En el extremo sur de la Gran Manzana, dos gigantes de 110 pisos definían el horizonte de Nueva York. Aquella mañana del 11 de septiembre de 2001, una serie de ataques desencadenó una transformación irreversible en la urbe y, a escala global, redefinió el orden mundial. A las 8:46, un jet de American Airlines impactó contra la Torre Norte del World Trade Center. Apenas 17 minutos después, una segunda aeronave se incrustó en la Torre Sur.
Antes de las 10:30, el complejo de edificios se había desplomado sobre el bajo Manhattan. Cerca de 3.000 personas perdieron la vida. Mientras la mayoría escapaba hacia el norte de la isla, un grupo de personas tomó el camino opuesto para asistir a quienes quedaron atrapados: un empleado de limpieza puertorriqueño, un bombero mexicano, una médica argentina, un paramédico de origen boricua y un policía colombiano.
Estas cinco historias de latinos e hispanos, que en circunstancias normales jamás se habrían cruzado, se entrelazan por actos extraordinarios durante las primeras horas posteriores a los atentados contra las Torres Gemelas.
William Rodríguez, desde Puerto Rico: la llave que abría todas las puertas

Rodríguez acumulaba 20 años limpiando las escaleras de la Torre Norte. Esa jornada no estaba programado para trabajar, pero su supervisor le suplicó que asistiera porque no había nadie más para cubrir el turno de los 110 pisos. Se encontraba en el sótano B1 con 15 empleados novatos cuando la detonación los lanzó del suelo. No tenían ventanas. Ignoraban lo que sucedía.
“Escucho explosión, explosión, explosión por el corredor y cuando miro era Felipe David, hondureño, con las manos extendidas, gritando. Lo que parecía ser tela colgándole de los dedos era su propia piel”, relató hace unos días en el pódcast Backstage con el creador de contenido Luis Valls.
El hombre tenía la piel desprendida desde las axilas hasta la punta de los dedos. Nadie se atrevía a tocarlo. Rodríguez lo vendó con toallas de limpieza y sacó al grupo entero por el área de carga.
Afuera divisó el agujero que había causado el impacto del avión en la torre. Volvió a ingresar. En el tercer ingreso halló a dos personas atrapadas en un ascensor de carga que se inundaba: “Nos vamos a ahogar”, chillaban. Encontró una escalera de aluminio sin encadenar, la introdujo en el ducto y los rescató.
Después subió con los bomberos, nivel por nivel, abriendo con la llave maestra las puertas cuyos marcos se habían deformado y las habían dejado trabadas. Llegó hasta el piso 39. Cuando la Torre Sur se derrumbó, bajó con un hombre en silla de ruedas y alcanzó el lobby. Al salir, el edificio empezaba a caer sobre él.
Se protegió bajo un camión de bomberos y controló la respiración con una técnica que había aprendido como mago escapista, según contó. Varios medios televisivos captaron el momento en que se metió debajo del camión. Horas después lo rescataron con las rodillas abiertas y sin sensibilidad en las piernas.
Una semana más tarde, víctimas hispanas lo buscaron porque lo habían visto en televisión y porque hablaba inglés. Rodríguez creó el primer grupo de víctimas del 11S, identificó a 2.670 indocumentados afectados mediante anuncios en cadenas de televisión en idioma español y presionó hasta que el Departamento de Justicia frenó las deportaciones y aprobó una amnistía económica para los afectados sin papeles, según narró en el pódcast.
Rafael Hernández, de México: 28 pisos cargando a una mujer embarazada

Hernández tenía planes con amigos llegados de México. Pero olió el humo. “El olor de un incendio me hizo correr hacia él”, relató años después en Fox News. Se dirigió a una estación de bomberos frente a las torres y mostró su credencial de bombero mexicano, que siempre llevaba consigo. Le proporcionaron una chaqueta y una manguera. Ingresó a la Torre Norte, subía mientras todos descendían.
En el piso 28 un capitán lo detuvo: no contaba con el equipo adecuado para continuar. Ahí encontró a Alison, embarazada de nueve meses, en trabajo de parto. “Ella me rogó que no la dejara ir. Le prometí que no saldría del edificio sin ella”, recordó en la misma nota de Fox News. La cargó durante 28 pisos hasta la calle y la acompañó hasta que una ambulancia se la llevó.
No volvió a su departamento en Queens durante meses. Se quedó en la Zona Cero cavando con las manos desnudas y poco equipamiento. “Los funcionarios vinieron al lugar, nos dijeron que no estábamos en peligro”, recordó en ese reportaje. Sin embargo, sus pulmones se deterioraron hasta necesitar un respirador para dormir. Años después, en una ceremonia en la Zona Cero, se reencontró con Alison: había tenido una niña sana.
Rafael Hernández falleció el 25 de septiembre de 2011. Semanas antes había dicho a Fox News que quería volver a la Zona Cero por última vez para despedirse de ese capítulo: “Duele demasiado estar aquí. Yo no soy el 11 de septiembre. Quiero enterrarlo, seguir adelante”.
Alejandra Ciappa, de Argentina: asistencia en la Zona Cero

