El sábado, a las tres de la tarde, Carlos Machado y Liliana llegaron hasta el hotel en San Francisco para buscarlos. Venían en su auto desde San José, acompañados por Chi, su perrita. Laura y el narrador los estaban esperando después de varios días de viaje por Estados Unidos, pero la ansiedad de ese encuentro no tenía nada que ver con el turismo ni con California. Los separaban cincuenta y ocho años desde que habían terminado la secundaria.
Subieron al auto y comenzaron a recorrer la bahía. Cruzaron el Golden Gate mientras el viento entraba desde el Pacífico y la ciudad aparecía detrás de la estructura roja del puente. Desde algunos miradores vieron la inmensidad de la bahía, la isla de Alcatraz recortada a la distancia, Oakland del otro lado del agua y los puentes que unen ambas orillas.
Miraba ese paisaje y, al mismo tiempo, le resultaba inevitable pensar en otro escenario mucho más cercano: la Escuela Superior de Comercio de Rosario, en 1968, cuando Carlos y él eran apenas dos estudiantes que compartían promoción.

El narrador pertenecía al quinto C. Carlos estaba en otra división. Sus apellidos los habían ordenado en cursos diferentes y, aunque egresaron el mismo año con el título de Perito Mercantil y Bachiller Comercial, nadie podía imaginar entonces que el tiempo terminaría reuniéndolos al otro lado del continente.
Aquella tarde en San Francisco continuaba una historia interrumpida por décadas.
En 1968 salieron por última vez del edificio de la Escuela Superior de Comercio por la calle Bulevar Oroño de Rosario. Eran la última promoción que egresaría por ese acceso antes de que, al año siguiente, la dinámica de la escuela cambiara con el nuevo edificio sobre Balcarce. Hay detalles que permanecen intactos en la memoria aunque hayan pasado casi seis décadas.
Después vino la vida. En 1976 el narrador estaba haciendo el servicio militar en Rosario. No eran tiempos sencillos para ser soldado y existía una posibilidad concreta: si uno se casaba, el servicio podía reducirse a seis meses.
Él estaba de novio con Laura. Le propuso casarse. Laura aceptó.
Ese mismo año se convirtieron en marido y mujer. Ella soñaba con una luna de miel en Hawái. Era una fantasía hermosa, pero su economía apenas alcanzaba para algo mucho más cercano. Terminaron viajando hasta las Cataratas del Iguazú en un Citroën 3 CV que todavía recuerda con precisión.

El pequeño auto sufría cada subida de las rutas misioneras. Le costaba trepar las pendientes y, en las bajadas, parecía recuperar de golpe toda la energía perdida. Su luna de miel fue esa: un Citroën, las rutas de Misiones y las cataratas.
Sin saberlo, Hawái iba a quedar pendiente durante cincuenta años.
Mientras ellos comenzaban su matrimonio, Carlos Machado iniciaba otro camino. Había obtenido una beca del Rotary Internacional y viajaba hacia Estados Unidos para capacitarse como ingeniero en el estado de Iowa. El narrador también tenía un proyecto parecido.
Quería formarse en Medicina en Estados Unidos. Presentó su solicitud para la misma beca. La obtuvo al año siguiente.
Recuerda que antes de viajar empezó a comunicarse con la familia de Carlos en Rosario y también con él, que ya estaba instalado en Iowa. Necesitaba saber cómo era ese país que para ellos, desde la Argentina de los años setenta, representaba una aventura enorme.
Carlos fue, de alguna manera, una referencia antes de que él cruzara el continente.

