Tras ocho años de ausencia, el reconocido bailarín argentino Iñaki Urlezaga regresa a los escenarios con El aplauso final, un espectáculo que marca su retorno al ballet desde una perspectiva completamente renovada. A sus 50 años, el artista interpretará a un coreógrafo en una obra que gira en torno a la despedida profesional de una bailarina.
Este regreso no pretende repetir los papeles que solía desempeñar antes de su retiro, sino participar en una puesta en escena que narra el adiós de una bailarina a su carrera. El aplauso final combina fragmentos de ballets clásicos con una historia cargada de emociones, despedidas y la relación entre los artistas y su público.
Urlezaga había dejado la danza activa hace ocho años, convencido de que su despedida de los escenarios era definitiva. “Ocho años que creí que me despedía, que dije adiós”, recordó durante una entrevista en Infobae a las 9, de Infobae en vivo.
La propuesta de la obra cambió esa decisión. Al principio, el bailarín no se veía dentro de una historia centrada en una mujer que deja su profesión, pero encontró un espacio para sumarse interpretando al coreógrafo.
Ese personaje le permitió unir dos facetas de su trayectoria: la experiencia de estar sobre el escenario y el trabajo de concebir una producción. “¿Por qué me estoy esquivando la posibilidad de poderme permitir volver al escenario?”, se cuestionó al reflexionar sobre cómo tomó la decisión.
El regreso parte de una diferencia que él mismo destaca: han pasado ocho años y no puede hacer exactamente lo que hacía antes. La vuelta no implica retomar los roles que interpretó durante décadas ni ignorar los cambios físicos que notó al alejarse de la danza activa.
El artista explicó que la obra conserva elementos visuales del ballet: hay tutús y zapatillas de punta. Sin embargo, definió el espectáculo como una propuesta distinta a las que había desarrollado antes, tanto por la historia como por el lugar que ocupa dentro de la escena.
La decisión también puso en entredicho la noción de retiro. Urlezaga se había dicho que estaba jubilado, aunque luego se dio cuenta de que no recibía un ingreso mensual asociado a esa condición. Esa reflexión lo llevó a cuestionar las limitaciones que se había impuesto tras su despedida.

El bailarín entendió que aquel “hasta acá” correspondía a una etapa anterior. Su vuelta, según explicó, no mira al pasado: responde a un presente diferente, con otra edad, otra preparación corporal y una tarea escénica que no había asumido antes.
La obra surgió, además, de una coincidencia con la protagonista. Julieta, la bailarina que encarna el centro del relato, también se despide de su trabajo. Urlezaga concibió entonces una pieza que incluyera a un coreógrafo tanto en la creación como en la acción sobre el escenario.
El aplauso final narra la historia de una bailarina que deja su profesión. A través de ese argumento, la puesta aborda situaciones que suelen quedar fuera de la mirada del público cuando asiste a una función.
La obra se detiene en la última prueba de vestuario, la despedida de los compañeros, el vínculo con el camarín y las sensaciones previas a un estreno que también representa una despedida. Son instancias íntimas de una carrera que suele mostrarse, hacia afuera, a través de la función y el aplauso.

Urlezaga señaló que la incertidumbre forma parte de ese momento. Quien se presenta en una última función no sabe cómo recibirá el público lo que hace, ni qué ocurrirá con esa despedida frente a una sala. La puesta busca convertir esas tensiones internas en materia dramática.
La primera parte del espectáculo reúne pasajes de La muerte del cisne, Romeo y Julieta y La Traviata. El bailarín describió esos títulos como piezas conocidas por el público y eligió incorporarlas antes del tramo que desarrolla la despedida de la protagonista.
La selección funciona como una entrada al universo de la danza clásica. Comparó esa decisión con la expectativa de quienes esperan escuchar una canción conocida en un recital: el programa propone primero referencias reconocibles y luego se interna en la historia de una bailarina dentro de un teatro.
El rol de coreógrafo representa para Urlezaga una situación diferente de la que vivió al interpretar personajes establecidos por una obra. En papeles como Romeo u otros creados por autores y directores, explicó, existe una consigna que sostiene al intérprete y marca los límites de su composición.

