El uso de dispositivos electrónicos entre los jóvenes continúa expandiéndose, y con ello surgen interrogantes sobre su impacto en la salud mental, la lectura y el desempeño académico. Sin embargo, las respuestas simplistas —como afirmar que más pantallas equivalen a peor bienestar— no se sostienen frente a la evidencia científica, que exige un análisis más matizado.
Durante 2026, el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), en colaboración con el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, realizó una investigación con estudiantes de primero y cuarto año de escuelas secundarias públicas y privadas.
Entre los 3.261 estudiantes evaluados, el uso promedio del smartphone fue de 6 horas y 10 minutos diarios. En primer año, el promedio era de aproximadamente 5 horas y 40 minutos; en cuarto año, superaba las 6 horas y media. Se observó una brecha social: los adolescentes de nivel socioeconómico más bajo registraban más de 7 horas diarias, mientras que los de nivel más alto apenas superaban las 5 horas.
El estudio midió el tiempo de pantalla de forma objetiva, utilizando los registros de los sistemas operativos de los teléfonos, verificados por los investigadores. El equipo del ITBA estuvo compuesto por Fabricio Ballarini, Pedro Bekinschtein, Valeria Abusamra, Luis Ángel Roldán, María de los Ángeles Chimenti, Juan Ignacio Galli y Alejo Barbuzza.
Vínculo con la tecnología
Un 31,3% de los estudiantes superó el punto de corte de riesgo para ansiedad; el 38,1% para síntomas depresivos; el 37,1% para somnolencia; y el 24,6% para uso problemático del smartphone. Es importante señalar que estos instrumentos detectan riesgo, no son diagnósticos clínicos.
Inicialmente, quienes acumulaban más horas de pantalla mostraban peores indicadores de ansiedad, depresión y somnolencia. Pero al analizar simultáneamente el tiempo de pantalla, las formas problemáticas de uso y variables individuales y escolares, la cantidad de horas dejó de explicar de manera independiente esos indicadores. En cambio, las formas problemáticas de relacionarse con el celular continuaron asociándose con ellos.
Como explican los investigadores, seis horas de pantalla no significan lo mismo para todos. No es igual pasar una hora conversando con amigos que una hora scrolleando sin control. Tampoco es lo mismo estudiar o leer que sentir que no se puede dejar el teléfono o que interfiere con el sueño, las relaciones o las actividades diarias. La pregunta clave no es solo cuánto tiempo se pasa frente a la pantalla, sino qué se hace durante ese tiempo.
Lectura y pantallas
En una segunda fase, se evaluaron 2.767 estudiantes de 80 escuelas. Al comparar los extremos de exposición, se encontraron diferencias: en primer año, quienes usaban el celular más de 8 horas diarias mostraban menor comprensión que aquellos que lo usaban menos de 3 horas. En cuarto año, también aparecieron diferencias en eficacia lectora y especialmente en comprensión de textos expositivos.
Sin embargo, al considerar todos los factores simultáneamente, muchas diferencias desaparecieron. El tiempo total de pantalla no mostró una asociación independiente con la eficacia lectora en primer año. En cuarto año, persistió una asociación negativa específica con la comprensión de textos expositivos. Más que una relación lineal entre “más pantalla” y “peor lectura”, el panorama es más complejo y varía según la edad y la habilidad considerada.
Lo que sí apareció de manera consistente fue que el tiempo dedicado a la lectura y la cantidad de libros leídos se asociaron positivamente con el desempeño lector. En primer año, estos fueron los predictores más claros de la comprensión de textos.
Más allá de las horas
Mientras se debate cuánto tiempo pasan los jóvenes con sus teléfonos, se puede estar perdiendo de vista una pregunta igualmente importante: ¿cuánto tiempo pasan leyendo? Limitar el uso del teléfono puede ser razonable, pero ninguna restricción por sí sola construye lectores. El tiempo liberado de una pantalla no se convierte mágicamente en tiempo de lectura, conversación, ejercicio o sueño. Esos hábitos también deben construirse.
Los resultados invitan a cambiar el enfoque: más que demonizar la tecnología, se necesita enseñar a usarla; más que mirar únicamente el reloj, es necesario prestar atención a señales de dependencia, pérdida de control o interferencia con la vida cotidiana; y más que enfrentar libros y pantallas como mundos incompatibles, se requieren oportunidades reales y frecuentes de leer.
La tecnología llegó para quedarse. La lectura también debería hacerlo. El desafío educativo actual quizás no consista en elegir entre ambas, sino en lograr que las pantallas no ocupen todos los espacios y que la lectura siga encontrando el suyo.
Fuente: Infobae