Ciappa investigaba la genética del Alzheimer en la Universidad de Columbia. Cuando su madre la llamó a los gritos desde Buenos Aires, cruzó a un bar y vio en el televisor cómo se derrumbaban las torres. “Voy a salvar vidas”, pensó, según recordó tiempo después en una entrevista con CNN.
Se inscribió en la Cruz Roja. Al día siguiente la subieron a un colectivo y la enviaron a la Zona Cero.
No hubo sobrevivientes bajo los escombros. “De golpe llegás y no hay un sobreviviente. Tres mil personas y no sale un sobreviviente”, recordó en CNN.
Su tarea pasó a ser otra: limpiar los ojos de los rescatistas, porque el polvo gris contenía astillas de hierro que al contacto con el agua quemaban la piel, según describió en 2020 a Infobae. También atendió crisis emocionales de voluntarios latinos que llegaban con el idioma como única herramienta y se quebraban al mover escombros.
Después la enviaron a evacuar edificios aledaños. Los militares estadounidenses no habían logrado convencer a los residentes, en su mayoría latinos, de que se fueran. Ciappa era la única del equipo que hablaba español. Fue puerta por puerta.
En una entrevista con Fox News recordó a Francesca, una italiana de 90 años que no quería dejar sus tomates ni su balcón. La convenció de bajar 15 pisos a oscuras. Un año después volvió a buscarla. Francesca había muerto.
Orlando Martínez, de raíces puertorriqueñas: la ambulancia que se llenó en minutos

Martínez compraba el desayuno en un deli de las calles Church y Barclay, a una cuadra de las torres, cuando la explosión sacudió el local. Corrió hacia la ambulancia con su compañero Frank Puma. Los dos prestaban servicio en la división de Servicios Médicos de Emergencia (EMS) del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY).
“Tan pronto como abrimos las puertas nos vimos abrumados por pacientes que venían hacia nosotros en busca de ayuda”, dijo en su entrevista con el Departamento de Bomberos de Nueva York.
Unos 9 metros más adelante vio a una mujer en el piso junto a una llanta enorme. Parte del tren de aterrizaje del avión le había abierto la espalda. Los huesos de las piernas estaban expuestos. “No había de dónde agarrarla. Estaba demasiado resbaladiza, así que la agarré del hueso de la cadera”, declaró en la misma entrevista. La trasladaron al Beekman Hospital. Cuando volvieron, la ambulancia estaba vacía: los médicos habían sacado a todos los pacientes.
Después del primer derrumbe, Martínez y Puma se separaron. Durante hora y media cada uno creyó que el otro había muerto. Puma apareció al volante de la ambulancia cubierta de hollín.
Hace algunos días, casi 25 años después, Martínez volvió a la Zona Cero con Telemundo y se reencontró con Debbie St. John, la mujer de la llanta. Resumió su regreso al lugar con una palabra: “Tristeza”.
William Jimeno, de Colombia: su colaboración y las 14 horas bajo los escombros

Jimeno llevaba nueve meses en la Policía de la Autoridad Portuaria. Esa mañana estaba en la esquina de las calles 42 y 8 cuando la radio emitió el código 840: todos los agentes debían volver a su puesto.
El sargento John McLoughlin pidió voluntarios que supieran usar equipos de respiración autónoma Scott Air-Pak. El agente colombiano se ofreció junto con Dominick Pezzulo y Antonio Rodriguez. Antes de avanzar hicieron un pacto: “No nos dejamos. Pase lo que pase, seguimos juntos”, según relató recientemente a People.
En el lobby de la Torre Sur vio cuerpos en el suelo y personas corriendo hacia la salida. Pensó: “Will, ¿dónde te metiste?”. Después vino la bola de fuego y el colapso.
“La única manera de describirlo es como un millón de trenes de carga viniéndose encima de uno”, dijo a People. Abrió los ojos a oscuras, aplastado, sin poder moverse, dentro de un “bolsillo de aire” formado por parte de un ascensor.

Tres de sus compañeros murieron cerca de él. Cuando le preguntó a McLoughlin qué podían hacer, el sargento respondió: “No hay entrenamiento para esto”. Durante 14 horas rezaron y se sostuvieron con vida. En un momento, Jimeno quiso rendirse y pidió que le avisaran a su esposa Allison que llamara Olivia a la bebé que estaba por nacer.
Lo sacaron de los escombros. Esa noche sufrió dos paros cardíacos y fue reanimado. Siguieron cirugías y meses de rehabilitación para volver a caminar. Su esperada hija Olivia nació el mismo día del cumpleaños de Jimeno.
Fuente: Infobae