En 1978 partió hacia Houston. Su destino era el Texas Heart Institute, vinculado con la Universidad Baylor, donde fue a realizar su formación en cardiología. Él estaba en Iowa.
Los dos habían salido de la misma escuela de Rosario y, con pocos años de diferencia, los dos habían llegado gracias a una beca del Rotary Internacional a Estados Unidos. Parecía que sus historias avanzaban en paralelo.
Carlos decidió quedarse. Construyó su vida en Estados Unidos junto a Liliana. Desarrolló allí su trayectoria profesional y, con el paso de los años, ambos se convirtieron en ciudadanos norteamericanos. El narrador regresó a Rosario en 1979.
Volvió a su ciudad, a su profesión y a la vida que había dejado en pausa durante aquella experiencia de formación. Laura continuó su carrera como contadora y él siguió ejerciendo la Medicina durante más de medio siglo. Sus vidas habían tomado direcciones distintas.
Él se quedó. El narrador volvió. Durante muchos años ese fue, simplemente, el dato de sus biografías. El tiempo siguió avanzando.
En 2018 ocurrió algo inesperado. La promoción de 1968 organizó el encuentro por los cincuenta años de egresados. Volvieron a reunirse en la Escuela Superior de Comercio, esta vez con otro ritmo, con otras edades y con una historia completa detrás de cada rostro.
Allí vio nuevamente a Carlos Machado. Después de la celebración le propuso que viniera a cenar a casa.
Fue una cena sencilla. Eran él y Carlos, sentados durante horas hablando de sus vidas. Se contaron qué había pasado desde aquellos años de juventud, dónde habían vivido, qué decisiones habían tomado y cómo habían transcurrido sus familias y sus profesiones. Al despedirse no hicieron grandes promesas. Simplemente se despidieron. No sabían que volverían a pasar ocho años antes del próximo encuentro.
Cuando Laura y el narrador decidieron finalmente hacer aquel viaje pendiente de la luna de miel, Hawái apareció otra vez. Habían pasado cincuenta años desde su casamiento.

Ya no era una fantasía de juventud sino una forma de celebrar el tiempo compartido, con todo lo que una vida de medio siglo contiene. Duras y maduras. El itinerario incluía una escala en San Francisco. Y apenas surgió la idea del viaje pensó en Carlos.
Le escribió unos meses antes para preguntarle si podían encontrarse. Él vivía en San José con Liliana y la respuesta fue inmediata. Se verían en California.
Antes habían pasado unos días en Missouri, junto a una pareja de amigos norteamericanos, en la zona del lago Ozark. Fueron jornadas tranquilas, rodeados de vegetación y agua, en dos cabañas junto al lago donde cada mañana salían a nadar. Después volaron hacia San Francisco.

El viaje parecía avanzar hacia Hawái. Pero, en realidad, para el narrador tenía otra estación: volver a encontrarse con un compañero de escuela que había compartido con él el comienzo de una historia y también uno de los grandes puntos de inflexión de sus vidas, aquella beca que los llevó a Estados Unidos.
Durante la recorrida por la bahía hablaron poco del pasado. El paisaje ocupaba naturalmente las primeras horas del encuentro.
San Francisco tenía algo distinto a la ciudad que Laura y el narrador habían conocido décadas atrás cuando vivieron en Estados Unidos. Las calles estaban atravesadas por nuevas tecnologías, por automóviles que circulaban sin conductor y por un ritmo urbano diferente.
Pero esa transformación quedó, para ellos, como parte del escenario. Lo verdaderamente importante ocurrió cuando cayó la tarde y se sentaron a cenar en un antiguo espacio de la Marina que hoy pertenece a la ciudad y funciona como paseo público, con restaurantes y lugares donde la gente camina, corre y mira la bahía.

Se sentaron los cuatro. Y entonces empezaron a recorrer el tiempo. Carlos y Liliana de un lado. Laura y el narrador del otro. Más de setenta años cada uno. Seis horas de conversación.
No hablaron únicamente de lo que habían hecho. Hablaron de cómo habían llegado hasta ese momento.
Él y Carlos habían partido desde la misma ciudad. Habían recibido la misma oportunidad.
Habían atravesado el mismo país en etapas diferentes. Y, sin embargo, sus decisiones posteriores habían construido dos vidas distintas. Carlos eligió permanecer en Estados Unidos. El narrador eligió volver definitivamente a la Argentina. No hubo en esa conversación una necesidad de justificar nada. Era, más bien, un intercambio entre personas que podían mirar hacia atrás con la tranquilidad que da el paso de los años.
Ellos les hablaron de sus proyectos. Ellos de los suyos.
Carlos y Liliana habían trabajado durante mucho tiempo en una actividad vinculada con el estudio de la calidad de las olivas en California. Carlos también trabajó en diferentes empresas del sector de bases de datos y sistemas de control y, luego de dejar las empresas que lo contrataban, puso una consultoría en la que ya no trabaja. Su esposa se especializó en genética vegetal y, por esa vía, llegaron al mundo de las olivas. Durante la cena, ellos dos les contaron mucho su historia.
En algún momento apareció inevitablemente una pregunta sobre el futuro. No como una discusión académica sino como una inquietud compartida entre cuatro personas mayores que observan un mundo en transformación.

