Ian McEwan dona 20 años de correos sin temor a su privacidad

El novelista inglés Ian McEwan ha depositado en una biblioteca de Texas su correspondencia electrónica de casi dos décadas, desde 1996 hasta 2013. Al autor no le preocupa lo que esos mensajes puedan descubrir dentro de cien años. “Creo que nunca he escrito nada significativo en un email y aún menos en un mensaje de texto”, declaró durante una conferencia virtual con medios internacionales para promocionar su reciente obra Lo que podemos saber.

Esta acción resulta paradójica para un escritor que acaba de lanzar una historia ambientada en el año 2119, donde un científico trata de reconstruir la actualidad mediante documentos, mensajes digitales y huellas fragmentarias. No obstante, esa contradicción encierra la interrogante central de su novela: ¿qué tipo de imagen de una persona puede surgir de un volumen casi infinito de información?

El futuro, según McEwan, contará con un archivo enorme de quienes vivimos ahora: mensajes, consultas, imágenes, correos electrónicos y seguimientos de costumbres. Sin embargo, esa saturación no asegura una comprensión más íntima de los individuos. “Los investigadores futuros tendrán muchísimo material, material ingente, pero a expensas de falta de profundidad”, afirmó. Y sentenció: “No vamos a ver el alma desnuda de las personas porque pocas personas escriben persona a persona”.

Archivos, datos, cartas

Con esta donación, McEwan se incorpora a una serie de escritores que han confiado sus comunicaciones digitales a instituciones académicas. Salman Rushdie entregó a la Universidad de Emory equipos informáticos y papeles que contenían mensajes electrónicos; el Harry Ransom Center alberga la correspondencia de Russell Banks con su hermano, donde más del 66% son correos electrónicos.

El novelista contrastó ese futuro digital con dos tipos de correspondencia que, en su opinión, brindan una proximidad diferente con sus autores. “Si consideramos, por ejemplo, las cartas de Napoleón, escribía tres mil palabras al día prácticamente durante toda su vida adulta, o las cartas de Charles Darwin”, expuso. “En cierto modo, tenemos más perspectiva en esas cartas o en las cartas del siglo XIX que la que podrá obtener el futuro con nuestras contribuciones o comunicaciones por Internet”, agregó.

El autor de Expiación aclaró que no sugiere que las epístolas antiguas fueran siempre confesionales. La clave radica en las circunstancias de redacción: el tiempo invertido, la identidad clara del destinatario y la percepción de confidencialidad. Por el contrario, los correos electrónicos y los mensajes cortos surgen con una sospecha implícita. “Lo que escribamos en un email cualquiera lo puede leer fácilmente”, indicó McEwan, y también advirtió sobre los peligros que enfrentan las comunicaciones cifradas frente a sistemas cada vez más avanzados.

El gesto de ceder sus propios mensajes se transforma en una metáfora del conflicto central de la obra. McEwan proporcionó el historial de prácticamente veinte años de comunicación electrónica, pero está convencido de que esos registros tendrán una frontera insalvable como evidencia de su existencia. El archivo almacenará información, pero probablemente no logre capturar lo que persigue una biografía o una novela.

“La privacidad está amenazada. Pero más importante, la soledad, el arte de la soledad, el gusto por la soledad”, dijo (Foto: Grosby)

Menos silencio, menos privacidad

La meditación sobre los correos condujo a McEwan a otra carencia que estima más seria: la soledad. “La privacidad está amenazada. Pero más importante, la soledad, el arte de la soledad, el gusto por la soledad”, manifestó. A sus 78 años, el escritor contrastó la vida hiperconectada con la época en que empezó a publicar. “Pensamos que podemos vivir libremente, pero hay menos silencio, hay menos privacidad, hay menos capacidad de dejar simplemente tu mente imaginar, navegar”.

Para ilustrar su punto, empleó una escena habitual. “Sales de un vuelo, simplemente de dos horas de vuelo, estás esperando el equipaje y rápidamente todo el mundo está mirando su teléfono porque no lo pudo mirar durante noventa minutos”, observó. Antes, imaginó, esas personas podían encontrarse “en un momento prácticamente de ensoñación” o entablar diálogo con un extraño.

Esta imagen tiene un significado especial para un novelista que vincula esa disponibilidad psíquica con la labor creativa, aunque no la restringe a los artistas. “Es una capacidad importante para un escritor, pero yo creo que en realidad para cualquiera: poder simplemente maravillarse, asombrarse, observar”, afirmó.

“Tengo la sensación de que ya tengo suficientes elementos en mi cabeza para googlear dentro de mi mente”, explicó (Foto: Grosby)

El arte de caminar

McEwan reveló que, al cumplir los setenta años, modificó su forma de investigar para sus novelas. “Tengo la sensación de que ya tengo suficientes elementos en mi cabeza para googlear dentro de mi mente”, explicó. Actualmente, gran parte de su proceso ocurre alejado de las pantallas. “Ando mucho por el campo, por la montaña, muchas veces solo. Y cuando entro en ese ritmo de un paseo por la montaña largo, empieza a generarse una historia en mi mente”.

En Lo que podemos saber, el futuro contempla nuestra era con la misma separación con que hoy miramos el siglo XIX. La obra plantea un planeta transformado por desastres ecológicos y un investigador que intenta recomponer una existencia a partir de vestigios que perduraron. En esa indagación, la sobreabundancia de archivos digitales no despeja el enigma: lo hace más evidente.

McEwan expresó esa contradicción con una inclinación que suena a manifiesto. “Es más divertido investigar a alguien que escribía cartas, y ese personaje puede haber vivido en el siglo XVIII o XIX, que el placer que va a obtener el futuro investigando sobre gente en nuestra era ahora”.

Fuente: Infobae

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