En septiembre de 2026 se conmemoran dos décadas y media de los ataques terroristas que derribaron las Torres Gemelas en Nueva York. Desde entonces, la literatura ha buscado narrar no solo lo sucedido aquella jornada, sino también cómo sus secuelas alteraron la rutina diaria y la percepción de la guerra, la seguridad y las fronteras.
En las semanas y meses posteriores, publicaciones como The Guardian y Harper’s Magazine difundieron escritos de autores reconocidos para intentar procesar las imágenes que millones vieron casi en vivo. Ian McEwan redactó sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis analizó la vulnerabilidad de Estados Unidos; Paul Auster anotó sus impresiones del mismo día, y Don DeLillo evaluó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas respuestas inmediatas adelantaron temas que después desarrollarían en sus novelas.
Del espectáculo televisivo al duelo
Las primeras novelas relevantes sobre el 11-S enfrentaron un reto: los atentados parecían ya ficción por su impacto visual. El hombre del salto (2007), de Don DeLillo, arranca con un superviviente que recorre los escombros de las Torres Gemelas, transformando una imagen global en una experiencia corporal y desorientada:
“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches”.
En Tan fuerte, tan cerca (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos son centrales. Las obras no se limitan a reconstruir la caída de las torres: se enfocan en la ausencia, el duelo y la dificultad de retomar una vida normal.
Paul Auster tomó una ruta similar en Un hombre en la oscuridad (2008). Frente a la saturación visual, estas ficciones devolvieron al suceso una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, una familia o una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.
Sin embargo, esa primera respuesta tuvo limitaciones. Gran parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, incluso sin intención, la dicotomía entre “Occidente” y “el islam” del discurso oficial, mientras dejaban de lado las posibles causas históricas y políticas de la violencia.

La guerra contra el terror, vista desde los márgenes
A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el panorama. El fundamentalista reticente (2007), de Mohsin Hamid; La casa de los sentidos (2008), de Nadeem Aslam, y Sombras quemadas (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo vincularon con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.
En estas obras, un personaje musulmán puede volverse sospechoso en Nueva York o Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la “guerra contra el terror” no se libró solo en los campos de batalla: también se extendió a aeropuertos, aulas, barrios y lugares de trabajo.
En mi investigación doctoral propuse leer estas ficciones como literatura de la “glocalización”. La idea es simple: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. Sombras quemadas, por ejemplo, conecta el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones gubernamentales terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.
La economía y las finanzas complementan esa mirada. Netherland, de Joseph O’Neill; El fundamentalista reticente y Kapitoil, de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.
Madrid, Londres y París: el miedo se propaga
El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega.
En Londres, Sábado (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. Incendiary, de Chris Cleave, presenta una ciudad donde el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.

Una violencia que no cesa
Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.
La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.
Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre.

Fuente: Infobae