¿Qué define a un buen amigo? La respuesta más común apunta a la generosidad, la ayuda y los gestos amables. Sin embargo, esa percepción cambia radicalmente cuando el beneficiario de esa bondad es alguien a quien consideramos un adversario. En ciertos contextos, incluso podemos desear que nuestro amigo no sea tan benevolente con esa persona.
Esta aparente contradicción fue el centro de un estudio que obtuvo un reconocimiento tan peculiar como su tema: el Ig Nobel, conocido popularmente como el anti-Nobel. Uno de los autores principales fue el antropólogo argentino Daniel Sznycer, investigador de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y doctor en Psicología Evolutiva por la Universidad de California en Santa Bárbara.
La investigación, desarrollada junto a Jamie Krems y Quila Williams, buscó analizar las expectativas de las personas sobre sus amistades y cómo estas varían según quién recibe los beneficios de las acciones del amigo. Para ello, los científicos trabajaron con más de mil participantes de Estados Unidos e India, a quienes presentaron diversos escenarios relacionados con la generosidad, la amistad y la rivalidad.
El primer hallazgo no fue sorprendente: la mayoría prefiere tener amigos generosos. La diferencia surgió al preguntar hacia quién debía dirigirse esa generosidad. Cuando el beneficiario era el propio participante, la valoración era claramente positiva. Pero cuando el destinatario era alguien considerado un rival, la respuesta cambiaba drásticamente.
Sznycer explicó en una entrevista radial que, al plantear esa situación, los participantes dejaban de valorar de la misma manera una conducta generosa. En términos simples, podían aceptar que su amigo fuera amable, pero no necesariamente querían que esa misma disposición se extendiera hacia un enemigo.
El resultado no indica que las personas busquen amigos hostiles. Muestra algo más específico: la valoración de una conducta depende también de quién recibe sus beneficios. Un amigo puede realizar más acciones positivas en términos objetivos y, sin embargo, ser considerado menos favorable si parte de esos beneficios alcanza a alguien que ocupa una posición adversa para nosotros.
El propio investigador propuso un ejemplo para ilustrar esta diferencia. Si un amigo realiza un acto generoso que nos beneficia y otro que beneficia a nuestro enemigo, objetivamente está demostrando mayor generosidad que si solo hiciera el primero. Sin embargo, tendemos a valorar más su comportamiento cuando el beneficio queda concentrado en nosotros.
La preferencia tampoco es ilimitada. Un amigo excesivamente hostil puede terminar perjudicándonos, y en ese punto deja de cumplir la función que esperamos de una amistad.
“No quieren que sea máximamente jodido. Hay un límite para eso. Si tenés un amigo que es un psicópata y te empieza a matar a todos, eso te genera costos que vienen para vos”, explicó Sznycer.

La investigación plantea así una mirada particular sobre la amistad: la bondad no se juzga necesariamente como una virtud universal, independiente de las circunstancias. También importa qué representa una conducta dentro de un vínculo y qué consecuencias tiene para quien la observa.
“La bondad de un amigo no es tanto bondad desde la perspectiva abstracta, universal, objetiva del universo, sino la pregunta es: ‘¿Qué es para mí? ¿Cuánto yo reditúo de esto?’”, explicó.
Ese planteamiento se enmarca en el trabajo de Sznycer dentro de la psicología evolutiva, un campo que busca comprender los mecanismos que intervienen en la forma en que las personas evalúan a otros, toman decisiones y responden a diferentes situaciones sociales. En el caso de la amistad, el estudio relaciona tres elementos que pueden convivir dentro de cualquier vínculo: cooperación, competencia y conflicto.
El premio que llevó la investigación hasta Suiza
El trabajo sobre la amistad le valió a Sznycer un Ig Nobel, una distinción que se entrega desde 1991 a investigaciones que abordan preguntas inusuales y combinan rigor científico con humor.
La ceremonia se realizó en Suiza y tuvo una dinámica muy diferente a la de un premio académico tradicional. Cada ganador contó con apenas 90 segundos para presentar su investigación. Sznycer recordó que quienes se extendían más de ese tiempo recibían una particular advertencia:
“Venían unos tipos vestidos de banana y te empezaban a romper las bolas para que te vayas”.

Al día siguiente, los investigadores tuvieron cuatro minutos para desarrollar sus trabajos en la Universidad de Zúrich. El reconocimiento también incluyó objetos acordes con el espíritu del premio: un diploma, un billete de un trillón de dólares zimbabuenses y una pata con hongos.
Para Sznycer, el carácter humorístico de la ceremonia no le quita valor a la distinción. Por el contrario, forma parte de una experiencia en la que el reconocimiento científico convive con una puesta en escena deliberadamente descontracturada.
“Son como premios Nobel, pero en joda. Los tipos que nos entregaron los premios son premios Nobel de verdad”.
Sobre la experiencia, el investigador resumió:
“Está bueno ser reconocido y está bueno divertirse, así que doble cosa”.
Una pregunta que va más allá de la amistad
El estudio premiado no es una investigación aislada dentro de la carrera de Sznycer. Forma parte de una línea de trabajo más amplia dedicada a comprender cómo la mente humana asigna valor a diferentes cosas, personas y situaciones.
“Yo estudio el tema de la evaluación en general, cómo la mente valora cosas. Jamie Krems estudia amistad, conflicto y amistad. Esta investigación es como una confluencia de varios factores”, explicó.

En otros trabajos, el antropólogo analizó cómo las personas valoran distintos alimentos y comparó esas percepciones con su composición nutricional. También estudió cómo se evalúa la pérdida de distintas partes del cuerpo y contrastó esas respuestas con sistemas de compensación presentes en códigos legales de diferentes sociedades.
Según explicó, las valoraciones subjetivas de los participantes mostraron una fuerte correspondencia con esos sistemas.
“Hay una serie de evaluaciones que hacen los humanos acerca de la comida, de las partes del cuerpo, de las acciones morales o inmorales”, sostuvo.
El equipo también llevó algunas de esas preguntas a los niños para observar cómo aparecen determinadas valoraciones antes de que exista un conocimiento explícito de las normas sociales o legales. En ese sentido, Sznycer destacó que encontraron respuestas similares entre chicos de seis y ocho años y sistemas de valoración construidos por sociedades a lo largo del tiempo.
“Tenemos datos de niños de seis, ocho años que están sincronizados con la mente de estos legisladores ancianos de miles de años atrás”, señaló.
Detrás de una pregunta tan cotidiana como qué esperamos de un amigo aparece, entonces, una cuestión mucho más amplia. La investigación de Sznycer busca entender cómo la mente determina qué conductas valoramos, cuánto nos benefician y qué cambia cuando, en medio de una relación, aparece alguien a quien consideramos nuestro rival.
Fuente: Infobae