al año siguiente estrenó su primera obra teatral, El duende, escrita con Mario Folco. Todavía faltaban algunos años para que el tango lo convirtiera en Discepolín.

Durante esos años, los hermanos compartieron escenario y ambiente teatral. Armando era ya un autor reconocido; Enrique comenzaba a explorar su propio camino. La diferencia de edad pesaba, pero también había una cercanía que iba más allá de lo familiar: trabajaban en el mismo mundo y conocían las mismas calles, personajes y dificultades.

En 1923, Enrique actuó en Mateo. Dos años después, los hermanos escribieron juntos El organito. Fue una de sus colaboraciones más importantes, pero también una de las últimas en que sus caminos se unieron directamente. Luego, Enrique se alejó del teatro y se concentró cada vez más en el tango.

La relación no fue sencilla. Armando ocupó durante años un lugar de autoridad frente a su hermano menor, y las diferencias personales y políticas atravesaron el vínculo. Se quisieron, trabajaron juntos y también tuvieron conflictos. Mientras Armando consolidaba su lugar como dramaturgo y luego director, Enrique forjaba una identidad propia que quedaría ligada para siempre al tango.

Así empezó a separarse el apellido. Armando quedó asociado al teatro y al grotesco criollo. Enrique se convirtió en Discepolín, autor de tangos como Yira, yira, Cambalache y Uno. Eran dos lenguajes distintos, pero ambos miraban una ciudad similar: hombres que querían progresar, familias golpeadas por la necesidad y sueños que a menudo chocaban contra la realidad. La historia de los hermanos quedó marcada por esa diferencia.

El elenco de la obra teatral Relojero, escrita por Armando Discépolo, interpreta una escena sobre el escenario en 1981

Los sueños que se rompen

Después de Mateo, Discépolo creó personajes que luchaban contra lo mismo: querían una vida mejor y no podían alcanzarla. El inmigrante que llegó para “hacerse la América”, el trabajador que perdía su oficio, el padre incapaz de sostener a su familia, el hombre que postergó una ilusión durante años. En sus obras, el fracaso no era accidental; era consecuencia de una promesa incumplida.

Mateo ya había mostrado esa idea con un conflicto concreto. El protagonista, un inmigrante italiano cochero, ve cómo el automóvil amenaza el oficio del que depende su familia. Sus hijos no quieren continuar esa vida. Mateo intenta sostener un mundo que se acaba y no encuentra salida. El progreso, que para otros significa futuro, para él significa quedarse sin trabajo.

En 1925 estrenó El organito, escrita con Enrique. La obra sigue a una familia marginada que sobrevive entre la pobreza, las disputas y la necesidad de conseguir monedas. El organito es el instrumento que recorre las calles como sustento, pero también forma parte de ese mundo de hombres y mujeres al límite. La risa surge en las peleas, en los personajes y en sus miserias; debajo está la necesidad.

Ese mismo año llegó Babilonia, ambientada en la cocina de una casa rica de Buenos Aires, con sirvientes de diversos orígenes: italianos, españoles, un alemán, una francesa y un criollo. En Stéfano (1928), el conflicto es íntimo. Stéfano es un inmigrante italiano que sueña con ser compositor de ópera, pero termina tocando el trombón en una orquesta. Su fracaso profesional se mezcla con los conflictos familiares y la conciencia de que aquello que imaginó para su vida ya no sucederá.

Cremona (1930) continuó con personajes desplazados: desheredados, desocupados, hombres y mujeres al margen que necesitan hacerse escuchar. En Relojero (1934), el conflicto se instala dentro de una familia. Los hijos quieren encontrar su propia forma de vivir; los padres intentan retenerlos dentro de una idea de familia y autoridad que se resquebraja. No todos los personajes de Discépolo eran inmigrantes ni todas sus historias ocurrían en conventillos.

El dramaturgo y director teatral argentino Armando Discépolo permanece sentado ante su escritorio junto a un estante con libros.

El otro Discépolo, el director

En 1934, tras Relojero, Armando dejó de escribir obras teatrales, pero no abandonó el teatro. Se dedicó a la dirección y trabajó sobre textos de otros autores, como Roberto Payró, León Tolstói, George Bernard Shaw y William Shakespeare.

También incursionó en cine y televisión. Mateo llegó al cine en 1937, dirigida por Daniel Tinayre; Giácomo en 1939, bajo la dirección de José Suárez; y Babilonia tuvo una versión cinematográfica en 1987, dirigida por Jorge Salvador. El organito se adaptó para televisión en 1970. Para entonces, la obra de Armando ya trascendía su época.

Además, quedaba la historia de los dos hermanos. Tiempo después surgió una hipótesis que cuestionaba la autoría de algunas obras fundamentales de Armando. El investigador Norberto Galasso y el psicoanalista Jorge Dimov sostuvieron que Enrique había intervenido mucho más de lo que indican las firmas, e incluso que había escrito obras atribuidas a su hermano. La teoría se basaba en testimonios, declaraciones y coincidencias textuales. Sin embargo, no existe consenso documental que permita atribuir esas obras a Enrique, quien falleció el 23 de diciembre de 1951 en Buenos Aires, a los 50 años.

Armando lo sobrevivió veinte años: murió en Buenos Aires el 8 de enero de 1971, a los 83 años. El “otro” Discépolo había construido una obra antes de que el apellido quedara asociado para siempre a Enrique y al tango.

Fuente: Infobae

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