San Francisco les había mostrado, durante el día, automóviles capaces de desplazarse solos por las calles. Esa imagen terminó filtrándose en la conversación porque todos advertían que la tecnología ya no pertenece al terreno de la imaginación. Es presente. Y frente a ese presente también surgieron las incertidumbres: cómo cambiará el trabajo, cómo cambiarán las relaciones humanas, qué mundo encontrarán quienes vienen detrás de ellos. Pero la tecnología nunca desplazó el verdadero motivo de aquella cena. Habían ido a encontrarse.
Hay conversaciones que uno recuerda por lo que se dice y otras por lo que producen después. Cuando regresaron al hotel eran casi las diez de la noche. Laura y el narrador se quedaron en silencio durante un tiempo. El encuentro había terminado, pero seguía ocurriendo dentro de ellos.
No era solamente la alegría de haber visto nuevamente a Carlos y a Liliana. Era la sensación de haber repasado su propia existencia a través del relato de otro. Cada uno había sido testigo de la juventud del otro. Eran parte de una misma promoción. Habían compartido un punto de partida. Después el mundo los había llevado por caminos distintos.
Pensó mucho en eso. En cómo una beca del Rotary Internacional había cambiado sus vidas casi simultáneamente. En cómo Carlos viajó primero a Iowa y él después a Houston. En cómo él permaneció en Estados Unidos mientras el narrador regresaba a Rosario. En cómo durante décadas esa diferencia quedó resumida en una frase sencilla: uno se quedó y el otro volvió. Pero las vidas nunca caben dentro de una frase. Detrás de cada decisión hubo familias, trabajos, hijos, profesiones, proyectos, pérdidas y celebraciones.
Eso fue lo que verdaderamente compartieron aquella noche. Una vida.
Mañana partirán hacia Hawái. Después de cincuenta años Laura finalmente conocerá ese lugar que alguna vez imaginó como destino de su luna de miel. El narrador también. Nunca estuvieron allí.
La distancia sobre el océano Pacífico hace que, aun siendo parte de Estados Unidos, uno tenga la sensación de viajar hacia otro territorio. Van con curiosidad.
Pero antes de subir al avión se lleva otra experiencia. Porque hay algo profundamente conmovedor en volver a sentarse frente a una persona que conoció quién eras antes de que empezara casi todo. Carlos Machado conoció al muchacho que él fue en la Escuela Superior de Comercio. Él conoció al joven que Carlos era antes de convertirse en ingeniero y construir una vida en otro país.
Cincuenta y ocho años después se encontraron en California para hablar durante siete horas como si el tiempo, en algunos momentos, hubiera decidido sentarse también a su mesa.
Antes de despedirse quedaron en volver a verse. Probablemente Carlos viaje a Rosario para visitar a su hermana y puedan repetir el encuentro. También dijeron que compartirían las fotografías de ese día con el grupo de compañeros de la promoción de 1968. Las imágenes viajarán por los teléfonos.
Quizás despierten recuerdos en quienes también estuvieron aquella vez saliendo por Bulevar Oroño, con el diploma bajo el brazo y un futuro todavía desconocido. El narrador piensa que esas fotos mostrarán cuatro personas mayores sonriendo frente a la bahía de San Francisco. Pero para ellos significarán bastante más.
Serán la prueba de que, a veces, el tiempo no rompe los vínculos, solamente los pone a prueba. Y que hay reencuentros capaces de devolvernos, por unas horas, a ese lugar donde todo había comenzado.

Fuente: Infobae