En esta ocasión, el desafío consiste en decidir cómo mostrar a un coreógrafo sobre el escenario. Debía resolver si construiría una figura alejada de sí mismo o si permitiría que aparecieran rasgos de su propia personalidad, conocida por pocos fuera de su ámbito de trabajo.
El artista dijo que coreografía desde muy temprano. Recordó que, durante la escuela, organizaba actos y ubicaba a alumnos, docentes y padres dentro de las escenas. Esa inclinación previa le permitió considerar que el nuevo papel no era ajeno a su trayectoria, aunque supusiera una exposición distinta.
La construcción del personaje también abrió una reflexión sobre el psicoanálisis y la terapia. Sostuvo que su profesión demanda un encuentro constante con uno mismo, porque el trabajo artístico exige revisar lo que cada persona pone en escena.
En el caso de este espectáculo, la dificultad no está en refugiarse en una ficción. El coreógrafo que interpretará tiene una cercanía directa con quien es él fuera de la sala. “Yo soy esto”, afirmó al explicar el riesgo de dejar menos distancia entre su identidad y el personaje.

Urlezaga comenzó a mover el cuerpo a los tres años y empezó a estudiar danza a los ocho. A los 16 ya era egresado profesional, una edad en la que, como señaló, muchas personas apenas inician su formación universitaria.
La danza clásica altera los tiempos habituales de otras profesiones. Los artistas se forman desde niños, alcanzan pronto una exigencia laboral plena y pueden retirarse físicamente antes de los 50 años. Dejó de bailar a los 42 porque percibía que su cuerpo ya no respondía de la misma forma.
El bailarín aclaró que ese retiro debe entenderse “entre comillas”. Aun fuera de los escenarios, mantuvo una relación diaria con el movimiento. Practica pilates, danza, deportes o ejercicios de elongación, porque considera que una vida sin actividad corporal no tiene lugar en su rutina.
Para volver a actuar realizó un año de preparación física. La decisión llegó en octubre del año anterior a la entrevista, cuando comenzó a entrenar de nuevo después de siete años sin bailar. Reconoció que el proceso implicó dolor y que la danza exige de forma intensa al cuerpo.

A los 50 años, sostuvo que conserva memoria física y movilidad, pero no la misma fuerza. El personaje del coreógrafo, con traje blanco de lino y calza, parte de esa nueva situación: no necesita reproducir las proezas de otro momento de su carrera, aunque la obra lo llevó a recuperar una presencia corporal sostenida.
Durante los años fuera de la danza activa, incorporó la meditación a su vida cotidiana. La práctica modificó sus mañanas, que antes estaban organizadas alrededor de la clase de ballet y el entrenamiento temprano.
Para un bailarín, explicó, la clase diaria funciona como el cepillo de dientes: forma parte de una obligación habitual. Antes de desayunar, ya podía estar frente a la barra, con ejercicios destinados a perfeccionar el cuerpo y preparar la jornada de trabajo.
Ahora, en cambio, inicia el día con meditación. La nueva rutina le dio un tiempo más tranquilo y una relación diferente con las primeras horas de la mañana, lejos de la presión de presentarse cada día ante una barra de ballet.

El artista distinguió las condiciones laborales dentro del mundo de la danza. Una minoría puede elegir teatros, proyectos y tipos de carrera. La mayor parte de los bailarines trabaja dentro de compañías o instituciones, con un salario mensual y márgenes de decisión más limitados.
Las primeras figuras cobran por función y suelen contar con representantes que negocian sus presentaciones. Comparó esa diferencia con la de los tenistas que ocupan los primeros puestos: los ingresos y las posibilidades de elección no son los mismos para quienes están en la cima que para quienes integran la base de una actividad.

Él aseguró que pudo alcanzar libertad económica porque formó parte de ese grupo reducido. Aun así, sostuvo que antepone el proyecto a la retribución. Si una propuesta no le genera interés, dijo, no la acepta aunque pueda representar una oportunidad laboral.

Esa idea se conecta con la confianza. El artista evocó una frase de Antonio Gasalla sobre el escenario entendido como un acto de fe. Quien compra una entrada lo hace a partir de lo que escuchó sobre una obra o de lo que espera por la trayectoria de sus responsables.
La credibilidad se forma con el tiempo y puede romperse si el espectador siente que recibió algo muy distinto de aquello por lo que pagó. Urlezaga sostuvo que el público es quien construye a los artistas y que una persona defraudada puede decidir no volver a una sala.
También relativizó la influencia de la crítica frente a esa relación directa. A su entender, una reseña favorable no garantiza por sí sola que el público asista a un teatro. La continuidad de una carrera depende del vínculo que una obra y sus creadores sostienen con quienes deciden acompañarlos.
Al finalizar, anunció que El aplauso final se presentará primero en La Plata, su ciudad de origen. La función está programada para el domingo 13, fecha que mencionó junto con la celebración del Día de la Rosa Mística.
Después de esa presentación, la obra llegará a Buenos Aires. Las funciones están previstas para los días 26 y 27 de septiembre en el teatro Ópera.
Fuente: Infobae